Evangelio 2020

mayo 2020 – Espiritualidad digital

Respuesta de una mujer celosa

Una mujer criada, desde niña, en el ateísmo, me escribió: «Yo no podría amar así a ese Jesús de quien usted habla. No soportaría que alguien a quien amo con esa pasión fuera amado, también, por millones de mujeres».

Comprendí la respuesta. Esta mujer no tenía otro punto de comparación que el amor que sentía por su marido. Y no hubiera soportado ver a su marido amado por millones de mujeres. Hay que encontrarse con Cristo y amarlo para entender que el amor a Cristo, y la intimidad con Él, genera tal explosión de alegría en el alma que el cristiano necesita comunicarlo; y que, al comunicarlo, no pierde esa intimidad.

Les he dado a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos. Si el propio Cristo necesita comunicar la intimidad que tiene con su Padre, cuánto más necesita el cristiano manifestar a todos el Amor de Cristo.

Me cuesta más trabajo entender a quienes, asegurando haber alcanzado intimidad de amor con Jesús, parecen querer guardárselo para ellos solos. Si les hablas de apostolado, parece que les estuvieras invitando a escalar el Everest de rodillas. No creo en esa intimidad. La tengo por sentimentalismo barato.

(TP07J)

Gozo que enjuga las lágrimas

Es urgente acabar con esa mentalidad, tan arraigada en muchos espíritus, según la cual el hombre se santifica sufriendo. Hace poco me lo recordaba un hermano, y hoy lo repito yo: no es verdad que, entre dos posibilidades, Dios prefiera, siempre, la que más fastidia. Eso es un insulto a la paternidad de Dios.

El sufrimiento va incluido en la vida. La gracia convierte ese sufrimiento en ofrenda de amor, pero nunca en la esencia de la santidad. Al contrario, el hombre se santifica gozando y obedeciendo.

Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. El «Espíritu de la verdad», trae al alma la noticia de Cristo y la enamora. En esa contemplación gozosa, el hombre alcanza el fin para el que fue creado: Sea el Señor tu delicia (Sal 37, 4).

Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Encendida en amor, el alma, llena de alegría, se entrega a la obediencia, y ya sólo busca cumplir la misión para la que ha sido enviada. En esa misión hay dolor, porque lo hay en la vida, pero el Amor todo lo vuelve dulce, y la vida del santo, incluso cuando llora, es una fiesta.

(TP07X)

Burbujas piadosas

¿Recordáis a aquel hombre de la parábola, a quien su amo le dio un talento para que lo hiciera fructificar, y que prefirió enterrarlo para que no se perdiera? Así son muchos cristianos que, sabiendo que el mundo es hostil a Cristo, deciden encerrar su vida en «burbujas piadosas» para no contagiarse de los males de este siglo. Buscan «ambientes cristianos», medios de comunicación católicos, webs piadosas, grupos de amigos creyentes, entretenimientos píos y lecturas espirituales para no tener contacto con un mundo al que temen. No se mezclan con adúlteros, ni con blasfemos, ni con ateos…

Pero Jesús vino al mundo, y se mezcló con pecadores, publicanos, prostitutas y gentiles. Vino al mundo, y estuvo en el mundo; no se quedó encerrado en el Hogar de Nazaret, ni en la sinagoga.

Antes de subir al Padre dijo: Yo ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo.

Cuando el Espíritu rompió las puertas del Cenáculo en Pentecostés, los apóstoles se dispersaron por toda la tierra, y anunciaron el evangelio a gentiles y pecadores.

A ese mismo Espíritu le pediremos, para este Pentecostés, que rompa las burbujas. No necesitamos «ambientes cristianos»; necesitamos cristianizar los ambientes.

(TP07M)

El don de entendimiento

Leído aisladamente, el evangelio de hoy no ofrece ninguna complicación en cuanto a la exclamación de los apóstoles: Ahora si que hablas claro y no usas comparaciones. Pero, si te introduces en la escena, infiltrándote en el capítulo 16 de san Juan, verás que, dos minutos antes, los apóstoles estaban desconcertados: «¿Qué significa eso de “dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”, y eso de “me voy al Padre”?». Y se preguntaban: «¿Qué significa ese “poco”? No entendemos lo que dice» (Jn 16, 17-18). ¿Cómo pasaron, en dos minutos, de no entender a entender?

Como mucha gente. Yo he visto cómo personas incapaces de leer dos páginas seguidas de la Biblia, de repente, pasaban a devorar las Escrituras con hambre atrasada de años. Y todo comenzó con una frase, una palabra del evangelio que, colándose en el corazón como una llave, lo abrió a los secretos divinos.

Se llama don de entendimiento. Pídeselo al Espíritu en este decenario. Es una luz, una palabra interior que te explica las páginas de la Escritura y las vuelve dulces al paladar del alma. Cuando lo recibas, la Palabra divina será alimento necesario para ti.

(TP07L)

Se fue sin decir adiós

Jesús se ha marchado. Eso es innegable. Después de resucitar, y tras aparecerse a los discípulos durante cuarenta días, a la vista de ellos ascendió a lo más alto del Cielo. Desde entonces, no hemos vuelto a ver su rostro.

Pero, al marcharse, no dijo «adiós». Ni siquiera dijo «hasta pronto». Lo que dijo puede parecer desconcertante; pero, superado el desconcierto, el alma se llena de alegría: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos.

Pensamos en el Cielo como en un lugar al que llegaremos en un futuro lejano, y, en ese caso, la Ascensión ha alejado de nosotros al Señor hasta que logremos alcanzar ese lugar. «¡Sufra ahora, y goce después!». Ahora toca pasar mil penalidades para poder, después de muertos, reencontrarlo y gozar de su Amor.

¡Qué terrible error! El Cielo está más cerca de nosotros que nosotros mismos. El Espíritu lo trae a nuestras almas, y, con Él, llega al corazón la presencia de Cristo. Confiesa tus pecados, comulga con fervor, reza con recogimiento, y paladea la gracia de Dios en tu alma. Si Jesús no te dijo «adiós» es porque, aunque se ha ido, vive dentro de ti.

(ASCA)

El don de piedad

Solemos llamar «piadosas» a personas que pasan mucho tiempo en la iglesia. Pero hay quien pasa mucho tiempo en la iglesia y no es nada piadoso. Y hay quien reza mucho, pero reza como un pagano. La piedad no se mide así.

El don de piedad es uno de los siete dones del Espíritu, y, cuando se posa en lo profundo del alma, la rejuvenece hasta tal punto que el cristiano se vuelve niño, tan niño que casi no sabe hablar, tan niño que apenas balbucea: «Papá», «Papito».

Vivimos, entonces, como hijos pequeños de Dios. Nada nos altera, porque nos sabemos rodeados de los fuertes brazos del Padre, y en ellos dormimos en medio de las mayores contrariedades.

Cuando pedimos, pedimos con atrevimiento y confianza, como los niños, que saben que su Padre los ama, y quiere lo mejor para ellos. Y cuando Dios escucha la súplica de sus pequeños, se enternece y sonríe. Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere.

En ocasiones, para un niño, la mejor súplica consiste en mirar a Dios con ojitos de pena y musitar: «¡Papá!». ¡Eso es piedad!

(TP06S)

Cara a cara

Cuando alguien te dice «voy a verte», no quiere decir que vaya a acercarse a tu casa, llamar a la puerta, esperar a que le abras, y marcharse después, diciendo: «Ya te he visto. Me voy». «Voy a verte» significa muchas cosas: entre otras, que quien te lo dice se alegra al ver tu rostro, y que pretende pasar un rato contigo para hablar cara a cara.

Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Tras su Ascensión, el rostro del Señor se ocultó. Pero Él vuelve, en Pentecostés, por su Espíritu, porque Jesús no sabe, ni quiere, estar sin nosotros. Entra hasta el fondo del alma, se aposenta allí, y nos ve. Ve hasta lo más profundo de nosotros, nos sondea y nos conoce, nos mira complacido y se deleita en los tesoros que Él mismo ha dejado en nuestra alma.

También nosotros lo vemos. Surgen, en el alma, dos frutos del Espíritu: la fe y la alegría. Por la fe, lo vemos, y, al verlo, nos alegramos con un gozo sobrenatural que nadie nos puede arrebatar. Y así, por esa presencia del Paráclito en nosotros, vivimos, Cristo y yo, cara a cara.

(TP06V)