Evangelio 2020

enero 2020 – Espiritualidad digital

Los que comemos dentro del santuario

Hablábamos ayer de ayunos… Para ayuno, el que hubieran tenido que hacer los hombres que acompañaban al rey David, de no haber ido en tan privilegiada compañía:

¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, y se los dio también a quienes estaban con él?

De haber ido solos aquellos hombres, el tal Abiatar los hubiera enviado a pedir limosnas al bar El Cruce, donde está la estaca que «si no pagas, me descuelgo». Pero era el Rey quien lo pedía… Entraron en el santuario, y saciaron su hambre allí.

¡Afortunados, quienes caminamos con Cristo, porque se nos abren las puertas del santuario! Lo más sobrecogedor, lo que jamás hubiera sospechado el rey David, es que ese santuario es el cuerpo del propio Jesús. Y en Él entramos en cada misa, y allí devoramos, locos de amor, ese cuerpo, y así quedamos saciados de Dios.

No sé si somos conscientes de lo que sucede cuando comulgamos. Creo que, si lo fuésemos, no habría cristiano que no comulgase a diario.

(TOP02M)

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Fiesta por dentro, ayuno por fuera

Te copio unas palabras del Apóstol: Percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón (Rm 7, 23). Imposible describir en menos palabras el pobre estado en que hemos quedado desde que el Señor ascendió a los cielos.

Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán en aquel día. Ese día llegó cuando el Señor fue arrebatado por el Espíritu a lo más alto del cielo, y nuestros pobres ojos quedaron a oscuras, privados de la luz del rostro de Cristo. Pero el mismo Paráclito que arrebató a Jesús hasta la diestra del Padre fue enviado por el Padre a nuestras almas. Al recibirlo, nuestro espíritu queda lleno de Dios, como un santuario, mientras nuestros cuerpos siguen hambrientos, privados de la visión del Señor, y vueltos hacia el pecado.

Por eso, en el estado en que nos encontramos, conviene que el cuerpo ayune, mientras el espíritu come y bebe. La comunión embriaga el alma, y deja al cuerpo hambriento. Fiesta y penitencia conviven en el cristiano.

Ya hace más de una semana que pasaron las navidades. ¿Has devuelto al cuerpo a su lugar de penitencia? ¿Estás cuidando la mortificación de los sentidos?

(TOP02L)

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Así te ha amado Dios

Desde que el pueblo de Israel salió de Egipto, cada año, al llegar la Pascua, se sacrificaba un cordero en las casas de los hebreos. Sin embargo, año tras año, aquel pueblo continuaba sumido en la esclavitud del pecado. Ninguno de esos corderos pudo limpiar las culpas de los pecadores, precisamente porque pertenecían a los mismos culpables; eran corderos de los hombres, y no puede lo sucio limpiar su propia suciedad.

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Llegada la plenitud de los tiempos, Dios entregó a los hombres un cordero que no procedía de ellos, y que, por tanto, no estaba manchado con sus culpas, porque era el Cordero de Dios, su propio Hijo. Lo puso en manos de los pecadores, y supo, desde el principio, que lo matarían, y que aquella muerte sacrificial redimiría los pecados de los hijos de Adán.

Piénsalo bien, y muere de gratitud. ¿Quién, de entre nosotros, entregaría a su hijo único en manos de otra persona, si sabe que esa persona lo matará cruelmente? Pues eso es lo que ha hecho Dios, y lo ha hecho por amor a ti. Así te ha amado Aquél que te creó.

(TOA02)

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El hombre a quien seguían los pecadores

Conocerás a personas que blasfeman sin ningún pudor, se mofan de la Iglesia, presumen de fornicaciones y adulterios, propagan ideologías contrarias a la moral… Ganarse el respeto y la amistad de gente así no es difícil: basta con darles la razón. Lo difícil es lograrlo sin hacerse cómplice de sus culpas y sin negar, ante ellos, que el camino que llevan conduce a la muerte. Jesús lo logró.

Muchos publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos, pues eran ya muchos los que lo seguían.

¿Cómo lo hizo? Mirándolos con cariño. Al poner en ellos sus ojos, no los juzgaba; simplemente, con su mirada les anunciaba que Dios los amaba como eran, y abría para ellos un camino de salvación. La gente es mucho más sensible al cariño de lo que pensamos. Entre quien los ama y quien les da la razón, prefieren a quien los ama, aunque no esté de acuerdo con ellos.

La única excepción a esta regla fueron los fariseos. Tan seguros estaban de sí mismos, que sus corazones se habían endurecido y ya no podían recibir cariño. La soberbia es el peor –no sé si el más grave, pero el peor– de los pecados.

(TOP01S)

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Dos preguntas… y una tercera

Por una pregunta de Jesús, dos preguntas tengo yo.

Primero, la de Jesús:

¿Qué es más fácil, decir al paralítico: «Tus pecados están perdonados», o decir: «Levántate, coge la camilla y echa a andar»?

Ahora, las mías:

¿Cuál de los dos milagros es mayor: la sanación de las piernas del tullido, o la limpieza del alma del pecador? Respuesta: Sin duda, el perdón de los pecados. La sanación de las piernas la pueden lograr los avances de la Ciencia. El perdón de los pecados sólo Dios lo puede otorgar. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo uno, Dios?

¿Cuál de ambos milagros le costó más a Jesús? Respuesta: sin duda, el perdón. Para curar cuerpos, le bastaba su poder de Dios. Pero, para perdonar pecados, tuvo que derramar su sangre sobre una cruz. Le costó más a Cristo perdonar a un pecador que crear cielos y tierra.

Y, dicho esto, tengo una tercera pregunta:

Si se corriera la voz de que, con la imposición de mis manos, se cura el cáncer de próstata, en dos meses tendría a miles de septuagenarios atascados haciendo cola en la puerta de mi parroquia. Si me siento en el confesonario, apenas viene nadie. ¿Por qué?

(TOP01V)

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