Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

abril 2021 – Espiritualidad digital

¡Una y no más, santo Tomás!

En la primera noche, cuando Cristo resucitado cenó con los suyos, Dios quiso que tú y yo estuviésemos debidamente representados. Quien se encargó de esta tarea fue Tomás: Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús. Tú yo tampoco estábamos. Él es el cristiano que no vio; simplemente, escuchó, como nosotros. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor».

Al no estar, Tomás nos representó bien. Al escuchar el anuncio, sin embargo, no nos dio buen ejemplo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. Con todo, es difícil culparlo. ¡Cuántas veces hemos sufrido la misma tentación! ¡Cuántas veces nos hemos rebelado contra esa impotencia para ver, para tocar, para besar, para abrazar al Maestro! ¡Cuántas veces hemos gritado: «¡Señor, quiero verte»! No seré yo quien condene a Tomás. También en su pecado me representa.

Jesús, en consideración a su debilidad y a la nuestra, le permitió tocar sus llagas. Pero, después, añadió: Dichosos los que crean sin haber visto. Es decir: «Una y no más, santo Tomás. Si hoy creéis, mañana me veréis».

(TPB02)

¡Cuánta luz!

Son palabras como luces que se encienden: Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana… Léelas despacio, saboréalas: Jesús… resucitado… amanecer… primer día… ¿No se te llena el alma de luz? ¡Bendita Pascua, que inunda de claridad la vida del cristiano!

Cristo es el amanecer. Tras la noche del pecado, plasmada en las tinieblas del Gólgota, Cristo amanece glorioso del sepulcro y la vida eterna ilumina el alma del antes pecador y condenado.

Cristo es el primer día. Nuestra vida terminó en un Viernes, y fue sepultada en un Sábado. Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado (Rom 6, 11). Hoy renacemos, es el primer día de nuestra nueva vida: y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Cristo es el sol. Allí le ha puesto su tienda al sol: él sale como el esposo de su alcoba, contento como un héroe, a recorrer su camino (Sal 19, 5-6). Bajo su luz, la Creación entera nos muestra su verdadero rostro. Y vemos hermanos en quienes antes veíamos enemigos, y vemos gracias donde antes veíamos desgracias, y vemos vida donde antes veíamos muerte.

Cristo es el domingo sin ocaso. La vida entera se convierte en fiesta. Por eso clamamos: ¡Aleluya!

(TP01S)

La cuarta negación de Pedro

La cuarta negación de Pedro no fue como las otras tres. No fue una traición, ni medió juramento. No negó conocer al Señor; pero negó por no reconocerlo.

Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: «No». Donde dice «ellos» escribe «Pedro» y acertarás. Él fue siempre el portavoz de los demás apóstoles.

Si hubiera reconocido a Jesús, si hubiera sabido que era Él quien le pedía pescado, no hubiese negado. Habría recordado a aquella higuera que negó sus frutos al Maestro cuando no era tiempo de higos, y cómo quedó seca por no haber reconocido a quien le pedía alimento. Si Pedro hubiese reconocido a Jesús, ante la petición del Señor habría caído de rodillas: «Dame tú el pescado, Señor, y yo te lo daré».

Fue Juan quien lo reconoció: Es el Señor. Y Jesús, resucitado y glorioso, regaló a Pedro su última lección: Echad la red a la derecha de la barca. «Ahí tienes el pescado que te pido. Tráemelo».

«¿Tienes fe? ¿Tienes esperanza? ¿Tienes caridad?»…. «Señor, dame fe, dame esperanza, dame caridad para que te las dé». Obedece, y las tendrás en abundancia.

(TP01V)

De sándwiches y calendarios

Las cenas de domingo saben a sándwich. Tras la comida del sábado, y el aperitivo y comida dominicales después de misa de doce, las últimas horas del fin de semana arrastran los pies hacia la cama con cansancio por lo que vendrá a la mañana siguiente. Salvo, claro está, que un resucitado se te presente en casa en pleno domingo por la noche y te abra de repente el horizonte y el apetito.

Paz a vosotros. Se le nota en la alegría de su rostro: acaba de despertar de la muerte, acaba de amanecer a la eternidad, y tiene hambre. ¿Tenéis ahí algo de comer? Pescado, vino, pan, conversación, lágrimas, y las horas que se pasan sin notarlo. Antes de marcharse, sus últimas palabras: Vosotros sois testigos de esto.

Es urgente que recuperemos el domingo como día del Señor. El que los calendarios españoles lo sitúen como último día de la semana nos engaña. No es verdad, no es el «acabose» del «finde». Es el primer día de la semana y de la Historia, el día en que comemos con un resucitado en un altar, y llenamos nuestras almas de esa alegría que nos convierte en testigos de vida eterna.

(TP01J)

Te me has vuelto imprescindible

Los dos viajeros se ríen del peregrino que pregunta por su conversación. ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí en estos días? (No me negaréis que es una forma fina de decir: «¿Eres tonto, o qué te pasa? ¿Dónde estabas metido?»). Jesús les sigue el juego, les pregunta, los escucha, y después contraataca: ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! (Otra forma fina de decir: «¿Tonto yo? ¡Tontos vosotros, no habéis entendido nada!»). Y comienza la conquista. Les explica el peregrino las Escrituras y, al llegar a Emaús, los dos viajeros suplican: Quédate con nosotros.

No cabe duda; es Jesús. Al mismo juego jugó con la samaritana. Comienza humillado, y termina Señor. Crees que le estás haciendo un favor y, al poco tiempo, eres tú quien le suplica. El quédate con nosotros de estos dos es el dame esa agua (Jn 4, 15) de aquella mujer. Quien comienza siendo un estorbo se te acaba volviendo imprescindible.

Díselo tú también: «¡Quédate conmigo, Jesús!». Pero ten cuidado no te responda: «Quédate tú conmigo. Porque vienes a rezarme y, después, me olvidas. ¿Aún no me he vuelto imprescindible para ti?».

(TP01X)

¡Dime dónde lo has puesto!

María MagdalenaEn esta mañana de luz, el huerto de José de Arimatea es testigo de uno de los diálogos más hermosos que jamás ha escuchado la tierra. Un hombre y una mujer se encuentran bajo el sol recién amanecido: – Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? – Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. – María. – ¡Rabbuní! – No me retengas, que todavía no he subido al Padre.

Pero no te conformes con contemplar. Llora ante la custodia. ¿Acaso no te engañan los ojos, como a María, y te parece pan el mismo que a ella le pareció hortelano? Pregunta a las sagradas especies: «Dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré». Y esa apariencia sensible de pan te llevará al Dios escondido en su sustancia. «¡Rabbuní!», exclamará el alma. Y lo abrazarás, y lo llevarás a lo profundo de tu ser. Lo abracé y no lo solté, hasta meterlo en mi casa materna, en la alcoba de la que me concibió (Ct 3, 4). Al poco rato, como a María, se te escapará, y te dejará herido de muerte y de Vida. Ya nunca serás el mismo. Acabas de nacer para el Cielo.

(TP01M)

Vuelve tú también a Galilea

Galilea… Allí, junto al lago, comenzó todo. Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19). Aquellos cuatro jóvenes sintieron que el horizonte de sus vidas se rasgaba, de repente, ante sus ojos, y el corazón se ilusionaba con luces nuevas. Entusiasmados, no dudaron en dejar atrás cuanto tenían para seguir al Maestro.

Tres años trepidantes y, de repente… Se hizo de noche. Las gentes huyeron, la faz del Maestro, coronada de espinas y cubierta de esputos, se oscureció. Retrocedieron asustados, y murió Jesús. La luz que aquella mañana brilló sobre el lago se apagó en sus corazones como lámpara mojada por la lluvia. Pensaron que todo había terminado.

Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán. En ocasiones, cuando perdiste algo en el camino, debes volver atrás. Volved a Galilea, al amor primero. Recuperad la ilusión, volved a empezar, que el horizonte está más abierto que nunca a los cielos, y la luz brilla más fuerte que entonces.

¿Qué te ha sucedido desde que te enamoraste? ¡Vuelve tú también a Galilea, al amor primero, que ha resucitado el Señor y te llama, como entonces, porque todo es nuevo hoy!

(TP01L)

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