Evangelio 2020

diciembre 2019 – Espiritualidad digital

Nochevieja con Dios

En el último día del año, y antes de que celebres la entrada del que viene, te sugiero, para tu oración, tres puntos:

1.- De su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Agradece a Dios tantos dones, tanta predilección, tantos favores como has recibido en este año. ¡Cuántas comuniones, cuántas absoluciones, cuántas horas de oración y diálogo amoroso! ¡Cuánta protección, cuánta providencia! ¡Cuántos dolores, sufridos junto a Él!

2.- Los suyos no lo recibieron. Pide perdón por tantas traiciones y deslealtades como hayas podido cometer en este año que termina. Por tus faltas de piedad, por tus faltas de amor, por tu pereza, por tu egoísmo y tu soberbia… Por tantas palabras que no debiste pronunciar, y tantos silencios cobardes… Bueno, tú sabrás.

3.- Y habitó entre nosotros. Pide, para el año que mañana comienza, la mayor de las gracias: la de no separarte de Cristo ni por un momento. Él quiere estar a tu lado; no vayas tú a dejarle solo.

Y esta noche, cuando den las doce, antes o después de las uvas… reza el Ángelus con tu familia. No hay mejor forma de comenzar el año que tomando la mano de la Virgen.

Feliz año nuevo.

(3112)

“Evangelio

Ha enloquecido la abuela

A sus ochenta y cuatro años, Ana es una profetisa bailarina, una anciana respingona que es tan capaz de ayunar días enteros como de brincar por todo el templo, logrando que la tomen por loca.

Alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Está claro que nadie le hizo caso, porque, de haber sido así, la escena de la Presentación del Niño Dios hubiera estado plagada de adoradores. Lo único que logró la santa anciana fue que la mirasen con desprecio. «¡Cosas de la edad!», decían… «¡Esa vieja está para que la encierren! ¿Has visto cómo salta?».

A todos aquellos tan «sensatos» que desprecian los brincos de Ana habría que decirles que son ellos los que han perdido el compás. Estar loco es la última moda. Si Dios mismo ha enloquecido de Amor, y ha saltado del cielo a la tierra para postrarse a los pies del hombre, ¿qué tiene de extraño que brinque de alegría esta anciana tan llena de Espíritu? Lo raro es que haya cristianos tan «modositos» a la hora de manifestar su fe.

Soltaos el pelo, por favor. Bailad un poco. Haced locuras. ¡Que ha nacido Dios!

(3012)

“Evangelio

El fuego que calienta el corazón

La Sagrada Familia es misterio para contemplar, y escuela donde aprender. Aunque estemos rodeados de sombras –¿cuándo no lo hemos estado?–, ¡hay tanta luz en la cercanía de Jesús, María y José!

«Hogar» viene de «hoguera», pero no siempre se identifica con un fuego material. El hogar lo conforman los corazones del hombre y la mujer, cuando están encendidos en ese afecto tan humano y tan divino del amor conyugal. Ese fuego será el que dé calor al corazón de los hijos. No tengamos pudor al afirmarlo: José amó a María como un hombre ama a una mujer, y María amó a José como ama la esposa al esposo. El sagrado corazón del Niño Dios se templó en esa hoguera.

Toma al niño y a su madre y huye a Egipto. Antes de que fueran cobijados en las paredes del hogar de Nazaret, cuando eran fugitivos, ya eran hogar, porque se amaban. Y, en aquellas noches al raso durante el viaje a Egipto, se sentía calor a su lado. Gocemos, en Navidad, de ese calor, que quizá también nosotros necesitemos nacer y ser educados de nuevo. Llama a la Virgen «mamá». «papá» a José… y «Jesús» a tu Hermanito.

(SDAFAMA)

“Evangelio

Los dos bandos, ya enfrentados

Hay una asociación misteriosa entre Belén y el Calvario. Sin duda, toda la Pasión de Cristo se encuentra presente en su mismo nacimiento, como en germen, hasta que el árbol de la Cruz entregue el divino fruto que colgará de sus ramas.

Desde Belén, el encuentro de la pureza de Dios con el pecado de los hombres es traumático. Y en ese conflicto todos estamos implicados. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso (1Jn 1, 10).

La sangre y el agua que brotarán de la Cruz se derraman ya, por adelantado, en la matanza de los inocentes. Son la sangre de los niños, masacrados por la crueldad del tirano, y las lágrimas de Raquel, que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven.

Desde ahora mismo, es necesario que escojamos bando. El de Herodes, por desgracia, lo hemos engrosado muchas veces con nuestras infidelidades. Escojamos ahora, mientras contemplamos el nacimiento del Mesías, el bando de quien, desde niño, sufre los pecados de los hombres. Y digámosle al hijo de María: «Soy tuyo, te pertenezco. Tú has llegado a mi vida, y yo te pido que jamás permitas que, en adelante, me separe de ti».

(2812)

“Evangelio

Almas castas, ojos limpios para el Niño Dios

Si ayer nos referíamos a los que hablan demasiado, hoy nos acompaña Juan. Jesús se lo entregó a la Virgen como hijo, y él parece haber heredado de su Madre el gusto por el silencio y la contemplación.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Juan es vidente de lo invisible. Sus ojos limpios son ventanas, a través de las cuales el alma contempla lo que el cuerpo no ve. Todo lo terreno es transparente ante su mirada, y el corazón, mientras deja atrás las realidades creadas, se precipita hacia los bienes eternos. Mira un costado traspasado, y ve a la Iglesia; mira un sepulcro vacío, y ve el Cielo abierto; mira a Jesús, y ve a Dios. Tras los ojos, se asoma la fe. Vio y creyó.

En ese apóstol casto se cumple la bienaventuranza: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).

Pídele hoy, al niño Dios, la gracia de la castidad. Que su cuerpo, cuando comulgues, guarde el tuyo y lo consagre como a un templo. Porque sólo las almas castas pueden contemplar, a través de sus ojos limpios, la hermosura de Dios.

(2712)

“Evangelio

Luz y sombras; silencio y ruidos

Cuando no hay luz, tampoco hay sombras. Todo es oscuridad. Aunque la pupila de los hombres, con el tiempo, se dilata, y aprenden a vivir entre tinieblas una vida triste.

Hasta que se hace la luz. Y, con ella, surgen los colores, y también las sombras. Ayer nos decía san Juan que el Verbo vino a su casa, y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 11). Lo sabemos, porque tuvo el Niño Dios que nacer en un establo. Y lo comprobamos hoy, ante la lapidación de Esteban.

Dios envía al mundo su Palabra, y los hombres, dando un grito estentóreo, se taparon los oídos (Hch 7, 57). La gente grita mucho, porque no quiere escuchar al Verbo de Dios. No soportan el silencio, les da miedo. ¡Es tan real! Para muchos, «fiesta» significa sólo ruido; ruido y petardos, que nada se oiga, que no se escuche a Dios. Si los peces, en el río, beben, y beben, y vuelven a beber, los hombres, en el mundo, hablan, y hablan…

Tú guarda silencio ante el Belén. Porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. Calla, contempla, y deja hablar a Dios.

(2612)

“Evangelio

Belenes vivientes

fervorSe ha encendido una luz, y se ha llenado el mundo de belenes, en los que el Niño Dios resplandece y alumbra la tierra.

Esa luz no se ha encendido en las aceras de las calles, ni en los escaparates de los comercios. Esa luz, la verdadera luz de Navidad, la ha encendido Dios en las almas en gracia, en las que ha alumbrado a su Hijo Jesús. Esas personas, cautivadas por una alegría serena, espiritual y desbordante, son belenes vivientes que todo lo iluminan.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Mírate por dentro. ¿Estás encendido? ¿Brillas con el brillo del Dios encarnado? Entra en tu alma, y goza de ese resplandor, porque Cristo ha nacido en ti. Hoy has sido besado con un beso de Luz. Y, ahora, deja que esa luz alumbre también a quienes te rodean: hazlos partícipes de la gracia del Bien Nacido.

Tu propósito, tu ofrenda de amor al Niño Dios: en estos días, ni un mal gesto, ni una mala palabra, ni un enfado. No permitas que nada te quite el buen humor. Sonríe mucho. Sé, entre los tuyos, un belén viviente, porque, para muchos, la Navidad eres tú.

(2512)

“Evangelio