Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

abril 2021 – Página 2 – Espiritualidad digital

Juegos divinos de palabras

A nadie debería extrañar que el Verbo de Dios encarnado sea un maestro en el uso de las palabras. Jesús, con las palabras, hizo maravillas, aunque esas maravillas sembraron mucho desconcierto. Sucedió con Nicodemo, con la samaritana, con Pilato… Decía Jesús «nacer», y Nicodemo pensaba en el vientre; decía «agua», y la samaritana pensaba en el pozo; decía «reino», y Pilato pensaba en soldados. Ninguno entendió al Señor. Es preciso entrar en su juego para que las palabras se abran como ventanas y se llene el aire de una luz nueva.

Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida. Si no entiendes la palabra «vida» en labios de Jesús, te desconcertarás: mucha gente que no comulga jamás goza de estupenda salud, y llega a vivir cien años. ¿A qué se refiere, entonces, el Señor?

Deja que Él mismo desvele su juego: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). La vida en la que piensa el mundo es muerte, porque termina. La verdadera vida es Cristo. Si comulgas con fervor, Él vivirá en ti, y no morirás jamás. Para mí la vida es Cristo (Flp 1, 21).

(TP03V)

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Dulce pelícano

En la preciosa oración «Adoro te devote», llama santo Tomás a Jesús «pie pellicane», «dulce pelícano». Se trata de una imagen muy antigua, representada por los primeros cristianos, quienes dibujaban a Jesús como un pelícano que alimentaba a sus crías en su propio pico. Mirado de lejos, parece que las crías estuvieran devorando el pecho del padre. Por eso aquellos hombres llamaron pelícano a Jesús: porque nos alimenta con su cuerpo. El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Qué imagen tan hermosa; no sólo la de Cristo, sino también la de la Iglesia. Ella es la congregación de las crías que se agrupan en torno al pecho del dulce pelícano en busca de alimento. En cierta ocasión, Jesús dijo: Donde está el cadáver, allí se reunirán los buitres (Mt 24, 28). El P. Brukberger, autor de «La Historia de Jesucristo», propuso una traducción distinta de estas palabras: «Donde está el cuerpo, allí se reunirán las águilas». De nuevo, muestra a la Iglesia agrupada en torno al Pan eucarístico.

Sea como fuere, la Eucaristía mantiene a la Iglesia viva y unida en esta tierra. Sin Eucaristía, no hay Iglesia. Ojalá fueras apóstol de la Eucaristía.

(TP03J)

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Desaparecida en combate

Ojalá pudieras hacer tuyas dos de las palabras que dice hoy el Señor:

He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Jesús se refiere a su Padre, pero a ti te ha enviado Él: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo (Jn 20, 21). Ojalá cada mañana pudieras decir: «Me levanto de la cama y comienzo un nuevo día, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Señor»: cumplir sus mandamientos, extender su reino, obedecer las indicaciones recibidas en la dirección espiritual, servir a los sentimientos del corazón de Cristo… Y, cuando esa voluntad del Señor no coincida con la tuya –¡tantas veces!– negarte a ti mismo.

Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna. Si fuésemos obedientes, quien nos viera no nos vería a nosotros, sino a Cristo, y nuestras vidas moverían a muchos a la fe. Si esto no sucede, si se nos ve demasiado a nosotros mismos, es porque rezamos, pero no obedecemos. La virtud de la obediencia está desaparecida en combate. Urge recuperarla si queremos que el mundo crea.

(TP03X)

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¡Dame más Tú!

La petición que le hicieron los judíos a Jesús nos suena a «déjà vu»: Señor, danos siempre de este pan. Años atrás, una mujer samaritana que venía a sacar agua de un pozo, al escuchar al Señor hablar sobre el agua viva, le había suplicado: Señor, dame esa agua: así no tendré más sed (Jn 4, 15).

En cualquier caso, ni aquélla ni éstos sabían lo que pedían. La samaritana pensaba en un agua material que apagase su sed, como pensaban los judíos en un pan material que calmara su hambre, como aquel maná que comieron sus padres en el desierto.

Pero, en ambos casos, Jesús se refería a sí mismo. El agua viva que prometió a la mujer mana de su costado. Y, en cuanto al pan, explicará: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre.

Si hubiesen querido entender… ¿Lo entiendes tú? ¿Sabes de qué está hablando el Señor? Entonces, pídele: «Jesús dame más Tú. Necesito más Tú, más Cristo en mi alma y menos cosas. Necesito urgentemente llenarme de Ti y vaciarme de todo lo demás». Y, después de pedirlo, ve a recogerlo. Comulga a diario y te llenarás de Él.

(TP03M)

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¿Tu rey, o tu criado?

Comienza hoy el discurso más conflictivo del Señor: el del pan de vida. Cuando lleguemos al final, veremos cómo la audiencia se marcha escandalizada y decide no seguir más a Jesús. Cristo se quedó, prácticamente, sin discípulos después de aquel discurso.

Para comprender el drama, es preciso conocer a los personajes. Aquellos judíos habían querido hacer rey a Jesús tras la multiplicación de los panes y los peces. Y ahora, cuando lo encuentran, le piden cuentas: Maestro, ¿cuándo has venido aquí? Mañana lo acosarán con arrogancia: ¿Qué signo haces tú? ¿Cuál es tu obra?

¿No querían hacerlo rey? A un rey no se le piden cuentas; es el rey quien pide cuentas a sus súbditos… Pero ellos no pretendían ensalzar a Jesús para someterse a Él, sino para manejarlo; querían un rey al servicio de sus caprichos. ¡Cómo no hacer rey a quien multiplica panes y peces! Es la mejor inversión para incrementar el producto interior bruto de Israel.

Les sucede a muchos: Cristo será su rey si hace lo que le piden. Y, si les van mal las cosas, le pedirán cuentas. Pero jamás se han planteado que, si Cristo es su rey, son ellos quienes le deben obediencia.

(TP03L)

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¿Quién dará testimonio?

Durante estos días, mientras contemplaba el diálogo de Jesús con Nicodemo, un pensamiento me invadía: «Tenemos que volver a nacer. No es algo que se pueda arreglar, hay que comenzar de nuevo».

¿Qué hizo María Magdalena después de ver al Señor? Corrió y lo anunció a los apóstoles. ¿Qué hicieron los de Emaús? Corrieron a decírselo a los demás. Y los demás, ¿qué hicieron? Comunicárselo a los de Emaús.

Vosotros sois testigos de esto, dice hoy Jesús. ¡Vaya si lo fueron! Recorrieron el mundo, y se dejaron matar para confesar que Cristo vive.

Sal a la calle, pregunta en bares y supermercados: «¿Os han anunciado que Cristo vive?». Te responderán que les han anunciado el resultado del Madrid o la convocatoria de elecciones; que para esas cosas de religión está la iglesia, y que ellos no van. Nadie ha salido de la iglesia para anunciárselo.

¿Qué hacemos nosotros tras encontrarnos en el altar con Cristo glorioso? Convocar reuniones, organizar adoraciones, programar charlas, y… ¡santas pascuas! Si los demás quieren saber, que vengan. ¡Qué pena que no vengan! Padre, prográmenos otra adoración para pedir por los pecadores.

Tenemos que volver a nacer. Hay que empezar de nuevo. Debemos volver al domingo.

(TPB03)

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Creo en la resurrección de la carne

Los fantasmas ya no asustan a nadie; no han perdido punch, pero han pasado de moda. Ahora tenemos a los zombis, que visten más en Hollywood. Pero, en ambos casos, el susto corre a cuenta del cuerpo. En el caso del fantasma, un espíritu humano sin cuerpo nos aterra; es la peor de las mutilaciones, la de un hombre que no puede tocar, ni abrazar, ni rascarse, porque no tiene cuerpo que llevarse al alma. En el caso del zombi, es el cuerpo corrompido por la muerte el que nos produce pánico; tanto como la muerte misma, porque un zombi está muriendo sin terminar de morir.

Vieron a Jesús que se acercaba a la barca caminando sobre el mar, y se asustaron. Como sucedería el domingo de Resurrección, lo tomaron por un fantasma.

Soy yo, no temáis. Ese saludo será completado en Pascua: Daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo (Lc 24, 39).

Hoy, fantasmas y engendros resultan vencidos. Hoy quedan en evidencia quienes se sumergen en negras sesiones de espiritismo. Hoy, en Cristo, el cuerpo humano ha triunfado sobre la muerte. Hoy nuestros miembros mortales se llenan de esperanza. ¡Alegraos!

(TP02S)

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