Libros de José Fernando Rey Ballesteros

octubre 2019 – Página 2 – Espiritualidad digital

Una nueva oportunidad

La parábola de la higuera es lo que es: una parábola. Pero, si fuera una fábula, la higuera pensaría, e incluso puede que hablase, como aquellos árboles sobre los que profetizó Jotam cuando los israelitas nombraron rey a Abimelec.

Supongamos que fuese una fábula. Supongamos que la higuera pensase. ¿Imagináis la angustia que sentiría al escuchar las palabras del dueño de la viña: Tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala? Si, además de pensar, sudase, podéis imaginarla empapada.

Imaginad, ahora, el alivio de la higuera ante las palabras del viñador: Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. ¡Una nueva oportunidad!

¡Una nueva oportunidad! La higuera no piensa, ni siente, ni suda. Pero nosotros sí. Y deberíamos leer esta parábola cada mañana. Al acostarnos, la noche anterior, concluimos el día con un examen de conciencia. ¡Cuántas faltas! ¡Cuántas deslealtades! Pedimos perdón a Dios, rezando un acto de contrición, y dormimos. Al despertar, escuchamos la voz del viñador: «Déjala todavía este día, a ver si da fruto».

Un nuevo día, una nueva oportunidad. Alégrate. Y procura dar fruto hoy.

(TOI29S)

Haciendo amigos

amigosVoy de camino, como tú. No me dirijo hacia la muerte, sino hacia Dios, como tampoco me dirijo nunca hacia la puerta de mi casa, sino hacia mi casa. La muerte no es más que una puerta. Tras esa puerta, me espera Dios. Y, cuando me encuentre con Él, sé que seré juzgado. En ese juicio, me juego la eternidad.

Por ello, mientras vas con tu adversario el magistrado, haz lo posible en el camino por llegar a un acuerdo con él.

El fiscal tendrá materia de que hablar. Cada uno de mis pecados formará una acusación que podría llevarme al infierno. Por eso, necesitaré, como contrapunto, voces que hablen bien de mí. Si aprovecho lo que me resta de camino, quizá pueda atesorar unas cuantas.

«Me ayudó a acercarme a Dios»… «Me consoló en momentos de tristeza»… «Me llevó a casa en coche»… «¡Me dio la absolución!»…

Quisiera dedicar el resto de mis días a hacer amigos que aboguen por mí. En la tierra, desde luego; pero también en el cielo. «Recuerda, Virgen madre de Dios, cuando estés en la presencia del Señor, decir cosas buenas de mí». Si lo haces –¡y lo harás, porque me amas!– estoy salvado.

(TOI29V)

La paz y la angustia

El mismo que dijo: La paz os dejo, mi paz os doy (Jn 14, 27) dice también: ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división.

Existe una oración descansada y pacífica. Cuando hablamos de amor con el Señor, y contemplamos en los santos evangelios su vida mientras sondeamos los sentimientos de su sagrado corazón, el alma experimenta una paz y una dulzura que no son de este mundo. Ojalá no te prives nunca de esa oración.

Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! Existe, también, una oración cansada y llena de angustia. Es la que Jesús realizó en Getsemaní y en el Calvario. Cuando, unidos a Él, pedimos almas a Dios, entramos en combate con las sombras y con los demonios. La carne se rebela, porque no quiere sufrir ni hacer penitencia. Llora el corazón, al contemplar el camino de tantos hacia el infierno y el terrible poder del pecado. Y, en medio de esa lucha, el grito angustiado de Cristo rasga los cielos y redime a los hombres.

Si ya descansas con Cristo, no tengas miedo a cansarte también con Él. ¿Le pides almas a Dios?

(TOI29J)

El que está es el que viene

libertadHace más de un mes terminó el verano. Los cielos se han ido cubriendo. Y los primeros fríos ya anuncian –en palabras de Joaquín Sabina– que «el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno». El año encara su cuarto final, y la liturgia, como quien acompaña al cristiano a través de los días, nos trae noticia de esa segunda venida de Cristo a la que dedicará, más adelante, la primera parte del Adviento.

Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

Si está en el sagrario, si habita en mi alma en gracia, si hoy lo he recibido en la sagrada Comunión, ¿cómo esperar a quien ya está conmigo?

Cristo está, y Cristo viene. Disfrutamos su presencia, y también esperamos su llegada. Cuando amanece, la luz llega; pero las sombras aún son largas. Vendrá el mediodía, y el sol lo bañará todo con su resplandor.

Cristo está aquí. Pero hay sombras en tu vida, y en el mundo. Un día vendrá desde los cielos, desaparecerán las sombras, y su luz lo llenará todo. ¿No lo deseas? Procura, entonces, mantenerte despierto. No te retires a las sombras para dormir, o perecerás con ellas.

(TOI29X)

Para esperar sin desesperar

«El que espera, desespera», dice un refrán. Y tiene parte de razón, porque la espera, si se prolonga mucho, se apaga, como una llama, y terminamos dando por perdido lo que aún podría llegar. Dos minutos después de que te alejaras de la parada, el autobús llegó.

Vosotros estad como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda. Bienaventurados aquellos criados a quien el señor, al llegar, los encuentre en vela.

 Jesús puede volver en cualquier momento. La muerte puede sobrevenirte cuando menos te lo esperes. Y el Espíritu te visitará, con una gracia nueva, en el instante más insospechado.

Esperar al Señor no es como esperar al autobús bajo una marquesina. Dios te ha dado, y te da, prendas de su Amor, para que la llama de tu espera no se apague. La comunión diaria, la oración frecuente, el rosario de la Virgen… No son entretenimientos para que la espera se haga más corta, sino anticipos de los bienes que esperamos. Aprovéchalos, y, alimentado con ellos, vive con sobriedad, para que la mente no se embote, y el alma permanezca despierta y con hambre. Cuando el Señor llegue –¡y llegará!– te alegrarás de haber esperado.

(TOI29M)