Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

diciembre 2020 – Página 3 – Espiritualidad digital

Entre Jeconías y Zorobabeles

Quizá la genealogía de Jesús no sea para ti sino una lista interminable de nombres imposibles de pronunciar. Te confieso que, cada vez que la proclamo, tengo miedo de perder el aliento en mitad de algún Jeconías o al término de un Zorobabel. Pero, tras esos nombres, se esconde una historia llena de esperanzas y traiciones, pecados y amores sublimes.

Es tu historia. Y la mía. Nuestros Jeconías y Zorobabeles son nuestras infancias y juventudes, nuestros sueños de adolescente y los pecados cometidos en las tinieblas; las ansias de santidad que elevaron nuestros ojos por encima de los cielos y las bajezas con que nos enterramos en lo profundo de nuestra miseria; el dulcísimo amor a Jesucristo que llenó nuestros corazones de dulzura inefable, y la pútrida ciénaga de nuestro egoísmo.

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. De repente, entre Jeconías y Zorobabeles, aparece un José, viene la Virgen, y lo arregla todo. Dios se presenta de improviso en ese establo, y el establo queda convertido en Belén.

¿A qué esperas? Trae a José a tu alma, invoca a la Virgen, y no temas. Dios no hará ascos a tu historia.

(1712)

“Misterios de Navidad

“Misterios de Navidad

¿A quién esperas?

Si, después de siglos esperando al Ungido de Yahweh, los escribas y fariseos, cuando tuvieron ante sí al Mesías, se deshicieron de él, fue porque esperaban a otro Mesías.

¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?

Esperaban a un Mesías terreno, que los liberase de la dominación romana y los devolviese al esplendor de Salomón. Pero Dios no envió a su Hijo con esa misión, sino con la de redimir al hombre.

Ten cuidado. Faltan pocos días para la Navidad. Sé que estás esperando, pero ¿qué esperas? Porque si esperas a un Mesías que solucione los problemas de tu vida, podría suceder que llegara a ti el Señor y no lo reconocieses. En ocasiones, esperamos a Dios por la puerta, y Dios entra por la ventana.

No es Dios quien tiene que adecuarse a lo que esperas tú, sino tú quien debe aprender a esperar lo que Dios te promete. Sé que tienes muchos problemas y dolores; yo también los tengo. Pero Dios viene a darte un beso y a prender una luz en tu alma. Eso es lo que debes esperar, y no te defraudará.

Salvo que tú también estés esperando a otro.

(TA03X)

“Misterios de Navidad

“Misterios de Navidad

La viña del Señor

Dicen que hay de todo en la viña del Señor. Pero… ¿dónde está la viña del Señor?

Para algunos, trabajar en la viña del Señor consiste en que el sacerdote te pide que impartas catequesis en la parroquia, y tú te ves todas las semanas con siete niños de nueve años. O en que te piden que salgas a leer la segunda lectura en misa de nueve. Y todo eso está bien, muy bien, porque muchas veces, a través del sacerdote, ves que te lo pide Dios, y le dices que sí. ¡Qué haríamos en las parroquias sin el trabajo tan valioso que realizáis muchos de vosotros! Pero la parroquia es la casa del Señor. La viña del Señor está en otro sitio.

La viña del Señor está en la calle. Allí están las cepas cuyo vino de almas quiere recoger el divino viñador.

Hijo, ve hoy a trabajar a la viña. Lo escuchas en la casa, en el templo, y dices: Voy, Señor. ¡Bien dicho! ¡Jamás te niegues, cuando Dios te llama! Pero, una vez dicho, cuando el sacerdote proclame: «Podéis ir en paz», saldrás del templo, y… ¡Ahí está la viña! ¡A trabajar! ¡A recoger almas para Cristo!

(TA03M)

“Misterios de Navidad

“Misterios de Navidad

Cara de póker

Siempre me ha hecho gracia ese diálogo de Jesús con los sumos sacerdotes a cuenta de Juan:

– ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad? – Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?

Es como una partida de póker: «Descubre tú tus cartas, y entonces yo descubriré las mías». Entre tanto, ambos jugadores se miran con… con cara de póker, evidentemente.

Y pienso en la oración mental, en ese diálogo «cara a cara» que los cristianos deberíamos tener cada día con nuestro Señor. Se me ocurre que, en ocasiones, el alma y Cristo se miran con cara de póker. Y le dice el Señor al alma: «¿Por qué no te sinceras conmigo? No tengas miedo, descubre ante Mí tus debilidades, tus pecados, tus tristezas, tus soledades. Y entonces yo te mostraré mi rostro, mi sonrisa, esa sonrisa que tengo guardada para ti cuando te me muestras tal cual eres. ¿O prefieres que nos quedemos mirando los dos el uno al otro, con esta cara, mientras haces como que lees un libro?»

(TA03L)

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Testigos de la luz

Nos guste o no, nuestras vidas le dicen algo a los demás. Una vida no es una piedra; una vida habla. Y, así, hay vidas que parecen gritar: «¡Mirad qué estupendo soy!». Otras son como una queja: «¡Qué asco de mundo!». Otras son un anuncio publicitario: «¡Me encanta el teléfono móvil!». Otras son una frase silenciosa: «¡Qué bien se está en casa!». Y otras son la declamación de un drama: «¡Qué difícil es vivir!». Hay muchos más gritos, tantos como vidas, pero te los ahorro. Me quedo con Juan Bautista:

No era él la luz, sino que daba testimonio de la luz. Juan no pretendía ser el Mesías, pero, con su vida, señalaba al Sol que nace de lo alto. Si le miraban a él, parecía decir: «¡No me miréis a mí! No soy más que un testigo; mirad al que viene, al que está por llegar».

Qué bien empleadas estarían nuestras vidas si siguiésemos su ejemplo. Ojalá los hombres nos viesen tan alegres que se preguntasen de dónde nace esta alegría nuestra. Y ojalá nuestros labios se abriesen sin miedo para gritar: «Esta alegría no es mía; la recibo de Cristo. Él es la luz que ilumina el mundo».

(TAB03)

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¿Quién se comerá los langostinos?

Aquellos hombres esperaban a Elías y, cuando vino el Bautista con el espíritu y poder de Elías, lo mataron. Esperaban al Mesías y, cuando habitó entre ellos, lo crucificaron. ¿Qué esperaban, realmente, aquellos hombres? Seguramente, un Elías que bramase contra los romanos, y un Mesías que destronase al César.

Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido. Esa batalla se libra en tu interior. Hay un hombre viejo en ti, y ese hombre no reconoce la penitencia ni el ayuno proclamados por Juan como venidos de Dios. En ellos ve muerte, y él odia la muerte. Por eso rechaza la austeridad del Bautista, y espera una Navidad de champán y langostinos.

No dejes que ese hombre te domine. Reza, despierta el alma, escucha al Bautista y reconoce en él la voz de Elías. Mata a ese hombre viejo o, de otra forma, será él quien mate al Señor en tu interior cuando amanezca. Vive el Adviento con austeridad, haz penitencia. Y, cuando el Señor venga, que sea el hombre nuevo quien, con gozo y en acción de gracias, se coma los langostinos en presencia del Señor.

(TA02S)

“Misterios de Navidad

¡Si hubieras atendido!

Haces propósitos, te examinas, rectificas, vuelves a hacer propósitos, luchas y, en ocasiones, vences; otras, fracasas… ¡Muy bien! Estoy convencido de que Dios mira con ternura esas batallas tuyas, y esos deseos –a veces frustrados– de hacer su voluntad. Pero, además de en el combate, tu atención está en mil sitios distintos a la vez. Quizá por eso vives tu lucha con tanto dramatismo. No puedes estar en todo.

Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado. El Señor se queja de que su pueblo no baila ni llora según Dios. Pero el llorar o bailar no se consiguen con lucha; son, más bien, cuestión de atención. Si atiendes al sonido de la flauta, tu cuerpo baila solo; si escuchas con atención el lamento, acabas llorando tú. La queja de Jesús, en el fondo, es la misma que su Padre puso en labios del profeta: ¡Si hubieras atendido a mis mandatos! (Is 48, 18).

Centra tu lucha en un solo combate: el de la presencia de Dios. Procura tener la mirada del alma fija en Él mientras realizas las labores de cada día. Y verás cómo te es más fácil cumplir esos propósitos.

(TA01V)

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