Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

enero 2021 – Espiritualidad digital

Palabras de muerte y palabras de vida

Recuerdo mis años de Universidad, cuando usaba el Metro por la mañana y por la tarde. Era, entonces, muy normal ver a la gente leyendo libros en el transporte público. Hoy, en el tren –que es ahora mi medio de transporte– apenas ves a nadie con un libro, pero casi todos los viajeros están chateando desde el teléfono.

Es nuestra pobreza. No leemos literatura de calidad, pero estamos saturados de palabras vanas. Entre las páginas web, la televisión y los mensajes de texto, la cantidad de datos que recibimos a diario es inmensa, y su calidad pésima. Todo el mundo quiere decirnos algo; y a casi todos, por desgracia, los mueve un interés personal y buscan algo de nosotros. Mientras la palabra certera y cuidada aporta libertad, la palabra grosera y burda es un instrumento poderoso de manipulación.

¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Cristo no necesita nada de ti. Sólo quiere que seas feliz y santo, porque te ama. Al sacerdote no le pagan más por decirte verdades que duelan; sólo quiere que seas feliz y santo. Ésa es la autoridad de Cristo y de la Iglesia.

Deberías elegir muy bien a qué palabras prestas atención.

(TOB04)

Mientras Jesús duerme

Nuestros sábados huelen a sepulcro. Y huelen bien, porque en ese sepulcro reposó el cuerpo del Hijo de Dios de todo lo que había trabajado redimiendo al hombre, igual que en sábado reposó el Creador después de formar cielos y tierra.

Nos falta fe; deberíamos acercarnos más a la Virgen. Porque acudimos a ese sepulcro, donde duerme el Redentor, y estamos sobresaltados por el miedo. Supongo que a los apóstoles les sucedería lo mismo. Parece que las tinieblas cubren la tierra, parece que el mal ha vencido al bien, parece que Satanás ha ganado la batalla, parece que la muerte campa a sus anchas… Parece. Sólo parece.

Pero nos asustamos, como aquellos doce: Maestro, ¿no te importa que perezcamos?

¡Qué pregunta, para hacérsela a un Dios dormido que ha muerto para darnos vida!

La Virgen, dulcemente, nos reprende: No despertéis, no desveléis al Amor, hasta que le plazca (Ct 2, 7), hasta que Él mismo se ponga en pie, ordene silencio a la muerte, y nos lleve seguros a la otra orilla.

Es cierto; vivimos un largo sábado santo. Pero habrá un domingo. Por eso necesitamos a la Virgen. Ella lleva en su inmaculado corazón la luz de nuestra esperanza.

(TOI03S)

Granos de mostaza

grano de mostazaLa vida nos acostumbra a acontecimientos extraordinarios. La parábola del grano de mostaza apenas nos sobresalta:

Al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra.

Y, sin embargo, el hecho de que algo tan pequeño como un grano de mostaza pueda desarrollar esa fuerza descomunal debería sorprendernos. En nuestros días, quizá Jesús hubiese hablado de la energía que un átomo puede liberar. Pero, afortunadamente para ellos, los contemporáneos del Señor aún no habían experimentado con la muerte tanto como nosotros.

Como contrapartida, lo pequeño requiere más atención. Ante una catedral, es casi imposible no mirar hacia arriba; pero podemos pisar un grano de mostaza y pasarnos perfectamente inadvertido.

Cerrar bien una puerta pensando en Dios; sonreír cuando decimos «buenos días»; ser puntuales a la hora de comenzar y terminar la oración; felicitar el cumpleaños a un amigo; llevar limpios los zapatos para Dios… Son detalles pequeños, granos de mostaza diminutos que, si estamos en vela y los cuidamos por amor a Dios y al prójimo, pueden hacer de nosotros grandes santos.

(TOI03V)

El candelero que tienes sobre los hombros

Cuando Moisés volvía de hablar con Dios, su rostro resplandecía con tanta luz que tenía que cubrir su rostro con un velo… Hasta que llegó san Pablo, y retiró el velo: Todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor (2Co 3, 18).

¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero? La luz queda bajo el celemín cuando tu piedad en nada aprovecha a quienes te rodean. Rezas mucho, pasas mucho tiempo en la iglesia, pero –la verdad– no hay quien te aguante. No paras de quejarte, estás siempre de mal humor… No eres luz para nadie.

¡Pon la luz en lo alto del candelero! Yo te diré dónde está el candelero: encima de ese cuello que tienes sobre los hombros. Tu rostro es el candelero.

¿No te das cuenta de que un rostro alegre ya es apostolado? La gente te ve, y se pregunta de dónde viene esa alegría tuya. Es el momento de explicarles que viene de Dios.

Anda, pon tus penas en su sitio, debajo del celemín, y sube el Amor de Dios al candelero del rostro. Sé luz para el mundo.

(TOI03J)

Eres todo un campo

Mírate hoy por dentro, y escucha la parábola del sembrador:

Algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. La carne es el borde del camino. Si escuchas con el tímpano, si la Palabra es sólo ruido que golpea el oído, se irá tan pronto como vino. Ni la carne ni la sangre pueden heredar el reino de Dios (1Co 15, 50).

Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero son inconstantes. El corazón es terreno pedregoso. Escuchas emocionado, te entusiasmas con ser santo… Y, poco después, otra ilusión reemplaza a la Palabra, y olvidas tus buenos deseos.

Otra parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron y no dio grano. «Escucharé con la cabeza». Pero tu cabeza está ¡tan llena! Preocupaciones, tareas, distracciones, problemas… Apenas logras prestar atención.

El resto cayó en tierra buena. Tu alma es tierra buena. Deja que la Palabra, como flecha, atraviese carne, corazón y cabeza y se clave en ese silencio profundo que hay dentro de ti. Acógela allí, y medítala… y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno.

(TOI03X)

Los hijos de Pablo

Pablo, que fue célibe, tuvo hijos. A los Corintios y a los Gálatas les asegura que él es su padre y su madre, como lo atestiguan sus dolores de parto. También Timoteo y Tito fueron hijos suyos. Él los dio a luz con su predicación y su entrega. ¡Cómo se preocupaba por ellos! Igual que una madre, les aconsejaba, se interesaba por su salud y los instruía. El estómago de Timoteo le dolía a su padre: ya no bebas más agua sola, sino toma un poco de vino a causa del estómago y de tus frecuentes enfermedades (1Tim 5, 23). ¡Qué sabio consejo!

La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Pedidle a Dios que los sacerdotes, como Pablo, tengamos hijos. Rogadle que nos conceda una santa fecundidad y que, como fruto de nuestra entrega y de nuestra predicación, veamos a jóvenes abrazar con gozo la vocación sacerdotal. Algunos lo pedimos como Abrahán, porque vamos cumpliendo años y no vemos progenie. Suplicadle al Señor que, aunque no lo merezcamos, seamos fértiles. La Iglesia necesita sacerdotes santos. ¡Si, al menos, cada sacerdote alumbrase una vocación, podríamos morir tranquilos!

(2601)

Una «santa obsesión»

La familia, el trabajo, el deporte, la televisión, el teléfono, la báscula, la salud… La vida está llena de facetas que la hacen multicolor. Pero cuando una de esas facetas revienta sus límites y se apodera invasivamente del cerebro, tenemos una obsesión. Si alguien se pesa una vez al mes, cuida su salud; si se pesa cuatro veces al día, tiene un problema.

La conversión a Jesucristo es una «santa obsesión». Cuando uno conoce a Cristo y queda fascinado por Él, el Señor lo invade todo. San Pablo confiesa a los Corintios que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo (1Co 2, 2). Y a los Filipenses: todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo (Flp 3, 8).

Lo que diferencia esta «santa obsesión» de las obsesiones patológicas es que, mientras éstas esclavizan al hombre, el pensamiento de Cristo no desplaza las demás facetas de la vida, sino que las ilumina. La familia es para Cristo, el trabajo es para Cristo, la salud es para Cristo, el ocio es para Cristo… Y el alma se libera, y deja de depender de las cosas para convertir la vida en lance de Amor.

¡Bendita obsesión!

(2501)

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