Misterios de Navidad

diciembre 2020 – Espiritualidad digital

La luz brilla en la tiniebla

luzEn los últimos días del Adviento, anduve preguntando a varios feligreses qué esperaban de la Navidad. «Espero que el Niño Jesús nazca en mí». Está bien respondido y, a buen seguro, Dios no habrá defraudado esa esperanza. Yo, sin saber bien por qué, este año tenía mi propia respuesta: Esperaba una luz.

La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Sin entrar en detalles personales, os diré que el día 24 por la noche esa luz se encendió dentro de mí. Iluminó mis tinieblas y, si mis tinieblas no la recibieron, fue porque huyeron despavoridas.

Belén es el lugar más resplandeciente de la Tierra. Cuando miras esa luz, bien abiertos los ojos del alma, te llenas de una claridad que nada tiene que ver con las claridades de este mundo. Miro al sol, y la luz que entra por mis ojos es un dato muerto; alegre, pero muerto. Miro al Niño en el Belén, y la luz que llena mi alma es vida en estado puro; se abre paso hasta lo más profundo, me conquista por completo, y quedo convertido en luminaria.

Ahora sé por qué esperaba yo una luz. Y tampoco mi esperanza quedó defraudada.

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Sobria ebrietas

No me gustan los villancicos de borrachos. Y decirle a la Virgen «dame la bota, María, que me voy a emborrachar» me parece una irreverencia. La bebida y la comida tienen, desde luego, su espacio en la Navidad, pero ese espacio no es el de la borrachera y el petardo. Es otra cosa.

No se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. El ayuno y la oración habían preparado durante años a esta misteriosa mujer para captar las dulzuras del Espíritu. Y, tras una larga espera, en su ancianidad recibió el gozo que hizo que todos aquellos ayunos hubieran merecido la pena.

Mucha gente cree que se alegra porque bebe, pero no es verdad. Esa alegría es espesa y falsa; deja mal cuerpo, y peor alma. La alegría de Ana es mucho más real: nace del espíritu y sale a borbotones por la boca. No puede callar, porque está ebria con la «sobria embriaguez» del Espíritu. Ha ayunado y orado durante años; no se alegra porque bebe. Y, sin embargo, si alguien le hubiese dado a Ana una copa de champán en aquel momento, con gusto habría brindado por el Niño Dios.

Pues eso.

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Que no es invierno, sino primavera

Mucha gente está triste en invierno. Las pocas horas de luz se vuelven plomizas si no llega la nieve para darles un toque de alegría. El frío tras la puerta te hace pensártelo dos veces antes de salir de casa. Y el paisaje tras la ventana es tan oscuro, que tienes que encender la luz de la habitación, como si fuera de noche.

Las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya. Pero ¿a dónde estás mirando? Escogiste la ventana equivocada. Ve al Belén de tu casa, mira al Niño Dios … ¿No te das cuenta? ¡Que no es invierno, sino primavera!

Porque mis ojos «han visto a tu Salvador», a quien has presentado ante todos los pueblos: «luz para alumbrar a las naciones». ¡Qué luz tan preciosa! ¿Cómo no dejarse bañar en ella? Belén es un día de primavera, de ésos en los que uno se siente alegre casi sin querer. El Sol brilla y calienta. ¡Cómo calienta! Aproximé mis manos al Niño como si fuera una hoguera, pero las retiré, porque no era necesario. Todo yo estoy bañado en luz y calor. Ahora entiendo que los pastores pasaran la noche al raso.

Ha nacido Dios. ¿Cómo estar tristes?

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El llanto de Raquel y la alegría de la Iglesia

Siempre me ha llamado la atención esa «doble cara» de la noticia. Una matanza sangrienta de niños indefensos es celebrada por la Iglesia con alegría y cantos de júbilo. ¿Estamos locos, o ha sucedido algo que ha cambiado el signo de la Historia y de la muerte?

Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven. Mientras Raquel llora, la Iglesia canta. Y ambas tienen motivos sobrados.

Llora Raquel, porque aún no había llegado el Mesías, y la muerte era maldición y desgracia. Canta la Iglesia, porque el Mesías ha llegado, y con su sangre romperá las puertas de la muerte y las dejará abiertas hacia el Paraíso. En la sangre de los pequeños inocentes ve la Esposa de Cristo el preludio de la sangre del único Inocente. Y en los propios niños ve al cortejo de honor del Cordero. Si Raquel quedó sin hijos, la Iglesia, en un misterioso adelanto de la Cruz, ha dado a luz a estos niños para la gloria. Antes de que Cristo muera, ya los llamamos «santos» e «inocentes».

No estamos locos, no. Salvo que sea de alegría.

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Tu familia en Nazaret

Me cuenta un amigo su particular Nochebuena: a las diez de la noche, la caldera reventó, y se inundó la cocina. Llamaron al conserje, y acudió de inmediato. Dos horas estuvo allí, reparando el desaguisado, y mi amigo le dijo: «¡Cuánto siento haberle pedido esto en Nochebuena! Estaría usted cenando con su familia». Respuesta de conserje: «No lo sienta. Me ha hecho un favor. Cuando me llamó, estaban todos discutiendo».

La familia perfecta, en este mundo, no existe. Y la familia Trapp sólo existe en «Sonrisas y lágrimas». Todos arrastramos carencias y traumas de la infancia. No hay que dramatizar en exceso; este mundo es un enorme hospital. Además, todas nuestras heridas tienen cura.

La Sagrada Familia nos abre sus puertas para que volvamos a nacer y seamos educados allí. Comparada con ellos, la familia Trapp es una panda de desarrapados. Hazte niño, cuélate en el Hogar de Nazaret, abraza a la Virgen, échate al cuello de José, juega con el Niño Dios, que es tu hermanito… Llórale a Mamá cuando estés triste, recibe sus besos y caricias. Y, sobre todo, obedece, sé buen hijo; no fuera a ser que el problema no estuviese en tu familia, sino en ti.

(SDAFAMB)

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Cuerpo entregado y ojos cautivos

EstebanTus ojos deberían estar gozando, desde ayer, un dulce cautiverio. Amaneció en un establo olvidado, y ese Sol que no deslumbra quiere secuestrar amorosamente tu mirada. La luz que ahora llena tu alma te ha convertido en Belén viviente. El mundo sigue girando, se suceden noticias y suenan voces… Pero tu atención no debe apartarse del pesebre y, por eso, tu dicha no se apaga.

Nada os preocupe (Flp 4, 6), dice el Apóstol. ¿Qué puede preocuparte, si tienes frente a ti al Rey de reyes y sabes lo mucho que te ama? Mientras el mundo persigue al cristiano, él anda despreocupado de lo que digan, de lo que esperan de él, de lo que pueda sucederle, y hasta de sí mismo, porque su mirada está en Dios, y eso le hace muy feliz.

Imagino a Esteban sonriendo por dentro mientras lo lapidan; él ve el cielo abierto y entrega su espíritu a Dios. Por eso su rostro les pareció el de un ángel (Hch 6, 15).

El que persevere hasta el final se salvará. Esa perseverancia, de la que habla Jesús, no consiste en apretar los dientes, sino en mantener la alegría, en dejar los ojos presos en Belén.

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Los pies diminutos del Altísimo

Me fascina el verso de Isaías con el que la Iglesia inicia la proclamación de la Palabra en Navidad: Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz. Asombrados descubrimos, esta mañana, que el profeta hablaba de los pies de un niño. Y esos pies son… ¡tan pequeños! Podríamos pasar horas de contemplación embelesada ante los pies de Niño Dios. Juan anunció: No soy digno de desatar la correa de sus sandalias (Jn 1, 27). María se atreverá a calzar esas sandalias. Pero nosotros… ¿seremos dignos, tan siquiera, de postrarnos ante esos mismos pies que trillan los montes?

El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. A Dios se referían los patriarcas y profetas como al «Altísimo». Y… ¡miradlo ahora! ¿No cantan los niños al «Chiquirritín»? ¡Ved al Altísimo convertido, por Amor, en el «Chiquirritín» de nuestros villancicos!

Para que ese Chiquirritín de pies diminutos que trillan los montes siga siendo el Altísimo es preciso que nos abajemos nosotros más que Él, que nos postremos en adoración ante esos pies, como María Magdalena, y exaltemos de júbilo por cómo hemos sido amados. «Venite, adoremus!!!». Que sólo quien se postra recibe la bendición de Dios.

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