Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

junio 2020 – Página 2 – Espiritualidad digital

El primer escalón

Al P. Agustín Liébana, un religioso agustino que va camino de los altares, le oí hablar de los cuatro grados de la caridad: Amar al prójimo como a uno mismo, amar al prójimo como a Cristo, amar al prójimo como Cristo lo ama, y amar al prójimo como se aman entre sí la tres divinas personas. Él aseguraba haberlo aprendido de san Agustín, pero nunca he llegado a leer esta doctrina en los escritos del santo. Mi Agustín, el P. Agustín, insistía mucho en que esos cuatro escalones deben subirse de uno en uno. No se puede pisar uno sin haberse asentado antes en el anterior.

Todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos. No puedes amar al prójimo como a Cristo, ni cumplir el mandamiento nuevo, si primero no cumples esta regla de oro. Es el primer escalón. Y, sin embargo…

¿Te gustaría que hablasen de ti como hablas de «esa persona»? ¿O que pensaran de ti como piensas de «esos prójimos»? ¿O que te respondieran con las formas con las que respondes a quien te interrumpe? ¿O que te atendieran con ese humor?

Sube al primer escalón. Y, después, volvemos a hablar.

(TOP12M)

Presbicia

Recuerdo, con admiración, a mi abuela enhebrando una aguja. Lo hacía con una facilidad sorprendente. Y yo, que tengo veinte años menos de los que ella tenía entonces, anteayer tardé más de diez minutos en enhebrar una aguja para coser un miserable botón. Maldita presbicia. ¡Con lo bien que veía yo cuando era niño!

Pero la edad tiene estas cosas… en el cuerpo. Curiosamente, con la mente sucede lo contrario. Pasan los años, y cada vez distingues con más definición las motas en los ojos del prójimo. No hay defecto, por pequeño que sea, que se te escape. Y no hay persona, por santa que sea, a la que no le descubras una mácula. ¿Será posible que veas tan mal para enhebrar agujas, y tengas esa agudeza para descubrir defectos? Por desgracia, sí. Es posible.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿No has pensado que esa habilidad que has desarrollado, con los años, para descubrir defectos, puede ser tan degenerativa como la presbicia? Quizá no sean ellos quienes tienen motas; puede que tu juicio también se haya deteriorado, aplastado entre vigas.

(TOP12L)

Los peligros de la doble vida

Se sorprendió Bartolomé de que Jesús le dijera: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño»… «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1, 47-48). Sin duda, lo que sucedió bajo la higuera, cuando Bartolomé pensaba que nadie lo veía, fue algo noble. Por eso dice Jesús que es un israelita sin doblez: es el mismo cuando lo ven que cuando no lo ven, a oscuras que bajo los focos.

En «Nacida ayer» (George Cuckor, 1950), un joven periodista le dice a la novia de un mafioso: «No hagas nada que te avergonzara ver publicado en  primera página del “New York Times”». Es un gran consejo.

Nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Ten cuidado con la doble vida. Si algo tienes que hacer entre tinieblas, si tienes que esconderte para que no te vean, teme. Porque lo que escondes se conocerá, en esta vida, o el día del Juicio. Si no quieres que algo se sepa… no lo pienses.

Pero, sobre todo, teme por ti. La doble vida te parte en dos. Y, partido en dos, no eres dos; eres medio. Estás muerto.

(TOA12)

Gracias, san Lucas

Inmaculado corazón de MaríaPor dos veces –después de la adoración de los pastores, en Belén, y tras encontrar a su Hijo, perdido en Jerusalén– nos dice san Lucas que María conservaba todo esto en su corazón. Habría mucho que decir de «todo esto», pero quisiera centrarme en el resto de la frase, en ese «conservar en el corazón». ¿Qué quieres decirnos, Lucas? ¿A qué te refieres?

Te refieres, como Juan, a un corazón abierto. Juan nos muestra el de Jesús, herido por la lanza y aún rasgado tras su resurrección. Tú nos muestras el de la Virgen santísima. El de Jesús entrega, el de su Madre recibe. El de Jesús es cavidad que mana sangre y agua para la Redención del género humano. El de la Virgen es puerta de un santuario donde es acogido el plan de Dios.

Te refieres a un corazón silencioso, que no se precipita en extraer conclusiones de cuanto ocurre, sino que acoge la verdad, la abraza, la contempla y la medita como acariciándola con la mirada del alma.

Y te refieres, desde luego, a un corazón rendido y entregado, en el que no reina otro deseo sino el de hacer la voluntad de Dios.

¡Gracias, san Lucas!

(ICM)

Las entrañas de Dios

La devoción al sagrado Corazón de Jesús, aun cuando brilla con especial fuerza en la edad moderna, se remonta a una tradición inmemorial sobre el corazón de Dios, fuertemente anclada en el Antiguo Testamento. Allí se nos habla de las «entrañas de misericordia» de Yahweh. Pero, para los judíos, estas palabras, aunque fueran un consuelo, suponían una metáfora. ¿Acaso tiene entrañas Dios?

En la Encarnación, Dios se revistió de entrañas. Adquirió un corazón humano, tan humano como el nuestro, capaz de gozar, sufrir, reír y llorar. Y ese corazón, al ser abatido por nuestras culpas, en lugar de rebelarse contra nosotros, respondió con la humildad suprema y se echó a llorar.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.

Así nos ha rescatado. Hemos sido redimidos por un corazón humano, capaz de llorar por Amor a Dios y al hombre.

¡Qué alegría, qué consuelo, qué delicia, poder acercarnos a Dios, incluso cuando lo hemos ofendido, y encontrar esa misericordia en unas entrañas abiertas por una lanza para que podemos refugiarnos en su seno!

¡Qué seguridad, en el camino de la vida, la que otorga el saber que, haga yo lo que haga, Tú, Señor, jamás dejarás de amarme!

(SCORJA)

El verdadero rostro del perdón

perdón de los pecadosLas palabras de Jesús sobre el perdón son demasiado graves. Yo no frivolizaría con sentimentalismos ante algo tan serio:

Porque si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco os perdonará vuestro Padre celestial. Una voz sibilina, de un demonio que sisea como la serpiente, te dice, por dentro, mientras lo lees: «¡No será para tanto! No dejará Jesús que me condene por no haber perdonado, con todo lo que rezo». Escuchar esa voz es ya como sufrir condena, porque te emparenta con los demonios. Las palabras del Señor son verdad. Y lo son siempre. No bromea Jesús, ni exagera, con algo tan crucial.

Tampoco es serio, ante semejante aviso, identificar el perdón con emociones sobre las que uno no tiene control. Sentir resentimiento –o incluso rencor– hacia alguien no significa no haber perdonado. El perdón es otra cosa. Y es compatible con ese resentimiento, del que tienes la misma culpa que de un dolor de cabeza.

Perdonar es un acto de voluntad. Significa renunciar a hacer pagar su deuda a quien te hiere, y tratarlo con el mismo cariño con que lo tratarías si no te hubiese herido. De ese perdón te pedirá cuentas Dios. No de tus sentimientos.

(TOP11J)

Trompetas de muerte

Te desvives por los demás, y ellos no se dan cuenta, porque no presumes de tus desvelos. Sufres, y nadie te consuela, porque no te quejas nunca. Los trabajos salen adelante, y la mayor parte del trabajo la haces tú, pero nadie lo sabe, porque nunca dejas mal a quienes hacen menos que tú. Ya se encarga Dios de darte, de cuando en cuando, algún consuelo, para que no desfallezcas: alguien que te sonríe, porque adivina tu entrega; esa paz que te queda en el alma cuando los demás se benefician de tu vida; esa «cucharadita de miel» que la Virgen, algunas veces, deja en tu boca durante la oración… Todo eso te lo da Dios, como adelanto de la recompensa del Cielo. Pero tú no lo busques; agradécelo cuando lo recibas, y disfrútalo, pero no lo busques.

No mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. No seas como ellos. Si buscas algo en esta vida que no sea Dios, perderás a Dios. Y lo que buscas, si lo encuentras, te sabrá a amargura.

(TOP11X)