Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

abril 2021 – Espiritualidad digital

El cielo dentro de ti

Probablemente, el comienzo del capítulo 14 del evangelio de san Juan sea una de las lecturas más socorridas en los funerales: En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.

Sin embargo, no te aconsejo esperar al último aliento para encontrarle sentido. Lo tendrá entonces, pero lo tiene también hoy; el evangelio nunca es sólo «para mañana».

La casa del Padre de Jesús está en tu alma en gracia, y en ese «castillo interior» –como lo llamaba santa Teresa– hay muchas moradas. Cristo ha muerto en Cruz y ha subido al cielo para preparar ese lugar en lo profundo de ti. Después de alcanzar el cielo, vuelve a ti por su Santo Espíritu. Ojalá estés ya haciendo hambre de Pentecostés. El Paráclito, cuando venga, te tomará de la mano y te llevará con Él al santuario interior. Y allí, donde mora Jesús por su Aliento, morarás también tú con Él.

Refugiado en lo profundo del alma, estarás en el mundo sin ser del mundo. Vivirás en Dios.

(TP04V)

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La verdad sobre ti mismo

La soberbia que va mezclada con el aire que respiramos en Occidente nos ha hecho pensar en la infancia espiritual como en un reto ascético. Y así, cuando leemos las palabras del Señor, nos parece tener delante un desafío para nuestro «músculo» místico. ¡Ay de nosotros!

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Cerramos el libro, y pensamos: «Tengo que hacerme pequeño si quiero conocer “esas cosas” que Jesús promete».

¡Pobre idiota! Deseas hacerte pequeño porque te crees grande, y te empeñas en agacharte porque te tienes por gigante. ¿No te das cuenta de que ya eres pequeño? ¡Si no eres nada! ¿Aún no has reparado en que das pena? ¿Te molesta que te lo diga?

¡Si lo único que te está pidiendo el Señor es que camines en la verdad, en tu verdad! Porque sus palabras («esas cosas») son verdad, y no puedes recibirlas mientras vivas en la mentira sobre ti mismo. Anda, arrodíllate:

«Jesús, no soy nada, nada valgo si no es porque me amas. Estoy herido y enfermo. Mírame, háblame y quedaré limpio». Así sí.

(2904)

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Transparencia

La belleza de la humanidad santísima de Cristo, esa belleza que ha enamorado a los místicos y ha cautivado a los santos, reside en su transparencia. Tiene la finura del aire más limpio, que permite respirar su frescor mientras los ojos lo traspasan para clavarse en el horizonte. Ese aire, que es el Aliento de Dios, el Espíritu Santo, une al Padre y al Hijo, precisamente, en la transparencia.

El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí ve al que me ha enviado. La mirada, hechizada con dulce hechizo divino por la humanidad del Verbo, no se remansa en ella, sino que la traspasa hasta clavarse en el seno del Padre. Y vemos al Padre en el rostro del Hijo, y creemos en el Padre cuando entregamos al Hijo la vida, y el mismo Padre, cuando quiere hablar, deposita sus palabras en los labios del Hijo.

Quizá, si te dejas secuestrar por esa mirada, el mismo Aire te haga transparente a ti también, y pueda ver a Cristo quien te vea; y escucharlo quien te escuche; y creer en Él quien te trate a ti.

(TP04X)

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Deberías beber más

No pretendo causar envidia, pero tampoco puedo evitar que algunos me envidiéis; cargadlo a mi cuenta. No imagináis lo que supone, para el sacerdote, la comunión con el cáliz. Cuando el sacerdote acerca el cáliz a sus labios, se siente como si estuviera bebiendo, directamente, de la llaga del costado abierto del Salvador. Bastan unas gotas para que el alma se embriague por completo, y se llene de vida el corazón. No hay nada igual en este mundo, os lo aseguro.

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna. La semana pasada, en el discurso del pan de vida, explicaba el Señor como da de comer a los suyos. Hoy, sin embargo, revela cómo les da de beber. El agua y la sangre que brotan de su pecho son manantial de vida abierto para que el cristiano acuda, aplique sus labios, y beba sin recato ni moderación. Por eso está escrito: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío (Sal 42, 2). Y también: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación (Is 12, 3).

Ojalá bebieras más.

(TP04M)

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Sabor a Cristo

Lo cantaron, que yo recuerde, Luis Miguel, Los Panchos y María Dolores Pradera: «Pasarán más de mil años, muchos más. Yo no sé si tenga amor la eternidad. Pero allá tal como aquí, en tu boca llevarás sabor a mí». Difícil que no suene la música en el pensamiento mientras los ojos recorren las palabras.

Yo si sé que tiene Amor la eternidad. Y que aquí, tal como allá, el cristiano lleva en su boca, y en su vida, y en su alegría, sabor a Cristo.

Vosotros sois la sal de la tierra. Mientras llevemos sabor a Cristo, sazonamos la tierra, y transformamos los ambientes en los que vivimos haciéndolos más humanos, más divinos, más «sabrosos» en el paladar de Dios. Un cristiano no necesita hacer nada especial. Si está lleno de Cristo, si sabe a Él, basta con dejarlo en una prisión para que la cárcel termine convertida en cenáculo.

Pero si la sal se vuelve sosa… Se vuelve sosa la sal cuando perdemos el sabor a Cristo, cuando el corazón del cristiano se llena de sí mismo, de sus problemas y caprichos, de sus dolores y manías.

Reza. Ama al Señor y llénate de Él. No seas soso.

(2604)

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Mejor darla que perderla

«En plenitud de vida y de sendero, dio el paso hacia la muerte porque Él quiso»… Son palabras del himno «Oh, Cruz fiel», que describen la crucifixión del Señor como su entrega voluntaria: El buen pastor da su vida por las ovejas.

Nadie me quita la vida, yo la entrego libremente. Así nos redimió. Si no hubiera sido libre, no nos habría redimido.

¿Y tú? ¿Te quitan la vida, o la entregas? Piensas que todos te la quieren quitar. Estás ocupado en cualquier cosa, se acerca alguien a decirte algo y, antes de que haya comenzado a hablar, ya le has gritado: «¡Ahora no!». ¡Y eso que ni siquiera sabías lo que te iba a decir! Pero, como creías que te iba a quitar la vida, te has defendido. Yo te daré ahora una mala noticia: si no te quitan la vida tus hermanos, te la quitará la muerte. Sin defensa.

¿Por qué no dejas de defenderte? ¿Por qué no regalas libremente esa vida que vas a perder de todas formas? ¿Por qué, cuando estás ocupado y alguien se acerca, no sonríes y dices: «Sí»? Serás más feliz y, en lugar de morir, entregarás la vida. Vale la pena, ¿no?

(TPB04)

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Te creo porque creo en ti

«Fe» no siempre significa creer en algo que no ves. «Fe» también significa fiarte, creer en alguien a quien ves. En el evangelio de san Juan, Jesús habla más de «creer en él» que de «creer lo que él dice». Aunque, desde luego, lo uno conlleva lo otro. Si te fías de él, creerás que lo que dice es la verdad.

Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso? Aquellos judíos no se fiaban de Jesús. Eran tremendamente carnales, pensaban que el Señor les ofrecía comer su carne para provecho de sus vientres, y se escandalizaban. No eran capaces de comprender que la carne –nuestra carne– no sirve para nada, porque está herida de pecado. La carne de Cristo, en cambio, es carne limpia, llena de Espíritu, y el Espíritu es quien da vida. La carne de Cristo aprovecha, no al vientre, sino al espíritu del hombre, y lo santifica.

Si, al menos, se hubieran fiado del Señor, aunque no hubieran entendido sus palabras, habrían terminado comulgando y viviendo para siempre.

Ojalá entiendas que «creer» no es sólo recitar el Credo. ¿Te fías de Cristo? ¿Te fías de quien te enseña en su nombre? ¿Crees en la Iglesia?

(TP03S)

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