Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

8 marzo, 2020 – Espiritualidad digital

Los gozos cuaresmales

Todos los años, al llegar el segundo domingo de Cuaresma, la Iglesia nos sube al Tabor, para que el tentador no nos engañe, y no olvidemos nosotros una verdad esencial: no ayunamos ni nos mortificamos, durante cuarenta días, para pasarlo mal, sino para degustar gozos mucho mayores que los de la carne.

Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Buscamos la soledad con Cristo. Por eso nos privamos de satisfacciones corporales que nos atan a la tierra y llenan de ruido el alma. Una vez acalladas esas voces, busca el alma el rostro del Señor, y lo encuentra en el silencio de la oración, en la meditación de las Escrituras, y en el altar. Sobre ese monte, mientras el cuerpo llora su hambre, y añora el corazón sus consuelos, el alma exclama: «¡Qué bien se está aquí!».

¡Qué hermoso eres, Señor! ¡Qué dulce, tu rostro! ¡Qué preciosas, tus manos extendidas! Si Moisés, en el Horeb, no pudo contemplar sino la espalda de Yahweh, nosotros, en lo alto del monte cuaresmal, contemplamos tu santísima humanidad, y podría el alma morir de amor.

¿Quién dijo que la Cuaresma es sufrimiento? Aunque, sin sufrimiento, no haya Cuaresma, la Cuaresma es gozo y paz.

(TCA02)