Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

agosto 2020 – Página 2 – Espiritualidad digital

Sólo hace falta mirar

En aquel momento, el bueno de Bartolomé, que había visto su intimidad descubierta ante la mirada del Hijo de Dios, y que se había postrado ante aquel hombre a cuyos ojos nada se ocultaba, no tenía la menor idea de a qué se refería Jesús cuando le dijo:

Has de ver cosas mayores. En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

Nosotros, si tenemos fe, vemos cosas mayores. También, como Bartolomé, nos sabemos mirados por Cristo en lo más profundo de nuestras almas. Pero, además de eso, nosotros tenemos el Crucifijo.

A través del costado del Señor, traspasado por la lanza, vemos el cielo abierto de par en par; sólo hace falta mirar. Y, si seguimos mirando a través de esa sagrada ventana, vemos a la Virgen santísima, como trono de innumerables ángeles. Y, si no dejamos de mirar, vemos a esos mismos ángeles subir y bajar sobre el Crucifijo, como lo hacían sobre la escalera que Jacob soñó mientras dormía con su cabeza apoyada en una piedra.

Ya lo ves… Bueno, ojalá lo veas, porque, realmente, son cosas mayores. Sólo hace falta mirar.

(2408)

La pieza que faltaba en el puzle

Las gentes escuchaban a Jesús; contemplaban, atónitos, sus milagros; oían las maravillas que se contaban acerca de él… y no entendían. Les faltaba –digámoslo así– una pieza en el puzle, no lograban explicarse el misterio de su persona. ¿Quién es este hombre?

– ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? – Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jere­mías o uno de los profetas. – Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? – Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo.

¡La pieza que faltaba! Dios Padre se la reveló a Simón a través del Espíritu. Ahora todo encajaba: Si es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, se entienden sus milagros, sabemos de dónde vienen sus palabras, atisbamos su misterio…

Ojalá tu vida también suscitase interrogantes; ojalá la gente se preguntara quién eres; ojalá no supieran explicarse tu comportamiento con las piezas terrenales del puzle miserable al que jugamos en este mundo. «¿Por qué éste perdona así? ¿Por qué siempre sonríe? ¿Por qué ama incluso cuando, a cambio se lleva palos?» Y, ojalá, un día, al verte salir de misa, exclamaran: «¡Ya está! ¡La pieza que faltaba en el puzle! ¡Es que éste ama a Jesucristo!».

(TOA21)

Una estrella en tu corona

El día en que fui ordenado sacerdote, el obispo me dijo que me confería el «sacerdocio de segundo grado». Semejante expresión fue como un ladrillo en un parterre de flores, pero, al parecer, era cierta. El sacerdocio «de primer grado» lo tienen los obispos.

Aunque san Pablo diga que desear el episcopado es desear una cosa buena, mis deseos de recibir una mitra son muy limitados, salvo por eso del «primer grado». Amo con locura el sacerdocio, y lo amo entero. Si me lo dan entero, me hacen feliz.

Hay otro motivo por el que envidio a los obispos. Ellos son los sucesores de los apóstoles. Si me dijeran que los sacerdotes también los somos, ya no querría nada más; pero nadie me lo dice.

¿Por qué quisiera ser sucesor de los apóstoles? Por la corona de la Virgen. Esa corona tiene doce estrellas, y esas estrellas, recuerdo de las doce tribus de Israel, son, también, símbolo de la Iglesia, edificada sobre los doce apóstoles.

Y es que, Madre mía, llevo años preso de un capricho. Después de mi muerte, yo quisiera ser una estrella en tu corona. ¿Me lo concederás, aunque no sea yo obispo? ¡Qué feliz me harías!

(2208)

La Ley y la Cruz

La expresión «quebrantamiento de la ley» nos sugiere un incumplimiento de las normas. Pero hay otro modo de romper la ley. Cristo –lee a san Pablo, y te lo explicará mejor que yo– rompió la Ley de Dios, la reventó, y la hizo saltar en pedazos. Pero no la incumplió.

Amó hasta el extremo (Jn 13, 1). Al llevar el mandamiento hasta el extremo, rasgó sus costuras, y lo abrió a los abismos del Amor divino.

Decía la Ley: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Pero, para amar así, es preciso que corazón, alma y mente se mantengan enteros. En la Cruz, el corazón de Cristo fue taladrado, su alma fue anegada en tristeza, y su mente circundada de espinas. Y ofreció Cristo al Padre un corazón roto, un alma abatida y una mente exhausta.

Decía la Ley: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero Cristo se entregó a sí mismo a la muerte para amarnos. Se inmoló, consagró su vida al Padre desde un monte cubierto de tinieblas para que fuésemos liberados del poder del Maligno.

La Ley quedó rota, y los caminos del Amor abiertos.

(TOP20V)

Muchos son los llamados

Nada más alentador, para la esperanza de un cristiano, que esa frase del rey que celebraba la boda de su hijo: A todos los que encontréis, llamadlos a la boda.

No existe una sola persona en este mundo a quien no quiera Dios salvar; no hay un alma que no esté invitada a las bodas del Cordero. Y, sin embargo, muchos son los llamados, pero pocos los elegidos. ¿Por qué?

Hay muchos llamados que no lo saben, porque nadie se lo ha anunciado. Imagina, por un momento, que en el Juicio Final fuera acusada una persona que trabajó o vivió a tu lado durante años. Y que, en su defensa, replicase: «¡Nadie me lo anunció!». ¿Puedes suponer cómo te miraría, en ese momento, el Juez a ti?

Otros han recibido la invitación, pero se han negado a acudir. Uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. No estaban «para misas». Pero el banquete de la Misa es el mismo banquete del Cielo.

Ahora mírate a ti. No te conformes con invitar al cuerpo a misa. Trae también el corazón, el pensamiento y el alma. Venid todos.

(TOP20J)

¿Dónde van tus horas?

«Se requiere experiencia». Es una cláusula muy común en las ofertas de trabajo. Y si la experiencia va acompañada de una buena carta de recomendación, tanto mejor.

El propietario de la viña al que se refiere el Señor en su parábola, sin embargo, no parecía ser muy exigente con la experiencia, ni con las cartas de recomendación. Los jornaleros a quienes contrató estaban en la plaza sin trabajo, parados. Y, en la entrevista de trabajo, en lugar de preguntar por la experiencia, la única pregunta fue: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Queda claro que este hombre perseguía algo más que cosechar uvas: quería salvar personas.

¿Dónde van nuestras horas? Una hora que no ha sido entregada al Señor es una hora que se fue, y que no volverá. Una hora empleada en el servicio de Dios, sin embargo, es una hora ganada para la vida eterna.

Entregar tus horas a Cristo no significa, necesariamente, pasarlas de rodillas en el templo. Significa ofrecer el día cada mañana, rezar, hacer deporte, tomar unas cervezas con los amigos, pasar tiempo con tu familia… todo a su tiempo, y con el único deseo de hacer la voluntad de Dios.

(TOP20X)

El milagro de la santidad

El joven rico apuntó mal en sus deseos. Quería vida eterna, pero no quería ser santo. Ojalá desees la santidad con todas tus fuerzas. Porque la santidad consiste en vaciarse completamente de uno mismo por amor y llenarse de Dios. Por si no lo sabes, la Biblia no dice, en ningún lugar, que los buenos vayan al cielo. Según la Escritura, al cielo van los santos.

– Entonces, ¿quién puede salvarse? – Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo.

Para que yo sea santo hace falta un milagro mayor que todas las curaciones que narran los evangelios juntas. Por mis fuerzas, podré llegar a ser bueno algún día. Pero, para ser santo, necesito un milagro de la gracia divina. Y, por cierto… para que lo seas tú, también.

Una buena noticia: Dios está dispuesto a obrar el milagro. Ahora soy yo quien debo estar preparado para recibirlo. Y esa preparación la obran la oración y la obediencia. La oración me ayudará a encenderme en deseos de santidad. La obediencia me enseñará a extender la mano para recibirla. Y el Espíritu de Dios, tan anhelado en mi oración y recibido en los sacramentos, se servirá de mi obediencia para santificarme.

(TOP20M)