Misterios de Navidad

enero 2021 – Espiritualidad digital

La envidia como excusa

Me dices que envidias a esa persona que –según tú– ha recibido tantos dones de Dios. Y a esa otra, a quien –también según tú– le resulta tan fácil rezar. Ya se ve que llegaste el último a la fila de distribución mientras el Creador repartía sus favores. ¡Pobrecito! Si sigues por ese camino, acabarás diciendo que la culpa de tus pecados es de Dios.

Llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él. También entre los apóstoles había envidias. Y, sin embargo, todos recibieron la misma llamada. Pero nada tiene que ver la vida de Pedro con la de Judas. ¿Será culpa del Señor, que llamó a ambos?

No. Porque no es lo mismo estar a los pies de Cristo que juzgar al Mesías. Tanto Judas como Pedro pecaron, pero Simón se mantuvo a los pies del Redentor, mientras Judas lo juzgó y lo entregó.

No te engañes. No has recibido menos gracias del cielo que los demás. Pero las gracias no nos santifican por sí solas; es preciso ser dócil. Por tanto, deja de mirar a tu prójimo y pregúntate, más bien, si estás respondiendo a los dones recibidos.

(TOI02V)

Dios al alcance de la mano

Hay que imaginar la escena para hacerse una idea de su dramatismo:

Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.

Contempla el dolor de aquellas multitudes heridas. Contempla los estragos del pecado y de la muerte en los hijos de Adán. Contempla el anhelo de aquellos hombres por llegar a palpar a su Creador. Contempla la fe con la que extienden sus brazos. Contempla el desgarro de una Humanidad rota y moribunda en busca de vida…

Miguel Ángel pintó a un Dios majestuoso que tocaba con su dedo el dedo de Adán para vivificarlo. San Marcos nos pinta hoy miles de manos moribundas buscando el dedo del Hijo de Dios.

Eran teólogos. Y sabían que, por vez primera, el hombre podía tocar a Dios. ¿Cómo no acercarse a Él?

Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío. No se alejó para estar distante, sino para estar más cerca. Sobre la barca de Pedro, la Iglesia, y derramado en los sacramentos, puede ser alcanzado por ti. Recíbelo en la penitencia y en la Eucaristía, para que también tú lo toques y quedes curado.

(TOI02J)

Muchos sábados más tarde…

Aquel primer sábado, tras haber creado cielo y tierra, lo pasó Dios complacido, viendo que todo era bueno, y descansó en la obra de sus manos.

Lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo. Miles y miles de sábados más tarde, Dios, revestido de carne humana, miró de nuevo la obra de sus manos, que Él había entregado a los hombres, y vio que todo estaba roto. Lloró en su corazón, y su dolor fue compasión para el enfermo: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida.

Pero ese dolor de Dios, que fue compasión y sanación para el pobre, se convirtió en indignación hacia los fariseos, a quienes contempló con una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón. Esa dureza de corazón había sido, precisamente, la que había causado estragos en el mundo.

El enfermo obedeció a Jesús, extendió la mano y quedó curado. Los fariseos se resistieron, y con ellos nada pudo hacer el Señor.

Al hombre herido lo salva Dios; nadie puede salvarse a sí mismo. Pero, para salvarlo, Dios necesita su obediencia y docilidad. ¿Quieres ser curado? Obedece. Deja que la compasión de Dios pueda sanarte.

(TOI02X)

El Sábado y el Hombre

Dice Jesús que el sábado se hizo para el hombre, y rápidamente entendemos que Dios quiso que el hombre descansara durante el séptimo día. Pero quizá no convendría ser tan rápidos. Hay algo más, un tesoro escondido tras estas palabras.

El Hombre es Cristo, y el sábado se hizo para Él, porque todo fue creado por Él y para Él (Col 1, 16). Por eso el Hijo del hombre es señor también del sábado.

Cristo tomó posesión del su sábado cuando reposó en el seno de la tierra en el Sábado Santo. Ese día fue, en realidad, el último día de la antigua Creación, cuando el Verbo descansó de todo lo que había hecho, y preparó al mundo para el día octavo, el Domingo, primer día de la Creación nueva.

Con todo, aunque nuestras almas en gracia disfrutan ya del domingo, nuestros pobres cuerpos permanecen en la muerte, en un largo sábado que concluirá cuando el Señor vuelva sobre las nubes. Hasta que despunte ese día, como a los apóstoles, nos han arrebatado al Esposo. Y, también como ellos, comemos en sábado el Pan de vida, el cual nos sustenta en este mudo hasta que llegue el domingo sin ocaso.

(TOI02M)

Hoy, cuando comulgues…

Hoy, cuando asistas a la celebración de la Eucaristía, escucharás estas palabras, salidas de la boca del Señor:

Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.

Recuerda, cuando lo escuches, que ese vino nuevo, manado del costado del Cordero sin mancha, estará, minutos después, sobre el altar. Y estará allí para que lo recibas tú.

¡Qué limpia debe estar tu alma a la hora de comulgar! Tu corazón debería ser odre nuevo donde el nuevo vino es recibido con reverencia y adoración. Para que así sea, procura confesar frecuentemente. Quizá no tienes pecados mortales, pero has dejado pasar mucho tiempo desde la última confesión, y se han acumulado en el alma pequeñas manchas que la han envejecido y agrietado. No pecarás si comulgas así, pero podrías comulgar mejor. ¿Por qué no confiesas antes esos pecados veniales, y te dispones a recibir con más provecho y dignidad el vino nuevo?

Aprovecha el acto penitencial de la Misa. Es como un último retoque de contrición que dispondrá tu alma para ser un odre nuevo. Vas a recibir mucho; procura estar muy bien dispuesto.

(TOI02L)

Mi recompensa eres Tú

«Si trabajas y estudias con el único objetivo de recibir una recompensa, el esfuerzo te resultará penoso. Pero, si te mueve el amor al trabajo, encontrarás en él tu recompensa».

No es de la Biblia, sino de Ana Karenina, de Tolstoi. Y se entiende bien. Supón que te invitan a una conferencia con la promesa de regalarte un teléfono móvil cuando concluya. Tú acudes a la conferencia, y se te hace interminable, porque no te interesa el discurso, sino el regalo que vendrá al final.

Quieres ir al cielo, y Jesús te dice que irás si cumples sus mandatos. La vida se te puede hacer larguísima, de misa en misa y de sacrificio en sacrificio, hasta que, al final, todo quede compensado… O no.

«¿Qué buscáis?». Juan podría haber respondido como el joven rico: «Quiero alcanzar vida eterna». Pero ya sabemos cómo acabó: seguir a Jesús era, para él, un camino demasiado fatigoso.

«Rabí, ¿dónde vives?». ¡Maravillosa respuesta!: «Lo que busco ya lo encontré. Te busco a ti. Tú eres la Vida. En el Tabor, en el Gólgota, o en el cielo, si te tengo a ti lo tengo todo. No tengo que esperar para ser feliz».

Enamórate. Y disfruta.

(TOB02)

Mil llamadas al día

vocaciónA muchos de nosotros, el encuentro de Cristo con Mateo nos lleva a un momento sagrado en nuestras vidas, cuando escuchamos la invitación del Señor a dejar cuanto teníamos y seguirlo a Él. Fue entonces cuando despuntó el misterio de nuestra vocación.

Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: «Sígueme». Se levantó y lo siguió. Por muy evocador que pueda ser el recuerdo de ese momento, y por muy agradecidos que estemos por esa llamada, creo que hacemos mal cuando encerramos allí toda la luz del encuentro entre Cristo y Mateo. La invitación que Jesús hace al publicano deberíamos escucharla, no una, sino miles de veces a lo largo de la vida. Quizá miles de veces a lo largo del día.

Cuando estás mano sobre mano, o «mano sobre móvil», perdiendo el tiempo… «¡Sígueme!, ¿qué haces ahí parado?».

Cuando tu cabeza se enreda en mil preocupaciones… «¡Sígueme! Deja todo eso y piensa en Mí».

Cuando te apegas a las criaturas, como si las necesitaras… «¡Sígueme! No te quedes ahí».

Igual que un niño que se entretiene ante un escaparate mientras camina con su padre, deberías tú escucharlo muchas veces: Sígueme.

(TOI01S)

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