Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

enero 2020 – Espiritualidad digital

Lo que decía san Juan Pablo II

Sin saberlo, el sembrador imita a la semilla que deja en tierra: Él duerme de noche y se levanta de mañana. Dime: ¿No hace lo mismo la semilla? ¿No duerme en tierra durante una larga noche, y, al llegar una mañana, se levanta y va produciendo fruto sola? ¿Imaginas una semilla saltarina, que quisiera lucirse antes de morir, y saltara de la tierra, vestida de luces, apenas salida de la mano del sembrador? Si semejante disparate pudiera producirse, el sembrador la tiraría lejos. Una semilla que no quiere dormir no podrá despertar.

El deseo de los santos nunca ha sido el de airearse y mostrarse al mundo, sino el de ocultarse: callar para que Dios hable, esconderse para que Dios brille, morir para que Dios viva en ellos. Han sido sembrador y semilla.

No eres tan guapo, ¿sabes? Al menos, no ahora, antes de haberte entregado. Recógete; busca a Dios en lo escondido; encuéntralo… Y deja que Él se apodere de ti y amanezca en tus actos.

¿Sabes lo que decía en voz baja san Juan Pablo II cuando apretaba su frente contra ese crucifijo que era su cayado de pastor? «Que muera Wojtyla, y que viva Jesucristo»… Pues eso.

(TOP03V)

“Evangelio

El que da primero, da dos veces

Dice san Juan: Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero (1Jn 4, 19). Y hoy dice el Señor: La medida que uséis, la usarán con vosotros.

Puesto que Dios nos amó primero, comencemos por considerar qué medida ha usado con nosotros. Y, si abrimos bien los ojos, moriremos de un ataque agudo de gratitud. No contento con perdonarnos nuestras culpas, nos entregó a su Hijo, lo envió a la muerte por nosotros, y nos lo da a comer cada día.

Por tanto, y para comenzar, la medida que ha usado Dios contigo úsala tú con tu prójimo. Entrégate sin reservas, sin egoísmos, sin cicatería, como se ha entregado Dios a ti. Ama de tal forma que seas luz para los hombres, y, al amarlos de ese modo, hazles conocer el Amor con que has sido amado. Después, Dios seguirá siendo generoso contigo, porque no se deja ganar en generosidad, y te bendecirá con gracias y virtudes que te harán más feliz aún. Además, tendrás vida eterna.

Pero si, después de haber recibido tanto, fueras cicatero con tu prójimo, no te asombres el día del Juicio si Dios emplea contigo tu medida, en lugar de la suya. Estabas avisado.

(TOP03J)

“Evangelio

Excusas de mal sembrador

Te sugerí que hablases de Dios a aquel compañero tuyo, que estaba pasando por un mal momento, y me respondiste que no sabía lo que decía, que ese hombre abominaba de la Iglesia y de la religión. De nada serviría hablarle de Dios –me decías–, salvo para encresparlo; más valía darle cariño y apoyarle humanamente en aquel trance.

¡Qué cicatero eres con el apostolado! ¡Y qué poca fe, la tuya, en el poder de Dios! Incluso, si me apuras, te diré: ¡Qué poco cariño tienes a quien llamas tu «amigo»!

Salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino… Otra parte cayó en terreno pedregoso… Otra parte cayó entre abrojos… El resto cayó en tierra buena. ¿No ves cómo el sembrador esparce la semilla, sin discriminar entre caminos, piedras, abrojos y tierra? Nunca sabes dónde está la tierra buena; no se distingue tan fácilmente. En ocasiones, crees que está lleno de piedras un campo, y no son sino barro seco, que se derrite con las primeras lluvias.

¿No serán excusas para tus respetos humanos? Ese compañero tuyo abomina de la Iglesia, pero no llegará al extremo de Saulo, que encarcelaba a los cristianos. Y… ¡fíjate!

(TOP03X)

“Evangelio

Serás madre de Cristo

En su carta a los gálatas, san Pablo dice: Hijos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros (Gál 4, 19). El Apóstol se proclama «madre de Cristo», equiparándose, con tremenda audacia, a la mismísima Virgen María. San Pablo siempre deslumbra; abre caminos fascinantes a partir de las señales que dejó marcadas el Maestro.

El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre.

La equiparación del Apóstol con la Madre del Señor no va referida a Belén, donde María dio a luz sin dolor, sino al Calvario, donde la Virgen, entre terribles dolores, dio a luz a Cristo, cabeza y cuerpo, para la vida eterna, mientras Jesús decía a Juan: Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 27). Pablo prolonga en su alma el suplicio de María, sufre los dolores del Salvador por los gálatas, y propicia, junto a ella, el nacimiento de Cristo entre los gentiles. Es madre, y es corredentor.

Tú no serás menos. Serás madre de Cristo, y corredentor, si entregas tu vida en obediencia a Dios, y acoges en tu corazón, como María, los dolores de Cristo por los pecadores.

(TOP03M)

“Evangelio

Palabras que derriban puentes

¿Qué movía a los escribas y fariseos a querer desprestigiar públicamente a Jesús? Seguramente, la envidia. No podían soportar que aquel rabbí de Nazaret tuviera más autoridad, ante la gente sencilla, de la que ellos jamás habían reunido.

Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios.

Muchos de quienes escuchaban estas palabras, venidas de labios de las autoridades religiosas, no podrían evitar en adelante, al ver a Jesús, que los asaltara la desconfianza. ¿Y si era verdad? ¿Y si aquel rabbí estaba dominado por los demonios? ¿Era sensato fiarse de él, y poner la vida en sus manos?

La murmuración es siempre un pecado. Pero, cuando se habla mal de un sacerdote, el pecado reviste especial gravedad. No lo hagas jamás. Porque, si lo que dices es falso, quien te ha escuchado no podrá evitar desconfiar injustamente de quien le acerca a Dios. Y, si crees que lo que dices es cierto, mejor harías poniéndolo en conocimiento de sus superiores con humildad. Pero si desprestigias al sacerdote ante los fieles, y siembras la desconfianza hacia él, estás privando a las almas del puente que las lleva a Dios. Ten mucho cuidado.

(TOP03L)

“Evangelio

No bastan las palabras

Pienso en lo cómodo que estoy en mi despacho, frente al ordenador, escribiendo sobre lo que más me gusta escribir, sobre Cristo. Dejando aparte el esfuerzo mental de encontrar las palabras adecuadas, ¡es tan fácil! Y sé que hago lo que Dios quiere, pero no puedo evitar sentir vergüenza.

Jesús recorría toda Galilea enseñando.

Durante tres años, Jesús no tuvo dónde reclinar la cabeza. Sus días pasaron en constante movimiento, predicando por todas partes el evangelio. Igual les sucedió a los Doce: abandonaron sus casas para dormir, muchas noches, a la intemperie, y pasar, muchos días, pisando caminos mientras llenaban de luz el aire.

Puedo llegar más lejos con un dedo sobre el ratón que Jesús con todas sus caminatas… Pero no es lo mismo. Dejarse la vida en el camino no es igual que pulsar «enter».

Os haré pescadores de hombres. No dejaré de escribir; no podría. Pero quisiera no olvidar –y que no olvides– que pescar hombres supone mucho más. De nada sirve echar la caña si no te has puesto a ti mismo como cebo para que los hombres se te coman, y, al comerse tu vida, sean pinchados por el dulce anzuelo del Amor de Cristo.

(TOA03)

“Evangelio

La verdadera conversión

Cuando una persona que lleva veinte años sin pisar una iglesia vuelve a rezar y a frecuentar los sacramentos, solemos decir que se ha convertido. El que haya pasado de no rezar a rezar, de no confesar a confesarse, de no ir a misa a frecuentar la Eucaristía (incluso diariamente) nos parece suficiente motivo para darle un certificado de conversión. ¿Lo es?

Me alegra decir que he presenciado muchas conversiones, y me apena constatar que no todas han sido verdaderas. Pasar de no rezar a rezar no es suficiente para afirmar que haya habido un encuentro con Cristo.

Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. Saulo pasó, de querer extinguir la llama del cristianismo, a propagarla por los pueblos gentiles. El encuentro con Jesús lo convirtió en un hombre de fuego, cuya única obsesión era hablar del Señor a quienes no lo conocían.

He ahí el marchamo de autenticidad de una conversión. Cuando alguien se encuentra realmente con Cristo, se enciende en celo de almas, y siente la urgente necesidad de anunciar el nombre del Salvador a quienes no lo conocen. Pero descubrir que se vive mejor rezando que sin rezar no significa, necesariamente, convertirse.

(2501)

“Evangelio