Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

mayo 2021 – Espiritualidad digital

Tan invisible como el aire que respiramos

La escena de la Visitación de la Virgen a su pariente Isabel tiene un Protagonista invisible. Sólo Él nos permite adentrarnos en el misterio que despliegan tantas interrogaciones confabuladas.

¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

¿Quién le dijo a Isabel que María estaba encinta, cuando no había pasado ni un mes desde la Anunciación? ¿Quién le dijo que la criatura de María era «su Señor»? ¿Quién le dijo que María era «bendita entre todas las mujeres»?

La respuesta a todas las preguntas es la misma: Se llenó Isabel del Espíritu Santo. Él es el protagonista invisible de la escena, Él es quien ilustró a Isabel en el misterio de la Encarnación, Él es quien llenó de gozo el alma de María, Él es quien hizo saltar a Juan en el vientre materno, y Él fue, en definitiva, quien depositó en las purísimas entrañas de la Virgen al Verbo Divino.

El Paráclito es quien trae al alma la noticia de Cristo, quien toma del Hijo y lo comunica al cristiano. Los gozos de María y de Isabel son nuestros, si vivimos en gracia.

(3105)

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La hermosura infinita de tu gloria

SantisimaTrinidad– Padre, ¿en qué consiste el Cielo? – En la contemplación de Dios. – ¿Y me van a tener sentado en una butaca, contemplando a Dios, durante trillones de años? ¿No me aburriré?

Confundes a Dios con una musaraña. Contemplar las musarañas es aburridísimo. Media hora contemplando las musarañas dura tres meses. Pero, a mí, las casi cuatro horas de «El Padrino», me duran diez minutos. ¿Por qué? Porque, conforme va desvelando su misterio, me envuelve en la acción, y no me entero del paso del tiempo.

A dos enamorados, una tarde mirándose a los ojos y contándose sus vidas les dura un momento. Cada secreto les fascina, cada sonrisa los captura, y quisieran detener el tiempo. «Reloj, no marques las horas…»

No imaginas la hermosura de Dios, no puedes imaginarla. Pero si oras con fe, si contemplas en lugar de pensar tanto, Dios te irá descubriendo su secreto, y media hora de oración dura tres minutos. Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo… Y el alma queda como embobada, porque Dios ha descorrido el velo: Padre, Hijo, Espíritu… ¡Qué no será el Cielo! Mil años, en tu presencia, son un ayer que pasó (Sal 90, 4).

(SSTRB)

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El Rey de barro

Escandalizados por la forma en que Jesús había expulsado del templo a los mercaderes, los sumos sacerdotes preguntaron a Jesús: ¿Con qué autoridad haces esto?

Faltaba poco para que el Señor fuese apresado. Pero aquella autoridad que, en los comienzos de su vida pública, asombró a las gentes, la misma autoridad con que expulsaba a los demonios y hacía temblar a los guardias encargados de apresarlo, se mantenía incólume. En la Cruz donde entregara su vida, revestido de la misma autoridad otorgaría el Paraíso al buen ladrón.

Descendió del Cielo el Verbo Divino revestido de la autoridad que tenía junto a su Padre, pero en el mismo Cielo dejó olvidado su poder. Fue un olvido voluntario, porque buscaba amor y no temor.

Y así, cuando, en casa de Anás, recibió Jesús su primera bofetada, los hombres descubrieron que aquella autoridad no iba acompañada de poder, sino de fragilidad. Y entonces se ensañaron con Él. Tras la primera bofetada, vino otra, y otra, y después llegaron salivazos, flagelos, humillaciones, espinas, burlas, y clavos que lo cosieron a la Cruz donde murió.

Cristo es Rey de reyes, soberana majestad. Pero ¡es tan fácil ofenderlo! Ni siquiera se queja. Ten cuidado, por favor.

(TOI08S)

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Cuando no es tiempo de santos

¡Sea usted razonable, señor cura! En pleno siglo XXI, la Iglesia no puede atreverse a pedir ciertas cosas. Que un joven enganchado a YouTube lo deje todo y renuncie a casarse para hacerse sacerdote; que unos novios se abstengan de relaciones sexuales; que unos recién casados eviten usar anticonceptivos; que quien ha fracasado en su matrimonio renuncie a «rehacer su vida» y permanezca fiel a quien le ha sido infiel; que unos padres trabajadores vayan a diario a Misa; que un devorador de series dedique media hora diaria a la oración… Si ustedes piden eso en pleno siglo XXI, se quedarán sin adeptos. Acomódense a los tiempos.

No es tiempo de santos. Es tiempo de mediocres, de influencers, de ideologías, de dietas sanas, de gimnasios, de teletrabajo y de chats de whatsapp. Pero no es tiempo de santos.

Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Cristo, hoy como ayer, pide al mundo santos cuando no es tiempo de santos. No es razonable, no; pero es divino, y maravilloso.

Recuérdalo: Tú y yo debemos ser santos en tiempos de arrogancia.

(TOI08V)

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Los sacerdotes

sacerdoteHoy celebramos, en España, la fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. Es jornada de oración por los presbíteros. Gracias a ellos, se perpetúa cada día, en el altar, el sacrificio de Cristo: Tomad, esto es mi cuerpo… Esta es mi sangre de la alianza

Sé que amáis a los sacerdotes. Pero dejadme deciros, a los laicos, que no sabéis realmente lo que tenéis con ellos. Es preciso ser sacerdote, y tratar a los hermanos sacerdotes, para enamorarse locamente de este ministerio. Hay detalles heroicos de su entrega que no se perciben desde donde vosotros estáis, sólo los percibimos los hermanos. ¡Cuántas renuncias, cuántas soledades, cuántos desvelos por atender a la grey!

Desde que soy sacerdote, amo mucho más a los sacerdotes. Muchas veces, ante gestos de abnegación que no se ven el mundo, y que los sacerdotes realizan con enorme alegría, me digo: «De esto no se entera nadie, sólo se lo pagarán en el Cielo».

¿Le habéis dado alguna vez las gracias a vuestro párroco por haber entregado su vida para que vosotros podáis comulgar, confesar, y bautizar a vuestros hijos? De lo que estoy seguro es de que él nunca os ha pedido que se las deis.

(XTOSESB)

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Escucha selectiva

Cuando se leen los evangelios, se tiene la sensación de que los apóstoles padecían una especie de bloqueo selectivo en algún lugar recóndito del cerebro que les impedía escuchar cuando Jesús pronosticaba su Pasión.

El Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán. E, inmediatamente: Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda. ¡Hombre! Acabáis de escuchar que Jesús va a ser azotado y escupido, ¿y os acercáis pidiendo privilegios de cortesanos?

No seamos duros con ellos. Dos mil años después, ese bloqueo selectivo nos sigue afectando. Hemos visto cientos de cruces, y, en el fondo de nosotros, algo nos sigue diciendo que, por ser cristianos, deberíamos sufrir menos. Por eso nos escandalizamos cuando llega la contrariedad.

¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? No. No podemos. ¡Si a tan durísimas penas pudiste Tú! Pero, Jesús, únenos a Ti de tal forma que bebamos lo que Tú bebas, padezcamos lo que Tú padezcas, reinemos cuando Tú reines, y no nos bloquee otro miedo que el de separarnos de Ti. Amén.

(TOI08X)

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¡Bendita promesa!

¿Es malo cumplir la voluntad de Dios esperando recompensa? ¿Desdice de nuestro amor a Dios el que, cuando afrontamos un sacrificio por Él, nos animemos pensando que seremos pagados generosamente?

Sé que es bueno actuar por puro amor, y que son maravillosas esas palabras del poema: «Que aunque no hubiera cielo yo te amara». Pero ¿es malo pensar que, habiendo cielo, Dios nos lo pone un poquito más fácil?

No creo que sea malo. Tengo la impresión de que hay una virtud por medio en ese pensamiento, y se llama esperanza. En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más, y en la edad futura, vida eterna.

No seamos tan «adultos» con las virtudes, que no todas están al alcance de la mano. ¿Acaso los niños no agradan muchas veces a sus padres esperando de ellos un regalo? ¿Y no nos habrá prometido el Señor esa recompensa, precisamente, para darnos ánimos, porque conoce nuestra debilidad?

¡Bendita esperanza! Yo no puedo evitar decirme, muchas veces: «¡Menos mal que hay Cielo!»

(TOI08M)

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