Libros de José Fernando Rey Ballesteros

octubre 2019 – Espiritualidad digital

Cuando es difícil…

Hoy habla Jesús de un «tercer día», y no se refiere, precisamente, al de su resurrección:

Yo arrojo demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado.

«Hoy» es el momento en que habla. «Mañana» son los días que le restan hasta su Pasión. Y el «tercer día» es aquél en que, desde la Cruz, dirá: Está consumado (Jn 19, 30).

Conviene que no lo olvidemos, porque también nosotros debemos llevar a su consumación la misión que Dios nos ha encomendado. Y ese cumplimiento supondrá, muchas veces, muerte y desolación para la carne. Quien ayer nos decía: Esforzaos, nos invita hoy a morir con Él.

Algunos creen que, cuando una tarea requiere esfuerzo, eso es señal de que Dios no nos pide que la realicemos: «Estoy muy cansado. Dios comprenderá que no vaya a misa hoy». «Esta persona me trata muy mal. Dios comprenderá que no sea cariñoso con ella». «Dios comprenderá que no haga limosnas, porque estoy pasando apuros económicos». «Dios no puede pedirme que deje a mi novia para entrar en el Seminario; me partiría el corazón».

Supón que Jesús hubiese dicho: «Dios me ama mucho; no puede pedirme que suba a la Cruz».

(TOI30J)

Esforzaos

A cada uno de nosotros nos ama Dios con amor de predilección. Por cada uno de nosotros ha enviado a la muerte a su Hijo, a fin de que no perezcamos, sino que tengamos vida eterna. Muchos de nosotros experimentamos ese amor cuando recibimos la absolución sacramental, cuando comulgamos, y cuando, en oración, nos sabemos amados con divina locura por nuestro Redentor.

Pero si creyésemos que, por el hecho de ser amados así, ya estamos salvados, y que nuestra salvación no requiere de ningún esfuerzo por parte nuestra, no sólo seríamos necios; además, nos condenaríamos, como quienes decían: Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. Que alguien tan amado por Dios, al fin, se condene, sería una verdadera tragedia.

Por eso es urgente que recordemos, en todo momento, la admonición del Señor: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. El Amor de Dios ha abierto esa puerta, la de la Cruz, para nosotros. Ahora nosotros debemos cruzarla, configurando nuestra vida con el Crucifijo. Si no mortificamos la carne, si no perdonamos las ofensas, si no sufrimos con paciencia las adversidades, si no amamos a nuestros enemigos… no nos salvaremos, por mucho que Dios nos ame.

(TOI30X)

Materia blanda

Si el Señor dice que el reino de Dios es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto, o a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, es porque, tanto la tierra del huerto como la masa, son blandos, y así pueden recibir en su interior el grano o la levadura. Nadie puede sembrar en una piedra, ni meter nada en ella.

Una persona que no escucha es como una piedra. No podrá convertirse, ni santificarse, a menos que deje de hablar y aprenda a escuchar. Tú, en la oración, ¿escuchas, o sólo hablas? ¿Acudes a algún medio de formación cristiana, donde escuches y aprendas la doctrina evangélica?

También es como una piedra el corazón duro. Quien no está dispuesto a perdonar, ni a amar a quien no le quiere, jamás podrá convertirse ni santificarse, porque el Amor misericordioso de Jesús no puede penetrar en él. ¿Hay alguna persona, o alguna ofensa, que no estés dispuesto a perdonar?

Quiera Dios que nuestros corazones sean blandos como tierra de un huerto regado, abiertos como los polvos de harina, para que el reino de Dios pueda asentarse en nosotros.

(TOI30M)

Por tu nombre

Los evangelistas consignan el nombre de los doce apóstoles (¡incluso el de Judas Iscariote!) con la misma reverencia con que, en las páginas de Antiguo Testamento, se enumeraban los nombres de las doce tribus de Israel: Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el del Alfeo, Simón, llamado el Zelote; Judas el De Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

El nombre se asocia siempre a la vocación, porque Dios llama a cada persona por su nombre de pila. Aunque muchos no lo sepan, cada uno de nosotros somos fruto de esa llamada divina. Antes de que mis padres decidieran darme el nombre, por ese nombre ya me había llamado Dios, y me había convocado a una misión. Mi vida sólo tendrá sentido en la medida en que yo conozca esa misión y en ella emplee mis días.

No estamos en este mundo por casualidad. Ni somos el mero fruto de una conjunción de células sucedida en un momento azaroso. Cada uno de nosotros hemos sido llamados. Y tenemos, cada uno, una labor que desempeñar. Reza, déjate ayudar en la dirección espiritual, y descubrirás, como descubrieron Simón y Judas, qué quería el Señor de ti cuando pronunció tu nombre.

(2810)

Rezando y pecando a la vez

parábola del fariseo y el publicanoEn ocasiones, he tenido que reprender a quien estaba confesando sus pecados, porque, en lugar de pedir perdón de sus culpas, estaba acumulando culpas nuevas. «Padre me confieso de que mi cuñado es insoportable, no hay quien lo aguante, es un pesado, y no paga sus deudas»…

El realizar una acción sagrada no nos inmuniza contra el pecado. Hay quien peca mientras reza, como el fariseo de la parábola: ¡Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros. Peca contra la humildad, y peca contra la verdad. ¿Por qué estás tan seguro de no ser como los demás? Quizá no robes bancos, pero a Dios le has robado tu vida muchas veces. Quizá no seas injusto cuando compras y vendes, pero juzgas a muchos injustamente. Quizá no hayas mancillado el lecho conyugal, pero has mancillado el Amor de Dios adulterando con tus pecados. No sólo eres soberbio. Además, mientes.

Nunca os creáis mejor que nadie. Muchas horas, y muchos años de confesonario, me han dejado una certeza que corroboro cada día: aunque cada uno tenemos nuestras especialidades a la hora de pecar, venimos a ser todos, más o menos, lo mismo: unos pobres pecadores.

(TOC30)