Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

enero 2020 – Página 2 – Espiritualidad digital

El que te llama desde el Monte

muerteLeídas en viernes, las palabras de san Marcos alcanzan la hondura de una profecía sobrecogedora:

Jesús subió al monte, llamó a los que quiso.

«Monte», leído en viernes, es Calvario. Desde allí llama Jesús a los que quiere, a los que ama.

Hoy, cuando contemples la Pasión del Señor, abre bien los oídos, y escucharás cómo pronuncia tu nombre desde lo alto de la Cruz. Sé que es cómodo contemplar la Pasión desde abajo, desde el patio de butacas, y dejar escapar unas lágrimas que hasta te hacen sentir bueno. Pero Él te está llamando; te quiere allí, a su lado… Quiere compartir contigo sus tesoros: su soledad, su hambre, su sed, su oprobio, las tinieblas de su corazón.

No me digas que no sabes subir. Lo que sucede es que llevas años negándote, porque prefieres conservar la lágrima sin perder la vida. ¡Es tan «dulce» tu oración! Pero tu cruz sigue en el suelo, porque aún no has querido tomarla. Ni siquiera la miras.

Al Señor le gusta que lo mires, pero quiere que estés con Él. Te llama. Anda, recoge tu cruz, cárgala sobre los hombros… ¡y sube! No temas, no encontrarás arriba nada que no sea Amor.

(TOP02V)

“Evangelio

Cosas

El significado de la palabra «cosas» es tan amplio, que se extiende a todo lo que no sean personas y animales. Llamamos «cosas» a los objetos inanimados, pero también, por ejemplo, a las tareas («tengo cosas que hacer»), a las preocupaciones («tengo muchas cosas en la cabeza»), a los actos («haces cosas que me disgustan»). Es una pena que la palabreja abarque tantas «cosas», porque, muchas veces, las «cosas» nos impiden ver a las personas.

Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente. Las multitudes seguían al Señor buscando «cosas». Y, en este caso, «cosas» significa milagros y favores. Se le echaban encima para tocarlo, dice san Marcos. Pero, al tocarlo, no querían abrazarlo, sino obtener «cosas». Jesús, para ellos, no era una persona a quien amar, sino, simplemente, el que hacía las «cosas». No le buscaban a Él, buscaban sus favores.

No hace falta que te diga que todos ellos murieron. Como moriremos tú y yo. Y, cuando nos llegue la hora, haber recibido favores y milagros del Señor no nos salvará. El vivir y morir abrazados en amor a Él, sí. Salvo que no hayamos tenido tiempo de amarlo, porque teníamos demasiadas «cosas» en que pensar.

(TOP02J)

“Evangelio

La ira del Dios que llora

En la antigua alianza, la ira de Dios estaba al servicio de su poder. Se abatió sobre Egipto, y sembró de muerte aquel país. Pero, entonces, Dios sólo quería rescatar a los suyos de una esclavitud material.

Llegada la plenitud del tiempo, cuando Dios quiso rescatar al hombre del pecado, su poder se volvió inútil. ¡Qué misterio, el de la libertad humana, don de Dios que puede el hombre volver contra Dios! Frente a un hombre que dice «no», todo el poder divino se hace añicos.

Echando en torno una mirada de ira, y dolido por la dureza de su corazón… En la redención, la cólera divina no estuvo al servicio de su poder, como en Egipto, sino al servicio de su impotencia. Esa ira, provocada por la dureza del corazón humano, se vertió en lágrimas sobre Jerusalén.

«Sé que estoy diciendo “no” a Dios. Sé que el camino que tomo conduce al abismo. Pero es lo que quiero, y es lo que haré». Cuando escucho esto –¡y lo escucho!– no puedo sino llorar. Uniré mis lágrimas a las del Dios que ha redimido al hombre, no con su poder, sino con su impotencia, ofrecida al Padre desde una cruz.

(TOP02X)

“Evangelio

Los que comemos dentro del santuario

Hablábamos ayer de ayunos… Para ayuno, el que hubieran tenido que hacer los hombres que acompañaban al rey David, de no haber ido en tan privilegiada compañía:

¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, y se los dio también a quienes estaban con él?

De haber ido solos aquellos hombres, el tal Abiatar los hubiera enviado a pedir limosnas al bar El Cruce, donde está la estaca que «si no pagas, me descuelgo». Pero era el Rey quien lo pedía… Entraron en el santuario, y saciaron su hambre allí.

¡Afortunados, quienes caminamos con Cristo, porque se nos abren las puertas del santuario! Lo más sobrecogedor, lo que jamás hubiera sospechado el rey David, es que ese santuario es el cuerpo del propio Jesús. Y en Él entramos en cada misa, y allí devoramos, locos de amor, ese cuerpo, y así quedamos saciados de Dios.

No sé si somos conscientes de lo que sucede cuando comulgamos. Creo que, si lo fuésemos, no habría cristiano que no comulgase a diario.

(TOP02M)

“Evangelio

Fiesta por dentro, ayuno por fuera

Te copio unas palabras del Apóstol: Percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón (Rm 7, 23). Imposible describir en menos palabras el pobre estado en que hemos quedado desde que el Señor ascendió a los cielos.

Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día. Ese día llegó cuando el Señor fue arrebatado por el Espíritu a lo más alto del cielo, y nuestros pobres ojos quedaron a oscuras, privados de la luz del rostro de Cristo. Pero el mismo Paráclito que arrebató a Jesús hasta la diestra del Padre fue enviado por el Padre a nuestras almas. Al recibirlo, nuestro espíritu queda lleno de Dios, como un santuario, mientras nuestros cuerpos siguen hambrientos, privados de la visión del Señor, y vueltos hacia el pecado.

Por eso, en el estado en que nos encontramos, conviene que el cuerpo ayune, mientras el espíritu come y bebe. La comunión embriaga el alma, y deja al cuerpo hambriento. Fiesta y penitencia conviven en el cristiano.

Ya hace más de una semana que pasaron las navidades. ¿Has devuelto al cuerpo a su lugar de penitencia? ¿Estás cuidando la mortificación de los sentidos?

(TOP02L)

“Evangelio

Así te ha amado Dios

Desde que el pueblo de Israel salió de Egipto, cada año, al llegar la Pascua, se sacrificaba un cordero en las casas de los hebreos. Sin embargo, año tras año, aquel pueblo continuaba sumido en la esclavitud del pecado. Ninguno de esos corderos pudo limpiar las culpas de los pecadores, precisamente porque pertenecían a los mismos culpables; eran corderos de los hombres, y no puede lo sucio limpiar su propia suciedad.

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Llegada la plenitud de los tiempos, Dios entregó a los hombres un cordero que no procedía de ellos, y que, por tanto, no estaba manchado con sus culpas, porque era el Cordero de Dios, su propio Hijo. Lo puso en manos de los pecadores, y supo, desde el principio, que lo matarían, y que aquella muerte sacrificial redimiría los pecados de los hijos de Adán.

Piénsalo bien, y muere de gratitud. ¿Quién, de entre nosotros, entregaría a su hijo único en manos de otra persona, si sabe que esa persona lo matará cruelmente? Pues eso es lo que ha hecho Dios, y lo ha hecho por amor a ti. Así te ha amado Aquél que te creó.

(TOA02)

“Evangelio

El hombre a quien seguían los pecadores

Conocerás a personas que blasfeman sin ningún pudor, se mofan de la Iglesia, presumen de fornicaciones y adulterios, propagan ideologías contrarias a la moral… Ganarse el respeto y la amistad de gente así no es difícil: basta con darles la razón. Lo difícil es lograrlo sin hacerse cómplice de sus culpas y sin negar, ante ellos, que el camino que llevan conduce a la muerte. Jesús lo logró.

Muchos publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían.

¿Cómo lo hizo? Mirándolos con cariño. Al poner en ellos sus ojos, no los juzgaba; simplemente, con su mirada les anunciaba que Dios los amaba como eran, y abría para ellos un camino de salvación. La gente es mucho más sensible al cariño de lo que pensamos. Entre quien los ama y quien les da la razón, prefieren a quien los ama, aunque no esté de acuerdo con ellos.

La única excepción a esta regla fueron los fariseos. Tan seguros estaban de sí mismos, que sus corazones se habían endurecido y ya no podían recibir cariño. La soberbia es el peor –no sé si el más grave, pero el peor– de los pecados.

(TOP01S)

“Evangelio