Libros de José Fernando Rey Ballesteros

noviembre 2019 – Espiritualidad digital

Respetos humanos

BartimeoEso que llamamos «respetos humanos» es el disfraz de la cobardía. Por culpa de los respetos humanos, muchos enfermos quedan sin sanar, y a muchos ignorantes se les priva del anuncio del reino de Dios.

Bartimeo sabía que era ciego y pobre, y lo que más le importaba era su propia curación. Por eso gritaba, con todas sus fuerzas: ¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!

Los que iban delante le regañaban para que se callara. Pero Bartimeo no conocía los respetos humanos. Si, para lograr su curación, tenía que quedar mal con todo el mundo, le daba igual. Si a los demás les molestaba que rezase a gritos, también le daba igual. Si le tomaban por loco, entonces que sumasen loco a ciego y a pobre.

Es sorprendente cómo, para Bartimeo, parecen existir tan sólo dos personas en el mundo: él mismo, y Jesús. En medio de la multitud, logra quedarse a solas con él, como deberíamos quedarnos nosotros mientras caminamos por las calles o compramos en el supermercado.

Ojalá, a la hora de amar a Dios, y de anunciarlo, tengas en nada los respetos humanos. Al fin y al cabo –créeme– todo queda entre Jesús y tú.

(TOI33L)

Un amigo incómodo

No estoy seguro de que la palabra «resignación» sea católica. Yo, desde luego, no la he bautizado. Me parece una palabra triste, propia de quien baja la cabeza, se encoge de hombros, y ahí me las den todas.

No. Los cristianos no nos resignamos con el dolor. Podemos, incluso, amar el dolor, porque nos acerca a Jesús crucificado. Convertido en Cruz, el dolor es amor para nosotros.

Pero nuestro amor al dolor no supone apego, porque sólo a Cristo estamos apegados. Por mucho que amemos el dolor, estamos deseando quitárnoslo de encima. Y no hay contradicción en lo que digo. En esta vida, el dolor nos acerca a Cristo; pero, en el cielo, no necesitaremos tan incómodo amigo. Lo mismo sucede con la muerte: la amamos, porque nos llevará al Paraíso, pero estamos deseando dejarla atrás definitivamente.

Con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas. Las pruebas anunciadas en el evangelio (terremotos, hambres, pestes, persecuciones…) son «el lado de acá» de la puerta. Las cruzaremos llenos de esperanza, porque nuestros ojos se clavarán en «el lado de allá», en la salvación.

Por tanto… Bienvenido sea el dolor; bienvenida la muerte… Pero que pasen cuanto antes, por favor. Queremos ver a Cristo glorioso.

(TOC33)

El pensamiento de la muerte

La obsesión con la muerte lleva a la locura. El pensamiento sereno de la muerte infunde sensatez. La ignorancia de la muerte provoca idiocia.

El cristiano no se obsesiona con la muerte, porque ya está obsesionado, y lo está con Cristo. Sin embargo, el cristiano cuenta con la muerte, piensa en ella, y la mira de frente, como quien mira la puerta de entrada al Hogar donde termina su peregrinación.

Es cierto, da miedo, ¿para qué negarlo? Si el propio Cristo se dirigió a la muerte sudando sangre, ¿qué esperamos nosotros? Pero el temblor queda en el cuerpo, porque el cuerpo, tras esa puerta, no ve nada; y la nada da miedo. El alma, sin embargo, iluminada por la fe, divisa una luz muy hermosa detrás de ese umbral; es la luz de los brazos amorosos de Dios, que esperan al cristiano para introducirlo en el Paraíso.

Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

Cuando Jesús venga a buscarme, quiero que me encuentre lleno de fe. Por eso, debo vivir de fe. Es la mejor manera de asegurarme de morir con fe. Y no sólo con fe; también con esperanza. Quisiera morir de amor.

(TOI32S)

Para la puerta de tu nevera

Hay recordatorios que uno pega en la puerta de la nevera, para no olvidarlos jamás. Supongo que es un lugar tan socorrido, porque siempre acabamos abriéndola en los momentos de ansiedad. Dicen que Elizabeth Taylor se hizo fabricar una nevera parlante, que, cada vez que la abría, le insultaba: «Cow! Cow!» (es decir: «¡Vaca!»).

San Pablo pide a Timoteo que ponga a Jesucristo en la puerta de la nevera: Acuérdate de Jesucristo (2Tim 2, 8). Es un recordatorio maravilloso. Busca un crucifijo con un imán, y pégalo allí, junto al aviso que te ha puesto tu hijo para que le compres la Nocilla. Además, hoy el Señor te da un post-it no muy reconfortante, para que lo añadas a esa puerta, que ya parece una pizarra:

Acordaos de la mujer de Lot.

Esa pobre señora, por mirar atrás mientras se quemaban Sodoma y Gomorra, en lugar de mirar hacia delante, al camino que Yahweh le había señalado, quedó convertida en estatua de sal. Te voy a regalar una estatua de sal con imancito, para tu nevera. A ver si así no conviertes tu oración en despacho de urgencias, donde repasas tu apretada agenda, cuando deberías buscar el rostro de Dios.

(TOI32V)

Del cielo al cielo

hijo del hombreHace unos días, alguien me dijo: «Padre, he encontrado a Dios dentro de mí». Me alegré, porque gran parte de los cristianos tienen un cielo en el alma, y mueren sin haberlo encontrado. Tendrán que recorrer, más allá de la muerte, el camino hacia el cielo que no recorrieron en vida. A eso llamamos Purgatorio.

Mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros. A ese lugar, en el centro mismo del alma en gracia, donde reina Dios, se refiere Jesús. Recógete y búscalo en el silencio. Cuando lo encuentres, atraviesa el umbral, y quédate a vivir allí, porque allí todo es alegría. Por fuera, en tu cuerpo, en tus afectos, y en el mundo, la muerte y el dolor van ganando terreno, porque es necesario que el cristiano –como Cristo– padezca mucho y sea reprobado por esta generación. Pero, mientras eso sucede, el hombre interior, refugiado en el cielo del alma, vive en permanente fiesta.

Recogido allí, en medio de las tribulaciones de esta vida, esperas a que Jesús vuelva. Y cuando toda carne, al fin, calle ante el Señor, serás revestido de gloria. Habrás pasado, de la dicha de la gracia, a la bienaventuranza de la gloria.

(TOI32J)