Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

junio 2021 – Espiritualidad digital

Importancia del jamón

¿Tan diferentes eran cafarnaítas y gadarenos? ¿Acaso no compartían la misma naturaleza humana, con sus flaquezas y anhelos? Y, sin embargo…

En Cafarnaúm, tras haber curado Jesús a la suegra de Pedro y a multitud de enfermos, el pueblo entero salió de sus casas para retener al Señor junto a ellos. Todo el mundo te busca (Mc 1, 37), dijo Simón al Maestro.

En la región de los gadarenos, tras haber curado Jesús a dos endemoniados, el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.

El motivo de que ambos pueblos tuvieran una reacción tan opuesta ante las curaciones obradas por Jesús no reside en una diferencia antropológico-genética que los hiciera responder de maneras distintas al mismo estímulo. El verdadero motivo reside, realmente, en el jamón de bellota.

La piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas. Los cafarnaítas sólo recibieron milagros, y fueron gratis. Pero a los gadarenos los milagros les salieron por la friolera de doscientas remesas de ibéricos con denominación de origen. Les pareció muy caro.

¿Y tú? ¿Estarías dispuesto a perderlo todo por el Señor, con tal de conservarlo a Él?

(TOI13M)

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Ni dóricas, ni jónicas, ni corintias

Lo aprendí en el bachillerato: dórico, jónico y corintio son los tres estilos de las columnas romanas. Pero, cuando ves un templo, las columnas que sostienen el frontón son todas iguales: o todas dóricas, o todas jónicas, o todas corintias. Qué aburrimiento.

Y qué poco aburrida es la Iglesia. Porque los santos son, cada uno, de su padre y de su madre.

Aquellos a quienes llamamos «columnas» de la Iglesia no podrían ser más distintos uno de otro. Pedro es pura fragilidad revestida de arrojo, y Pablo es tremenda fortaleza interior revestida de fragilidad. En Antioquía, Pablo se enfrenta a Pedro. Mientras el Papa intentaba contemporizar con los judíos, Pablo, tras haberles anunciado, sin éxito, a Jesucristo, se sacude ante ellos el polvo de los pies, y recrimina púbicamente a Pedro sus cesiones «diplomáticas».

Con columnas tan diversas edifica su Iglesia el Señor. Alégrate. Porque tú no eres dórico, ni jónico, ni corintio. Eres tú. Así, tal como eres, te ha elegido también el Señor. Y puedes ser tan santo como aquellas columnas sin dejar de ser tú mismo. Basta con que ames al Señor y a la Iglesia como ellos, hasta dar la vida. Eso debería unirnos a todos.

(2906)

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Adonde vayas

– ¿Me podría usted indicar el camino a la plaza del pueblo? – Precisamente voy hacia allí; venga usted conmigo.

Es un coloquio innecesario. Ahora tomas el teléfono, le preguntas por la plaza, y el artefacto te lleva sin que tengas que preguntar. Pero, hace treinta años, era un diálogo de lo más normal. Tú seguías al vecino porque confiabas en que te llevaría a la plaza del pueblo. Una vez llegados, muchas gracias por su ayuda, un placer, ya sabe, que tenga buen día.

Maestro, te seguiré adonde vayas. Estas palabras, dirigidas a Jesús por un escriba, son muy distintas del coloquio con el que iniciábamos estas líneas. Quien dice te seguiré adonde vayas no manifiesta el deseo de llegar a un lugar concreto, sino el ansia de permanecer junto a una persona. Este escriba es como el evangelista Juan: se ha enamorado de Jesús. Y quiere pasar con Él la vida.

Hay almas así; benditas sean. Para ellas, el cristianismo no es medio para alcanzar la vida eterna, porque Cristo mismo es su vida. Y, si les das a elegir entre el Tabor o el Gólgota, te dirán que no importa Tabor o Gólgota, con tal que Jesús esté allí.

(TOI13L)

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El milagro como palabra

Cuando una persona habla, ¿qué importa más, su tono de voz o las palabras que dice? Lo importante son las palabras. ¿De qué le sirve a uno tener una voz preciosa, si no dice nada?

Jesús hizo bien ambas cosas. Sus milagros son palabras maravillosamente pronunciadas, cuyo contenido es vida eterna. Por eso, nunca busques el milagro por el milagro. Escucha, más bien, lo que el milagro quiere decirte.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Por la sangre se le va la vida; está enferma de muerte, como lo está el hombre después del pecado. Se le va la vida por el calendario, día tras día, hasta que llega el último.

Le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré». El manto de Jesús, bajo el cual nos alberga, es la Iglesia y los sacramentos. Cuando el agua del Bautismo toca al niño, cuando las palabras de la absolución alcanzan al pecador, el enfermo de muerte recibe vida eterna y queda sanado.

Ya has escuchado el milagro. Ahora proclámalo; que muchos siguen enfermos, tienen el manto del Señor muy cerca, y no lo tocan porque nadie les ha dado la buena noticia.

(TOB13)

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Según has creído

Alguien me preguntaba, hace tres días, por el significado de estas palabras: Abrán creyó al Señor y se le contó como justicia (Gén 15, 6). Y yo le respondí que Abrahán confió plenamente en que Yahweh cumpliría su promesa y, con esa confianza rendida, lo abandonó todo y se puso en marcha, sabiendo que Dios no lo defraudaría. La fe es algo más que un ejercicio intelectual.

Vete; que te suceda según has creído. El centurión renuncia incluso a ver con sus ojos cómo Jesús entra en su casa, le impone las manos a su criado y le devuelve la salud. No necesita ver, le basta con oír para creer: Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.

Va por ti, y va por mí. ¿Qué vemos tú y yo? Nada: un sacerdote, una Hostia con apariencia pobre de pan, unos brazos que trazan la señal de la Cruz… Eso es nada. Pero escuchamos palabras venidas del Cielo. Y, si creemos, nos sucederá como a Abrahán, como al centurión, como a la Virgen: Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá (Lc 1, 45). Dios nunca defrauda a quien cree.

(TOI12S)

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Un gran descanso

sacerdoteSupongamos que el evangelio de hoy quedara cortado a la mitad. Imagina que un apagón de luz impide al sacerdote seguir leyendo, y tiene que callar después de decir: Se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».

Durante ese silencio cubierto de tinieblas, te representas la escena. Y ves al pobre hombre, castigados cuerpo y alma por la enfermedad y la angustia, postrado ante el Salvador. Intentas entrar en su corazón, sentir lo que él sentía, y descubres que, antes de ser sanado, ya experimentó un gran descanso a los pies del Señor.

¿No lo experimentas tú también cuando acudes a confesar tus pecados? El mero hecho de arrodillarte ante la misericordia de Dios, representada en el sacerdote, y mostrar con sencillez tus culpas, ¿no te proporciona un descanso enorme? A mí sí.

Si un día –no lo permita Dios– mi confesor se viera obligado por su conciencia a negarme la absolución, yo le pediría que me dejase quedarme allí, postrado ante Dios, esperando el perdón, si es preciso, hasta la muerte. Y creo que ni siquiera el pensamiento de poder acabar en el Infierno evitaría que experimentase, entre tanto, un gran descanso.

(TOI12V)

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El hijo del silencio

No te fíes de quienes hablan mucho. Además de provocar dolor de cabeza, si les haces demasiado caso te llenan por dentro de estupideces. Porque quienes hablan mucho, generalmente, piensan poco. ¿Cómo van a pensar, si están hablando todo el día? Y la palabra que no ha sido pensada y meditada suele ser palabra necia y superficial. Tan sólo la caridad te llevará a escuchar a esas personas… durante un rato.

Fíate de quienes aman el silencio, el recogimiento y la oración. Como la Virgen. Como san José. Y como Juan Bautista. Su palabra fue anuncio del Cordero inmaculado, y despertó a muchas almas que estaban dormidas. Pero esa palabra de Juan fue gestada entre poderosos silencios.

Desde que fue concebido, su padre quedó mudo, para que Juan fuese hijo del silencio. Y, después de nacer, cuando tuvo la edad, vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel. Cuando se cumplió el tiempo, habló las palabras que Dios puso en sus labios y, más adelante, fue de nuevo reducido al silencio por Herodes.

Palabra gestada entre tantos silencios tenía que ser, necesariamente, palabra de vida.

Reza primero, habla después y, cuando hayas hablado, vuelve a rezar.

(2406)

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