Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

febrero 2020 – Espiritualidad digital

El telonio con estampita

¿Dónde estaba Mateo? El propio apóstol dice que estaba sentado al mostrador de los impuestos. Es decir, estaba en «sus cosas»: su negocio, sus problemas, su dinero, sus planes… Seguramente, estaba donde estás tú: buscándote la vida. Si extiendes un poco el brazo, quizá tropieces con Leví. Tan cerca estáis.

Hasta que Jesús lo llamó: Y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. De repente, todo quedó atrás: su negocio, sus problemas, su dinero, sus planes… su vida. Dejó de buscarse la vida, porque había encontrado la Vida. Y, ante sus ojos, ya no hubo más horizonte que Cristo.

Sígueme. Es Jesús quien te ha llamado, como a Mateo. Y no has tenido otra ocurrencia que mostrarle la estampa de san Pancracio que tienes en el telonio y decirle: «Ya te sigo, mira: yo rezo»… ¡Y sigues sentado, robando, sin inmutarte! Jesús pasa de largo, entristecido, mientras repones el perejil de la estampita.

¡Levántate! No dejes que se marche. Grítale, dile que no quieres seguir engañándote a ti mismo, que quieres dejarlo todo y seguirlo a Él. ¿O vas a esperar a la próxima Cuaresma? Aprovecha ésta, porque no sabes si habrá próxima Cuaresma para ti.

(TC0S)

Huelga de hambre

No hay Cuaresma sin ayunos. Pero los ayunos no son el centro de la Cuaresma. Si así fuera, estaríamos viviendo un tiempo de dieta, no un tiempo de penitencia.

Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán. El centro de la Cuaresma es Cristo, el esposo, y el ayuno es una huelga de hambre, porque estamos descentrados. Nuestros pecados han expulsado al Señor del centro de nuestras vidas, y no queremos comer si Él no está.

Cuando Samuel, tras haber conocido a los hijos mayores de Jesé, pidió que trajeran al pequeño David, se declaró en huelga de hambre: Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa, mientras no venga (1Sam 16, 11). Exactamente eso es lo que hacemos nosotros en Cuaresma: «Señor, sabemos que han sido nuestros pecados los que nos han apartado de ti. Pero nos sentimos incapaces de traerte de vuelta, porque estamos esclavizados. Por tanto, nos negaremos a comer hasta que vuelvas».

En «comer» no incluyas sólo el escalope: incluye tabaco, alcohol, palabrería, WhatsApp inútil, ruido, murmuración… Pero ten claro que si, detrás de tus ayunos, no hay un corazón quebrantado que echa de menos al Señor, de poco te servirán.

(TC0V)

Hoy tienes que decidirte

Dice el Deuteronomio: Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal (Dt 30, 15). Hoy tienes una decisión que tomar: o Dios, o tú. No hay término medio, porque quien elige a Dios, y elige algo más, no elige realmente a Dios.

O te sigues buscando a ti mismo, y haciendo lo que te da la gana, mientras pones a Dios como excusa y lo utilizas como herramienta para tus planes, o te niegas a ti mismo, obedeces, y te vuelcas completamente en Él.

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. No te conformes pensando que todo está decidido ya; que te entregaste hace tiempo al Señor y no necesitas renovar esa entrega. Míralo bien, y comprueba cómo aquel sí se ha ido cubriendo de pequeños noes: concesiones, compensaciones, moderaciones… ¡Negaciones!

Hoy se te pide que te quedes a solas con el Señor, que escuches su llamada, y respondas como quien entrega la vida por vez primera. El Señor te llama: «¿Quieres venir en pos de Mí? Ya sabes lo que conlleva. Elige».

Y elige de verdad.

(TC0J)

Un plan cuaresmal

Ésta será, si tu quieres, la cuaresma de tu vida. ¿De verdad quieres?

Pues, si es así, todo comienza este miércoles de ceniza. Al recibirla sobre tu cabeza, celebra los funerales de tu hombre viejo. Desde hoy, y hasta el domingo, recógete en un profundo examen de conciencia: busca tu defecto dominante, reconoce los pecados que has cometido y procura identificar las cadenas –o los hilos de seda, que no sé qué es peor– con que Satanás te tiene atado. Formula tres propósitos: uno referido a la oración, otro referido al ayuno, y otro referido a la limosna. Antes del domingo, en una buena confesión, manifiesta tu arrepentimiento y tu propósito de enmienda.

Y, a partir del próximo domingo, te propongo un plan cuaresmal: Cristo. Entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora. Dedica estos cuarenta días a conocerlo, a amarlo, y a quedarte a solas con él. Busca un buen libro que te ayude a meditar su vida o su Pasión; busca el silencio para escuchar su voz; y busca el sagrario, que es el Horeb donde Jesús te mostrará su rostro.

No necesitas nada más. Éste es tu plan cuaresmal: Cristo. Sólo Cristo. Lo demás te sobra.

(TC0X)

Amor paciente

¡Cómo os gustaría, padres, que vuestros hijos cambiasen al momento, cuando los instruís o los reprendéis! ¡Cómo os gustaría, maestros, que vuestros alumnos aprendieran las lecciones conforme las enseñáis! ¡Cómo os gustaría, apóstoles, que vuestros amigos se convirtiesen al escucharos hablar de Cristo! ¡Cómo nos gustaría, sacerdotes, que nuestros feligreses hicieran caso de lo que predicamos en las homilías!

Pero lo cierto es que las cosas, en la condición humana, no funcionan así. Nos guste, o no. Es lo que hay.

Decía Jesús: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán. Y, a los pocos segundos, los apóstoles por el camino habían discutido quién era el más importante. Por si fuera poco, horas antes de morir Jesús, mientras compartía con los Doce su Última Cena, se produjo también un altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor (Lc 22, 24). Poco tiempo le quedaba ya al Señor para repetir las cosas.

Quisiéramos redimir a los demás «desde arriba»: instruirles desde el púlpito, y que aprendiesen. Pero, si no aprendieron del Señor, tampoco aprenderán de nosotros. Jesús nos ha enseñado cómo redimir a las almas: desde abajo, sufriéndolas.

(TOP07M)

… Y nosotros lo abandonamos

Contempla, frente a frente, dos imágenes: Por un lado, el Cristo que, investido de majestad, expulsa los demonios, tal como hoy nos lo muestra el evangelio; por otro lado, contempla el «ecce homo», al mismo Cristo despojado de su dignidad, su honor y hasta su piel, cubierto de sangre y salivazos y coronado de espinas. ¿No quisieras morir de vergüenza? El Hijo de Dios vino al mundo para librarnos de los demonios, y nosotros, en pago, lo abandonamos a Él en manos de sus enemigos, e incluso, unidos a ellos por nuestras culpas, lo cubrimos de infamia.

Desde luego, quien pronunció el Sermón de la Montaña nos mostró cómo hacer el bien a quienes nos ofenden. Podríamos, y deberíamos llorar… Pero no creo que basten las lágrimas.

Esta especie sólo puede salir con oración. Hora de convertirse. Y de rezar, porque la oración constante e ininterrumpida nos unirá a Jesús en lo más íntimo de nuestros corazones. Llorar es una cosa; acoger, en las propias mejillas, las lágrimas de Jesús es otra. Contempla, pero no te quedes mirando: entra en la Roca, refúgiate en la llaga del costado, y padece con Él. Entonces serás más fuerte que todos los demonios.

(TOP07L)

Sólo para los muy pobres

En cierta ocasión, san Francisco fue asaltado por unos ladrones. Salió huyendo, y ellos lo persiguieron hasta la cueva donde vivía. Una vez allí, se dio la vuelta, y, sonriendo, les ofreció la poca comida que guardaba. Ya comprenderéis que poco tenía que perder aquella alma de Dios; su único deseo era, más bien, ganar para Cristo los corazones de quienes le robaban.

Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos. La única persona capaz de cumplir estas palabras es quien, como el santo, ha dado todo por perdido, y nada quiere conservar en este mundo. Todo lo doy por perdido, y lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo (Flp 3, 8).

No podrás poner la otra mejilla si no has renunciado a tu orgullo. No podrás entregar túnica y manto si no has renunciado al abrigo. No podrás acompañar dos millas a quien te lo pide si no has renunciado a tu tiempo. Y no podrás ganar a Cristo si, primero, no has dado por perdido todo en este mundo.

(TOA07)