Evangelio 2020

enero 2020 – Página 2 – Espiritualidad digital

No bastan las palabras

Pienso en lo cómodo que estoy en mi despacho, frente al ordenador, escribiendo sobre lo que más me gusta escribir, sobre Cristo. Dejando aparte el esfuerzo mental de encontrar las palabras adecuadas, ¡es tan fácil! Y sé que hago lo que Dios quiere, pero no puedo evitar sentir vergüenza.

Jesús recorría toda Galilea enseñando.

Durante tres años, Jesús no tuvo dónde reclinar la cabeza. Sus días pasaron en constante movimiento, predicando por todas partes el evangelio. Igual les sucedió a los Doce: abandonaron sus casas para dormir, muchas noches, a la intemperie, y pasar, muchos días, pisando caminos mientras llenaban de luz el aire.

Puedo llegar más lejos con un dedo sobre el ratón que Jesús con todas sus caminatas… Pero no es lo mismo. Dejarse la vida en el camino no es igual que pulsar «enter».

Os haré pescadores de hombres. No dejaré de escribir; no podría. Pero quisiera no olvidar –y que no olvides– que pescar hombres supone mucho más. De nada sirve echar la caña si no te has puesto a ti mismo como cebo para que los hombres se te coman, y, al comerse tu vida, sean pinchados por el dulce anzuelo del Amor de Cristo.

(TOA03)

“Evangelio

La verdadera conversión

Cuando una persona que lleva veinte años sin pisar una iglesia vuelve a rezar y a frecuentar los sacramentos, solemos decir que se ha convertido. El que haya pasado de no rezar a rezar, de no confesar a confesarse, de no ir a misa a frecuentar la Eucaristía (incluso diariamente) nos parece suficiente motivo para darle un certificado de conversión. ¿Lo es?

Me alegra decir que he presenciado muchas conversiones, y me apena constatar que no todas han sido verdaderas. Pasar de no rezar a rezar no es suficiente para afirmar que haya habido un encuentro con Cristo.

Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. Saulo pasó, de querer extinguir la llama del cristianismo, a propagarla por los pueblos gentiles. El encuentro con Jesús lo convirtió en un hombre de fuego, cuya única obsesión era hablar del Señor a quienes no lo conocían.

He ahí el marchamo de autenticidad de una conversión. Cuando alguien se encuentra realmente con Cristo, se enciende en celo de almas, y siente la urgente necesidad de anunciar el nombre del Salvador a quienes no lo conocen. Pero descubrir que se vive mejor rezando que sin rezar no significa, necesariamente, convertirse.

(2501)

“Evangelio

El que te llama desde el Monte

muerteLeídas en viernes, las palabras de san Marcos alcanzan la hondura de una profecía sobrecogedora:

Jesús subió al monte, llamó a los que quiso.

«Monte», leído en viernes, es Calvario. Desde allí llama Jesús a los que quiere, a los que ama.

Hoy, cuando contemples la Pasión del Señor, abre bien los oídos, y escucharás cómo pronuncia tu nombre desde lo alto de la Cruz. Sé que es cómodo contemplar la Pasión desde abajo, desde el patio de butacas, y dejar escapar unas lágrimas que hasta te hacen sentir bueno. Pero Él te está llamando; te quiere allí, a su lado… Quiere compartir contigo sus tesoros: su soledad, su hambre, su sed, su oprobio, las tinieblas de su corazón.

No me digas que no sabes subir. Lo que sucede es que llevas años negándote, porque prefieres conservar la lágrima sin perder la vida. ¡Es tan «dulce» tu oración! Pero tu cruz sigue en el suelo, porque aún no has querido tomarla. Ni siquiera la miras.

Al Señor le gusta que lo mires, pero quiere que estés con Él. Te llama. Anda, recoge tu cruz, cárgala sobre los hombros… ¡y sube! No temas, no encontrarás arriba nada que no sea Amor.

(TOP02V)

“Evangelio

Cosas

El significado de la palabra «cosas» es tan amplio, que se extiende a todo lo que no sean personas y animales. Llamamos «cosas» a los objetos inanimados, pero también, por ejemplo, a las tareas («tengo cosas que hacer»), a las preocupaciones («tengo muchas cosas en la cabeza»), a los actos («haces cosas que me disgustan»). Es una pena que la palabreja abarque tantas «cosas», porque, muchas veces, las «cosas» nos impiden ver a las personas.

Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente. Las multitudes seguían al Señor buscando «cosas». Y, en este caso, «cosas» significa milagros y favores. Se le echaban encima para tocarlo, dice san Marcos. Pero, al tocarlo, no querían abrazarlo, sino obtener «cosas». Jesús, para ellos, no era una persona a quien amar, sino, simplemente, el que hacía las «cosas». No le buscaban a Él, buscaban sus favores.

No hace falta que te diga que todos ellos murieron. Como moriremos tú y yo. Y, cuando nos llegue la hora, haber recibido favores y milagros del Señor no nos salvará. El vivir y morir abrazados en amor a Él, sí. Salvo que no hayamos tenido tiempo de amarlo, porque teníamos demasiadas «cosas» en que pensar.

(TOP02J)

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La ira del Dios que llora

En la antigua alianza, la ira de Dios estaba al servicio de su poder. Se abatió sobre Egipto, y sembró de muerte aquel país. Pero, entonces, Dios sólo quería rescatar a los suyos de una esclavitud material.

Llegada la plenitud del tiempo, cuando Dios quiso rescatar al hombre del pecado, su poder se volvió inútil. ¡Qué misterio, el de la libertad humana, don de Dios que puede el hombre volver contra Dios! Frente a un hombre que dice «no», todo el poder divino se hace añicos.

Echando en torno una mirada de ira, y dolido por la dureza de su corazón… En la redención, la cólera divina no estuvo al servicio de su poder, como en Egipto, sino al servicio de su impotencia. Esa ira, provocada por la dureza del corazón humano, se vertió en lágrimas sobre Jerusalén.

«Sé que estoy diciendo “no” a Dios. Sé que el camino que tomo conduce al abismo. Pero es lo que quiero, y es lo que haré». Cuando escucho esto –¡y lo escucho!– no puedo sino llorar. Uniré mis lágrimas a las del Dios que ha redimido al hombre, no con su poder, sino con su impotencia, ofrecida al Padre desde una cruz.

(TOP02X)

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