Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

septiembre 2020 – Espiritualidad digital

¡Es de locos!

Es de locos.

– Te seguiré adondequiera que vayas. – El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. ¿Cómo puede un hombre acomodado lanzarse a seguir a un pobre para acabar durmiendo al raso? ¡Debería ser al revés! El acomodado debería decir al pobre: «Sígueme, y te llevaré a donde puedas dormir».

– Déjame primero ir a enterrar a mi padre». – Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios. Es inhumano impedir a un hombre enterrar a su padre. Lo sensato sería responderle: «Te acompaño al entierro, damos el pésame a tu familia, y partimos después».

– Déjame primero despedirme de los de mi casa. – Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios. ¿Es que no le vas a permitir siquiera que diga adiós, que bese a su madre y la tranquilice? Al menos Elías permitió a Eliseo despedirse de los suyos.

Es de locos. De locos de amor y de ilusión. De locos que han descubierto que nada se pierde cuando se sigue a Cristo, y que todo lo que intentamos retener lo perdemos como agua que se nos escapa entre los dedos.

(TOP26X)

Los que bajan del Cielo

Celebramos hoy a tres arcángeles, y a ninguno de ellos lo imaginamos solo. A Miguel lo contemplamos derrotando a Satanás, espada en mano; a Gabriel lo imaginamos junto a la Virgen, asombrado y dulce; a Rafael lo vemos caminando junto a Tobías, cicerone de Dios. Y alabamos al Señor, que se sirvió de sus ministros para favorecer a los hombres y vencer a los demonios. No es poco, pero, si ahí queda todo…

Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre. Me quedo con lo de «bajar». Porque estos tres arcángeles no se han quedado en el Cielo, a donde subieron tras cumplir su misión. También bajan cuando los llamamos, y Dios los pone «en danza» para que sigan protegiendo y guiando a sus hijos.

¿Tú los llamas? ¡Pues deberías! Porque, por la misericordia de Dios, ellos están a tu servicio.

Llama a Miguel cuando el Maligno te perturbe. Llama a Gabriel cuando te preguntes por el plan de Dios sobre tu vida. Y llama a Rafael cuando te pierdas, y necesites un guía que te devuelva al Camino, a Cristo. Ninguno de los tres te fallará, te lo aseguro.

(2909)

El «number one»

El afán de «ser importante» acompaña al hombre desde su más tierna infancia. No deberíamos culpar mucho a los apóstoles cuando leemos que discutían sobre quién sería el más importante.

Cuando eres pequeño, quieres ser el más importante para tu madre. Nace tu hermano pequeño, y te destrona. Entonces te quejas, y haces todo lo posible por llamar la atención de mamá.

Luego creces, y ya no quieres ser importante para tu madre, sino para tu cónyuge, para tu empresa, para tus amigos, para el mundo… En eso estaban los apóstoles cuando discutían: querían ocupar los primeros puestos en un supuesto reino de Israel restaurado por Jesús. Dando por descontado que Cristo sería el rey, se disputaban las carteras ministeriales. Jesús no les reprocha que quieran ser importantes, sino que hayan crecido. Por eso tomó a un niño de la mano.

Vuelve a tus deseos de niño. Deja que el mundo se dispute sus protocolos, y tú desea ser importante para Papá y Mamá, para Dios y la Virgen. Ámalos, llama su atención, engatúsalos… ¡Verás cómo te miran! Y poco te importará que los hombres te desprecien, cuando sepas que, para Dios y la Virgen, tú eres el «number one».

(TOP26L)

Por verte a ti…

Hace muchos años, el diario ABC publicaba una carta de amor muy peculiar. Venía a ser algo así:

«Por verte a ti, atravesaría el mar a nado. Por verte a ti, cruzaría el desierto sin una gota de agua. Por verte a ti, escalaría los montes más altos»… Y, tras enumerar otras proezas, el enamorado se despedía: «El próximo sábado, si no llueve, iré a verte».

Mirad, ahora, a ese hijo a quien su padre invita a trabajar en la viña: Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Pensáis que mentía cuando prometió ir? Yo creo que no. Y tampoco mentía el enamorado al prometer proezas para ver al amor de su alma. Ambos, al manifestarse dispuestos, dejaban hablar al corazón. Pero una cosa son los deseos, y otra distinta las obras. ¡Somos tan pobrecitos!

Cuando, ante el sagrario, le gritamos al Señor que lo amamos, deberíamos recordar que esas palabras tan hermosas aún debemos hacerlas verdad con nuestra vida. Y pedir ayuda para que así sea. Yo le aconsejaría al enamorado que, antes de lanzarse a cruzar a nado el mar, cogiera el paraguas y saliera a visitar a su novia el sábado próximo. Por algo se empieza.

(TOA26)

«Donde duele»

Gracias a Dios, los evangelios no son nada recatados a la hora de manifestar la fragilidad humana de los apóstoles. ¡Qué cercanos los sentimos cuando conocemos sus miedos ante el anuncio de los sufrimientos del Salvador!

«El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres». Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

En verdad son palabras oscuras. Y más oscuro, todavía, es el paisaje al que estas palabras señalan. Da miedo preguntar.

Y, sin embargo, como los propios apóstoles supieron, es esa zona oscura la que hay que atravesar para llegar al Cielo. En ese poblado de tinieblas, no existe otro camino que el propio Cristo, y éste crucificado.

«¿Dónde estás, Señor?», le preguntaba a Jesús un alma que se tenía por suya. «Estoy donde duele», le respondió el Señor, «donde nada se ve y nada se sabe, donde acaban todas las sendas, y no hay más camino que Yo».

Pocos se adentran ahí, pocos buscan a Jesús «donde duele». Pero quien no se aventura en esas sombras no será purificado, y quien no sea purificado no alcanzará el Cielo.

(TOP25S)

Hay un amigo esperándote en tu cruz

¿Cómo reaccionas ante el anuncio de Jesús? El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Como los apóstoles, quizá te asustas. Sabes que, al predecir sus propios padecimientos, nos marca el camino a nosotros, que queremos seguirlo. Hubieras preferido que dijese: «El Hijo del hombre tiene que ser alabado, comer gambas a la plancha, beber buen vino, dormir ocho horas todos los días y gozar de salud perfecta hasta los cien años, para, después, irse al Cielo a seguir pasándolo bien».

Pero no ha dicho eso. Ha marcado un camino a través del dolor. Por eso tiemblas.

No tiembles. Hay una enorme diferencia entre su Pasión y nuestras tribulaciones (las que ya están, y las que vengan). Jesús padeció solo; nosotros padecemos abrazados a Él. Lo acompañamos, pero más aun nos acompaña Él a nosotros.

Deja de soñar con gambas a la plancha (que también las habrá, a su tiempo), y aterriza. Ibas a padecer de todas formas, porque todo hombre padece en este mundo. Pero Cristo ha padecido para que, al encontrarlo a Él clavado en tu cruz, no temas ya al sufrimiento.

(TOP25V)

Abriendo horizontes

En este mundo, hay personas que abren horizontes. Y hay, también, mezquinos que, ante un horizonte recién abierto, prefieren darse la vuelta y recluirse en sus chabolas.

El Hijo de Dios vino para abrir horizontes. Rompía esquemas y suscitaba desconcierto: El tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba sobre Jesús y no sabía a qué atenerse. Ojalá también tu vida rompiera esquemas, generara desconciertos, provocara preguntas… Aunque no por ello estaría garantizado el éxito de tu apostolado.

Nicodemo, por ejemplo, se mantuvo en estado de perplejidad ante el misterio de Cristo. No se lo explicaba, pero tampoco estaba dispuesto a despreciarlo. Se quedó en pie, absorto, como quien se asoma al borde de un acantilado, sobrecogido por la profundidad del paisaje y el rugido de las olas. Finalmente, un Viernes Santo por la tarde, se arrojó de cabeza al mar para surcar aquel horizonte maravilloso.

Ante el mismo misterio, Herodes resopló, ventiló el asunto con cuatro burlas y tres salivazos, y se volvió a meter en su chabola para morir de asco. ¡Qué lástima que algunos, teniendo frente a ellos vida eterna, prefieran cumplir las palabras de san Pedro: El perro vuelve a su propio vómito (2Pe 2, 22)!

(TOP25J)