Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

enero 2021 – Página 2 – Espiritualidad digital

Dos misterios, tres claridades, dos preguntas

Dos líneas del evangelio de hoy nos bastan para pasar el domingo en un asombro.

Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Aquí te dejo dos misterios, tres claridades y dos preguntas.

Dos misterios: ¿Qué hizo que aquellos hombres siguieran a Jesús y lo dejaran todo por Él? ¿Qué magnetismo había en su mirada y en sus palabras, para que una sola invitación cambiara por completo la vida de aquellos hombres? El segundo misterio es más difícil aún de descifrar: ¿Por qué son tantos quienes, hoy día, se niegan a seguirlo, si Cristo sigue siendo el mismo?

Tres claridades: La primera es que no puedes conocer a Cristo y permanecer igual que antes. Si tu vida no cambia, has desperdiciado la única oportunidad de ser feliz. La segunda: si has escuchado la llamada de Jesús, no será suficiente con que le des un alto porcentaje de tu vida o de tus bienes; Él lo quiere todo. La tercera: desde luego, seguir a Jesucristo es lo menos aburrido del mundo.

Dos preguntas: ¿Qué has dejado por Cristo? ¿En qué cambiaría tu vida si no lo hubieses conocido?

(TOB03)

¡Bendita locura!

A un Lázaro muerto le gritó Jesús: ¡Lázaro, sal fuera! (Jn 11, 43). Y salió del sepulcro el muerto para retornar a la vida. También nosotros saldremos un día de nuestros sepulcros. Hay lugares donde es mejor no quedarse para siempre.

Vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí.

Sé que la expresión «fuera de sí» se emplea para definir a quien está enajenado, es decir, al loco. Pero, aplicada al Señor, me parece que aquellos hombres tuvieron una intuición muy poderosa.

Tenían razón. Jesús vivió «fuera de sí», salió de sí mismo y se olvidó de su persona hasta el punto de dejarse invadir por los hombres.

Llegó a casa con sus discípulos y de nuevo se juntó tanta gente que no los dejaban ni comer. Eso sólo le sucede a quien está fuera de sí. Y no porque esté enajenado o loco, sino porque vive en un éxtasis permanente (que también «éxtasis» significa «salir de sí»). ¿Acaso no había dicho Él: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo (Mt 16, 24)?

Ojalá vivas tú también fuera de ti, aunque te tomen por loco. Serás digno discípulo del Maestro.

(TOI02S)

La envidia como excusa

Me dices que envidias a esa persona que –según tú– ha recibido tantos dones de Dios. Y a esa otra, a quien –también según tú– le resulta tan fácil rezar. Ya se ve que llegaste el último a la fila de distribución mientras el Creador repartía sus favores. ¡Pobrecito! Si sigues por ese camino, acabarás diciendo que la culpa de tus pecados es de Dios.

Llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él. También entre los apóstoles había envidias. Y, sin embargo, todos recibieron la misma llamada. Pero nada tiene que ver la vida de Pedro con la de Judas. ¿Será culpa del Señor, que llamó a ambos?

No. Porque no es lo mismo estar a los pies de Cristo que juzgar al Mesías. Tanto Judas como Pedro pecaron, pero Simón se mantuvo a los pies del Redentor, mientras Judas lo juzgó y lo entregó.

No te engañes. No has recibido menos gracias del cielo que los demás. Pero las gracias no nos santifican por sí solas; es preciso ser dócil. Por tanto, deja de mirar a tu prójimo y pregúntate, más bien, si estás respondiendo a los dones recibidos.

(TOI02V)

Dios al alcance de la mano

Hay que imaginar la escena para hacerse una idea de su dramatismo:

Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.

Contempla el dolor de aquellas multitudes heridas. Contempla los estragos del pecado y de la muerte en los hijos de Adán. Contempla el anhelo de aquellos hombres por llegar a palpar a su Creador. Contempla la fe con la que extienden sus brazos. Contempla el desgarro de una Humanidad rota y moribunda en busca de vida…

Miguel Ángel pintó a un Dios majestuoso que tocaba con su dedo el dedo de Adán para vivificarlo. San Marcos nos pinta hoy miles de manos moribundas buscando el dedo del Hijo de Dios.

Eran teólogos. Y sabían que, por vez primera, el hombre podía tocar a Dios. ¿Cómo no acercarse a Él?

Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío. No se alejó para estar distante, sino para estar más cerca. Sobre la barca de Pedro, la Iglesia, y derramado en los sacramentos, puede ser alcanzado por ti. Recíbelo en la penitencia y en la Eucaristía, para que también tú lo toques y quedes curado.

(TOI02J)

Muchos sábados más tarde…

Aquel primer sábado, tras haber creado cielo y tierra, lo pasó Dios complacido, viendo que todo era bueno, y descansó en la obra de sus manos.

Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo. Miles y miles de sábados más tarde, Dios, revestido de carne humana, miró de nuevo la obra de sus manos, que Él había entregado a los hombres, y vio que todo estaba roto. Lloró en su corazón, y su dolor fue compasión para el enfermo: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida.

Pero ese dolor de Dios, que fue compasión y sanación para el pobre, se convirtió en indignación hacia los fariseos, a quienes contempló con una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón. Esa dureza de corazón había sido, precisamente, la que había causado estragos en el mundo.

El enfermo obedeció a Jesús, extendió la mano y quedó curado. Los fariseos se resistieron, y con ellos nada pudo hacer el Señor.

Al hombre herido lo salva Dios; nadie puede salvarse a sí mismo. Pero, para salvarlo, Dios necesita su obediencia y docilidad. ¿Quieres ser curado? Obedece. Deja que la compasión de Dios pueda sanarte.

(TOI02X)

El Sábado y el Hombre

Dice Jesús que el sábado se hizo para el hombre, y rápidamente entendemos que Dios quiso que el hombre descansara durante el séptimo día. Pero quizá no convendría ser tan rápidos. Hay algo más, un tesoro escondido tras estas palabras.

El Hombre es Cristo, y el sábado se hizo para Él, porque todo fue creado por Él y para Él (Col 1, 16). Por eso el Hijo del hombre es señor también del sábado.

Cristo tomó posesión del su sábado cuando reposó en el seno de la tierra en el Sábado Santo. Ese día fue, en realidad, el último día de la antigua Creación, cuando el Verbo descansó de todo lo que había hecho, y preparó al mundo para el día octavo, el Domingo, primer día de la Creación nueva.

Con todo, aunque nuestras almas en gracia disfrutan ya del domingo, nuestros pobres cuerpos permanecen en la muerte, en un largo sábado que concluirá cuando el Señor vuelva sobre las nubes. Hasta que despunte ese día, como a los apóstoles, nos han arrebatado al Esposo. Y, también como ellos, comemos en sábado el Pan de vida, el cual nos sustenta en este mudo hasta que llegue el domingo sin ocaso.

(TOI02M)

Hoy, cuando comulgues…

Hoy, cuando asistas a la celebración de la Eucaristía, escucharás estas palabras, salidas de la boca del Señor:

Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.

Recuerda, cuando lo escuches, que ese vino nuevo, manado del costado del Cordero sin mancha, estará, minutos después, sobre el altar. Y estará allí para que lo recibas tú.

¡Qué limpia debe estar tu alma a la hora de comulgar! Tu corazón debería ser odre nuevo donde el nuevo vino es recibido con reverencia y adoración. Para que así sea, procura confesar frecuentemente. Quizá no tienes pecados mortales, pero has dejado pasar mucho tiempo desde la última confesión, y se han acumulado en el alma pequeñas manchas que la han envejecido y agrietado. No pecarás si comulgas así, pero podrías comulgar mejor. ¿Por qué no confiesas antes esos pecados veniales, y te dispones a recibir con más provecho y dignidad el vino nuevo?

Aprovecha el acto penitencial de la Misa. Es como un último retoque de contrición que dispondrá tu alma para ser un odre nuevo. Vas a recibir mucho; procura estar muy bien dispuesto.

(TOI02L)

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