Evangelio 2020

noviembre 2019 – Página 2 – Espiritualidad digital

Nadie hace eso

viuda pobreCon razón le sorprendió a Jesús el gesto de aquella viuda:

Todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Y es que nadie hace eso; ni con un rey, ni con un dios. Ningún pobre le da a un rey cuanto tiene para vivir, porque el rey, ni lo necesita, ni probablemente llegue a tener conocimiento de esa ofrenda. En cuanto a un dios… lo normal es que el pobre se acerque a su dios a pedirle ayuda, no a darle cuanto tiene.

Por eso aquella ofrenda suscitó la admiración de quien es Dios y Rey. Porque un gesto así lo hacen sólo los enamorados, que no se contentan hasta que no han entregado sus vidas al ser amado. Y este Dios, que es Rey, más que súbditos o adoradores, desea enamorados, locos que no se reserven nada ni escatimen esfuerzos hasta haber entregado cuanto tienen al amor de su alma.

Y es que Él mismo es así: un Dios enamorado del hombre, un Rey enamorado de su pueblo, que no se conforma hasta que no ha entregado su vida por cada alma.

(TOI34L)

Si las casas hablasen…

Mira la veleta, tan deslumbrante, tan campanuda, tan engreída… Desde lo más alto de la casa, proclama a los cuatro vientos su superioridad, aunque ella misma es esclava de los vientos: «Soy rey. Estoy en la cumbre». Las ventanas, balcones y columnas, como alucinadas por el esplendor de la veleta, la miran y tiemblan, unos de miedo, y otros de admiración.

Los cimientos callan. En lo más bajo, pisados, ignorados y despreciados, habitan en lo escondido y sostienen el peso del edificio. Poco les afecta el cacareo de la veleta y el desvarío de los vientos. Un día, cuando el estúpido gallo de oro esté pronunciando su más ampuloso discurso, les bastará un leve movimiento, y toda la casa temblará, caerá la veleta y se romperán los cristales. Las piedras que estén asentadas sobre los cimientos serán arrancadas de esta tierra y llevadas al cielo por quien, desde abajo, todo lo sostenía en silencio.

Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. Podéis burlaros de quien ahora calla. Pero no hay más rey que Él. Apoyad en Él vuestra vida, y viviréis para siempre. Seguid soñando que sois dioses, y, cuando Él despierte, moriréis sin remedio.

(XTOREYC)

La trampa saducea

Los saduceos dicen que no hay resurrección. Pero, cuando piensan en ella, la imaginan como si fuera la prórroga infinita de la vida terrena. Como si, llegado el «final del partido», el árbitro pitase prórroga, y, después, se tragara el silbato. Por eso, cuando imaginan a esa pobre mujer, casada con los siete hermanos Dalton, uno detrás de otro, piensan en la pelea por saber quién de los siete se queda con la chica. Pero aquellos saduceos no habían entendido nada.

Que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos. Si para él todos están vivos, es porque la vida eterna consiste, precisamente, en vivir para Dios. Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que tú enviaste, Jesucristo (Jn 17, 3). Quien, en este mundo, vive para Dios, vive ya vida eterna. Y su cuerpo, alimentado con la Eucaristía, resucitará, tras la muerte, para ser absorbido y transfigurado por esa vida nueva, que no es una continuación de ésta.

(TOI33S)

La casa y la cueva

El que reza busca a Dios; el bandido busca su ganancia. En casa, el hombre descansa y recibe amor; en la cueva, el bandido se esconde y trama el mal.

Escrito está: «Mi casa será casa de oración»; pero vosotros la habéis hecho una «cueva de bandidos».

Entra en tu alma. ¿Qué encuentras? ¿Cuáles son tus pensamientos? ¿Hablas con Dios en tu interior, o estás sumido en un monólogo permanente? Las almas con vida interior no piensan, rezan; su pensamiento está formulado en segunda persona. En lugar de pensar: «iré a casa», oran: «vamos a casa, Señor». Por eso nunca están solas. Sin embargo, el «hombre pensante» cavila consigo mismo para decidir qué le conviene. Es como el bandido, busca su ganancia. Pero está solo.

¿Es tu alma hogar? ¿Hay alguien allí, esperándote, cuando entras? ¿Encuentras al Paráclito, y gozas del fuego que ha encendido en tu corazón? ¿Descansas con Él dentro de ti? Las almas con vida interior llevan su hogar dentro de ellos. Sin embargo, el bandido tiene el alma fría. Sus silencios no son descanso, sino engaño, cobardía y ocultación. Cuando entra en sí mismo, siempre se está escondiendo.

¿Qué tienes dentro: un templo, o una cueva?

(TOI33V)

Un «te quiero» llevado hasta el final

Una cosa es decir «te quiero», y otra distinta entregar la vida. El «te quiero» siempre es dulce; pero cumplir la promesa que encierra puede costar lágrimas.

Desde niña, la Virgen pronunció su «te quiero» a Dios. El Protoevangelio de Santiago nos la presenta, con tres años, subiendo las gradas del Templo y entregando a Yahweh cuerpo y alma. Fue una dulce consagración.

Años después, se presentará de nuevo en ese templo, y Simeón le anunciará la espada que atravesará su alma como precio de esa entrega. Quizá se acordó de él cuando, doce años más tarde, volviese a aquellas puertas con el corazón traspasado por la angustia de un Jesús perdido, a quien todavía pudo abrazar.

Los hermanos de Jesús quieren encerrarlo; dicen que está loco. Y toman a María como rehén, para hacerlo salir. Tu madre y tus hermanos están fuera, y quieren hablar contigo. Jesús no sale, y no habrá, esta vez, abrazo que consuele la angustia de la Madre.

Junto a la Cruz, culmina María el cumplimiento de la promesa de aquel primer «te quiero», mientras su Hijo culmina su misión.

¡Bendita Madre nuestra, que así nos has enseñado a llevar el amor hasta el final!

(2111)