Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

octubre 2020 – Espiritualidad digital

Ama, y haz lo que quieras

No todos entienden esa frase de san Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Algunos la emplean para justificar desmanes y pecados, siempre con la excusa de haber obedecido los dictados del corazón. Pero san Agustín no nos invita a obedecer al corazón, porque el corazón humano está enfermo. San Agustín nos invita a abrasarnos en el Amor más grande, de modo que sigamos, en todo, los dictados del corazón de Cristo.

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

En ocasiones, el amor a «según qué» prójimos te resultará imposible. ¿Cómo amar a quien te ha hecho daño, a quien te ha destrozado la vida, a quien habla mal de ti…? ¿Crees que lo lograrás a base de esfuerzo? No te garantizo el éxito.

Sin embargo… prueba a amar más a Dios. Reza más, comulga más, confiesa frecuentemente. ¡Es tan fácil encenderse en el Amor! Y, una vez encendido, te sorprenderás mirando a «ese» prójimo con un cariño que no es tuyo. Entonces… ¡Ama, y haz lo que quieras!

(TOA30)

Una conversión pendiente

Le cuentan a Jesús lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Y el Señor, en lugar de arremeter contra Pilato y contra Roma, como quizá hubieran deseado quienes le hablaban, responde: Si no os convertís, todos pereceréis lo mismo.

¡Qué fácil es quejarse de quienes nos gobiernan! ¡Qué cómodo es, desde el sofá del salón, o desde la barra del bar, despotricar de los políticos, y acusarlos de ser enemigos de la Iglesia, y lamentarse de cómo odian a los cristianos y los persiguen! Es tan fácil, tan fácil, que, cuando te quieres dar cuenta, has convertido a la Iglesia en la víctima, a los gobernantes en verdugos, a ti mismo en un pobre perseguido, y a tu corazón en un hervidero de resentimientos y odios de los que luego te quejas ante el confesor: «¡Es que no soporto a los políticos!»

Qué difícil es, sin embargo, ante las noticias de persecuciones y desprecios, pensar: «Tengo que convertirme. Si yo me convierto, si yo soy santo, la sociedad cambiará. Para empezar, en lugar de sembrar descontento con mis quejas, procuraré ser sembrador de paz y de alegría entre quienes me rodeen».

(TOP29S)

Y los suyos no le recibieron

Aprovechemos el permiso que se nos ha dado para entrar y salir del corazón de Cristo como pájaros que habitan su nido. ¡Bendito nido! Y contemplemos lo que hay detrás de las palabras que los labios del Señor pronuncian.

Cuando veis subir una nube por el poniente, decís enseguida: «Va a caer un aguacero», y así sucede. Cuando sopla el sur decís: «Va a hacer bochorno», y sucede. Hipócritas: sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?

¡Qué soledad tan terrible, la del Señor, en su santísima humanidad! Mira a quienes lo rodean, y piensa: «Sabéis interpretar los colores del cielo y el sonido del viento… y a Mí, sin embargo, no me reconocéis, aunque cuando toda la ley de Moisés hablaba de Mí. ¿Qué os he hecho, para que os fijéis en el cielo y me despreciéis a Mí?»

Pero aún les da una oportunidad: Mientras vas con tu adversario al magistrado, haz lo posible en el camino por llegar a un acuerdo con él. «Me habéis convertido en vuestro adversario, pero todavía caminamos juntos. Haceos amigos míos mientras podéis, y os salvaréis».

Medita hoy la Pasión del Señor.

(TOP20V)

Amor ardiente

Las palabras que hoy Jesús pronuncia ante sus discípulos son una mirada anticipada a su Pasión: He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!

El Señor contempla el Gólgota como el lugar de una deflagración. Habrá un bautismo, porque será sumergido Cristo en las aguas de la muerte y, al salir de ellas, se cumplirá la misteriosa profecía que pronunció Jotán: Salga fuego de la zarza que devore los cedros del Líbano (Jue 9, 15). ¿Acaso no es Cristo la zarza ardiente que vio Moisés?

Ese fuego, el mismo que recibieron los apóstoles en Pentecostés, debería abrasar nuestros corazones y consumirlos, como consumía el del Señor. El Amor de Dios tendría que devorarnos por dentro, de forma que no pudiéramos dejar de hablar de Jesús a todo el que se nos acercase.

Y, sin embargo, en muchos cristianos que cumplen con sus deberes religiosos falta pasión. El agua de la tibieza ha sofocado el fuego del Amor.

Dile: «Señor, ¡que no me conforme con amarte! Que te ame loca y apasionadamente hasta el último instante de mi vida».

(TOP29J)

Si Dios se tapase los ojos…

Cuando el criado de la parábola, antes de dar rienda suelta a sus instintos, se dice: Mi Señor tarda en llegar, está dando a entender que sólo obra bien por temor al castigo. Razona como el malvado del salmo: Dios no lo ve, el Dios de Jacob no se entera (Sal 94, 7).

¿Cómo actuarías tú si Dios se tapase los ojos? Si, por unas horas, supieras que el Señor no iba a mirarte, ¿seguirías procurando hacer el bien, o tomarías esas horas como unas «vacaciones», y darías rienda suelta a tus malos deseos? Te lo pregunto de otra manera: ¿Obras por temor, o encuentras gozo en la ley de Dios?

En todo caso, preferimos que Dios nos mire. Un solo minuto en que Dios no nos mirase sería, para nosotros, la muerte. Necesitamos esa mirada, que no es una amenaza, ni la inspección de un tirano sobre sus súbditos, sino la mirada cariñosa de un Padre que se complace en nosotros y nos protege. Los ojos de Dios nos sostienen.

Ojalá siempre, bajo esa mirada amorosa, encuentres gozo en cumplir la ley de Dios, que es más dulce que la miel de un panal que destila (Sal 19, 11).

(TOP29X)

Ceñida la cintura

La parábola de los criados que esperan a su señor es, en el evangelio de san Lucas, la versión breve, y en masculino, de la parábola de las diez vírgenes del evangelio de san Mateo. Como allí, el esposo llega entrada la noche, a la segunda vigilia o a la tercera.  También como allí, vuelve de su boda. Y, también como allí, es preciso tener encendidas las lámparas durante la espera.

Algo añade la parábola de Lucas: Tened ceñida vuestra cintura. Los criados deben mantener el abrigo puesto, estar preparados para salir en cualquier momento. Ya se ve que, en esta parábola, el banquete se celebra en otro lugar, al que serán llevados por el propio esposo.

¿No es ésa nuestra vida? ¿No estamos esperando a que el Señor vuelva y nos lleve al Cielo? Estamos en este mundo como en nuestra casa, pero siempre al borde de la puerta, mirando el alma hacia el Cielo. Estamos en esta vida, pero no como quien se arrellana en el sillón con la cerveza y las zapatillas, sino como quien está dispuesto a salir en cuanto el Señor llegue. Sin apegarnos a nada ni a nadie, y en perpetua y constante oración.

(TOP29M)

Parábola del prejubilado

¡Hombre! ¡Hoy toca la parábola del «prejubilado»! Una de las más actuales de todo el Evangelio:

50 añitos. La vida ha ido bien. Ha ahorrado como una hormiguita. Y tiene un fondo de inversión como «colchón» para futuras necesidades: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente. Con esa edad, debería saber que al alma no se le dicen esas cosas. Hubiera sido mejor comenzar: «Cuerpo mío». Pero el muy bobo se lo dice al alma, que ni come, ni bebe, ni banquetea, porque sabe que la vida es Cristo, y está muerta de hambre en el cuerpo de un energúmeno así. Por eso Dios le dedica, desde el Cielo, un cariñoso insulto bien merecido: Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?

Aunque uno se prejubile, su vida no depende de sus bienes. Porque la vida es Cristo. Y si fueras sensato en vez de necio, conforme cumples años y ves que se acerca el final de tus días, pensarías: «¿No debería ir apartando los ojos de las cosas de la tierra, y poniéndolos en las del Cielo? ¿No debería prepararme para encontrarme con Dios?»

(TOP29L)