Evangelio 2020

febrero 2020 – Espiritualidad digital

No somos supersticiosos

¿Cuál es la diferencia entre religión y superstición? La superstición, a través de signos sensibles (amuletos, prácticas, palabras…) recurre a poderes ocultos para burlar al sufrimiento y a la muerte: «Si llevo esta pulsera, triunfaré en el amor; si toco madera, ahuyentaré la desgracia; si llevo esta camisa, aprobaré el examen». La religión, sin embargo, es misterio de amor que lleva al hombre a unir su vida a Dios en comunión interior.

Pero si Dios cuelga de una cruz, la religión se convierte en lo contrario de la superstición. Porque el hombre, para unirse en amor a Él, es capaz de abrazar la muerte y perderlo todo.

Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará. Cuando el propio Dios te invita a tomar tu cruz y seguirle, y aceptas la llamada, no debería extrañarte que aparezcan en tu vida la contrariedad, el dolor y el fracaso. No rezamos para ahorrarnos sufrimientos, sino para unirnos a Cristo.

¿Cuál es la diferencia entre el santo y el supersticioso? El supersticioso muere como quien, finalmente, perdió la partida. El santo muere unido a Cristo, y alcanza, en Él, vida eterna.

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No me responda ahora…

Hace años, un programa de televisión puso de moda aquello de: «No me responda ahora. Respóndame después de la publicidad». Dejaba en suspenso al espectador, para que aguantase la retahíla de anuncios que le esperaban antes de conocer la respuesta.

Aunque un soplo del Espíritu llevó a Pedro a responder sin esperar a la publicidad, la pregunta de Jesús debería quedar abierta: ¿Quién decís que soy yo? Podríamos dedicar la vida a buscar la respuesta, y habríamos vivido una vida fascinante.

Nadie conoce al Hijo más que el Padre (Mt 11, 27). Preguntémosle al Padre: Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo (Mt 17, 5).

Jesucristo es el Hijo amado de Dios. Y, en la medida en que lo escuchamos, y dejamos que su palabra se adentre en lo profundo de nuestros corazones, lo vamos conociendo como por contacto, y vamos recibiendo vida eterna: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17, 3). Dedica la vida a escucharlo. Y si, segundos antes de morir, te preguntan quién es Cristo, tú, sin abrir los labios, te llevarás la mano al pecho y partirás con Él.

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El triste sino de los árboles

Me lo contaba, con tristeza e ironía, un marido mal resignado: «Cuando mi mujer y yo éramos novios, nos decíamos lindezas como: “– Cariño, tú eres mi sol – Amor mío, tú eres mi flor”. Después de veinte años, ayer le regalé a mi mujer otro piropo: “Cariño, yo soy tu árbol, y tú eres mi perro”». Ya se ve que la poesía no siempre está al servicio del romanticismo.

Los hombres no son árboles. Ni tampoco perros. Aquel ciego, a cuya curación le faltaba un hervor, tras imponerle las manos el Señor había quedado como el marido de mi historia: Veo hombres, me parecen árboles, pero andan. No le dio tiempo Jesús a que se viera a sí mismo como un chucho y obrara en consecuencia. Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía con toda claridad.

¿No necesitarás, también tú, un nuevo «hervor»? En los hombres no ves árboles, pero tampoco los ves con claridad. A quienes te caen bien los ves guapísimos; quienes te caen mal son todos feos… Pídele al Espíritu las claridades del don de ciencia. Así verás en todos los hombres, lo que son: hijos de Dios.

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¿No acabáis de comprender?

Cuando Jesús dijo a sus apóstoles: Evitad la levadura de los fariseos, ellos creyeron que estaba ironizando, y echándoles en cara que no habían comprado pan. ¡Pobrecillos! Más adelante, el Señor bromearía a cuenta de este malentendido. Y, predicando ante una multitud, repetiría: Cuidado con la levadura de los fariseos… En ese momento, dirigió la vista a los apóstoles y, sonriendo, concluyó: … que es la hipocresía (Lc 12, 1). No sé si los Doce se rieron, se sonrojaron, o hicieron ambas cosas.

Creo que nosotros lo tenemos más fácil para entender. Y tendríamos menos perdón, si no entendiéramos.

¿No recordáis cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes entre cinco mil?» Ellos contestaron: «Doce». «¿Y cuántas canastas de sobras recogisteis cuando repartí siete entre cuatro mil?» Le respondieron: «Siete». Él les dijo: «¿Y no acabáis de comprender?»

Te preocupa más mantener el trabajo que guardarte de la mentira; y mientes para no perder el trabajo. Te preocupa más tener dinero que respetar la ley; y defraudas para no perder dinero. Te preocupa más la salud del cuerpo que la del alma; y dedicas una hora al deporte, y diez minutos a la oración.

¿Tampoco tú acabas de comprender?

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Dios no es tu mascota

Dice la Escritura que los gritos del pobre atraviesan las nubes (Ecclo 35, 17). Del soberbio, por el contrario, dice: Me llamaréis, pero no os escucharé (Prov 1, 28). Ni Cristo dijo «sí» a todo lo que le pidieron los hombres, ni es verdad que toda oración sea escuchada por Dios.

«En verdad os digo que no se le dará un signo a esta generación». Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla. Hay una oración ante la cual Dios se da la vuelta y se marcha. Es la oración del rico, quien, en su soberbia, quiere manipular a Dios y ponerlo al servicio de sus planes. Aquellos fariseos del Evangelio trataban a Jesús como tratarían a su mascota: «¡Salta! ¡Siéntate! Ahora… ¡haznos un signo en el cielo! Si lo haces, creeremos en ti». El Hijo de Dios se dejó humillar hasta la muerte en Cruz, pero nunca despreció su dignidad entrando al juego de aquellos hombres.

Ya sé que lo sabes, pero deja que te lo diga: Dios no es tu mascota. No quieras que se someta a tu juego. Más bien, acepta tú sus planes, y pide como piden los pobres: con humildad.

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