Evangelio 2020

septiembre 2019 – Página 2 – Espiritualidad digital

La palabra luminosa

No te extrañe que, mientras Jesús habla de la luz, nos invite a oír, en lugar de a mirar.

Nadie que ha encendido una lámpara la tapa con una vasija, sino que la pone en el candelero. Mirad, pues, cómo oís.

La luz se recibe por la vista, mientras que el oído capta las palabras. Pero si es la palabra la que alumbra, entonces la luz se recibe por el oído. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero (Sal 118, 105).

Mirad, pues, cómo oís, pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener.

Me sucede cuando rezo la Liturgia de las Horas, y a ti puede sucederte mientras lees el Evangelio. Si estoy atento a los salmos que recito, el alma se ilumina, y cada palabra que leo pasa a formar parte de mí. Entonces, tengo, y, por la luz de lo que poseo, recibo más. Sin embargo, si leo distraído, las palabras se me escapan, y hasta la poca luz que hay en mi alma se apaga por mi poco fervor.

Por eso, cuando leas, escucha, y tendrás luz. Mirad, pues, cómo oís.

(TOI25L)

Al menos, sé listo

Le diagnosticaron una enfermedad mortal e irreversible. Siendo consciente de que le quedaban apenas unos pocos años de vida, decidió gastar todos los ahorros que había acumulado en disfrutar de los placeres de que se había privado hasta entonces. Cometió pecados terribles. Después murió. Y murió solo y triste.

El que Jesús nos ponga como ejemplo a un administrador infiel que ha derrochado los bienes de su amo no es una incitación a la corrupción, sino a la astucia. La parábola parece pronunciada con cierta sensación de impotencia, como si Jesús quisiera decirnos: «Si no queréis ser santos, sed, al menos, listos».

Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Y aquel hombre fue empleando el dinero de su amo en hacer amigos que le garantizasen el futuro.

No te digo nada nuevo: vas a morir. ¿De qué te sirve exprimir los pocos años que quedan de tu vida, si después no encuentras morada donde disfrutar la eternidad? Emplea tus bienes en obras buenas, que te granjeen la amistad del Señor y de los santos, y así, cuando mueras, tendrás un hogar eterno en el Cielo.

(TOC25)

Al Capone rezando el rosario

No sé si san Mateo tendrá que ver con Eliot Ness, pero me he acordado de él. En aquellos tiempos, en que buena parte de la policía americana había sido comprada por Al Capone, se buscó a un equipo de agentes insobornables para que desmantelasen esa red de corrupción. A nadie se le hubiese ocurrido llamar a los más corruptos para eliminar el delito.

A nadie, menos al Señor. Y esta es una de las notas más sorprendentes y maravillosas del Evangelio. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores. Quiere redimir el mundo del pecado, y no viene acompañado de un batallón de querubines, sino que se rodea de publicanos y meretrices a quienes llama por su nombre.

Así llamó a Mateo, y a Saulo, y a ti, y a mí. ¿O acaso pensabas que Jesús te había elegido porque fueses bueno? Nos llamó, siendo nosotros pecadores, y nos limpió con su divina sangre, para que nosotros continuásemos su obra.

Y esa obra debe llevarte a buscar la compañía de quienes viven en pecado, a manifestarles el Amor de Cristo, y a atraerles a su Iglesia. No eres Eliot Ness: eres Al Capone rezando el rosario. ¡Impresionante!

(2109)

El amor y el bolsillo

le da la ganaEn el Evangelio, que es muy espiritual, se habla mucho de dinero: Jesús predica sobre las limosnas, se mencionan las monedas de los impuestos, se venera la pobre ofrenda de la viuda, se refiere el Maestro a la mujer que había perdido una dracma, sabemos que el perfume de la Magdalena costaba trescientos denarios… Y, hoy, volvemos sobre la ayuda económica que prestaban a Jesús las santas mujeres, de quienes nos dice san Lucas que le ayudaban con sus bienes.

Y es que el dinero, en sí mismo, no es bueno ni malo. Puede ser causa de condenación para el egoísta, como lo fue para Epulón, o puede ser ofrenda de amor para el enamorado.

No seamos espiritualistas. El amor también se mide en euros. No porque sean muchos o pocos, sino porque, cuando uno se entrega al ser amado, se entrega con lo que tiene.

Os enfadáis cuando los sacerdotes os pedimos dinero desde el ambón. Y no deberíais. Recordad que no lo pedimos para nosotros; somos los mendigos del Señor, que piden para su casa.

Te sugiero que imites a las santas mujeres, y revises hoy tu colaboración económica con tu parroquia. Te hablo de amor, no desconfíes.

(TOI24V)

Ponte en tu sitio

El sitio del discípulo está a los pies del maestro, y el sitio de la criatura a los pies del Creador. También está, a los pies del Redentor, el sitio del redimido.

Colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas. Emociona mucho contemplar a esta mujer llorando sus culpas a los pies del Señor. Como ella estamos, también nosotros, cuando, de rodillas, confesamos nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia. No nos arrodillamos ante el sacerdote, sino ante Cristo. Aunque me pregunto si lo hacemos con la misma gratitud que esta mujer.

Veo, en ocasiones, a muchos que confiesan sus pecados con aburrimiento. Después del consabido «Ave María purísima», parecen decir: «Padre, vengo a decirle lo de siempre, para que usted me diga lo de siempre, me imponga la penitencia de siempre, y yo, cuando me marche, vuelva a hacer lo mismo, como siempre».

No dejes que se introduzca la rutina en tus confesiones. Pide al Señor una contrición verdadera, un firme propósito de enmienda, y una gratitud infinita al recibir la absolución. No es necesario que empapes con tus lágrimas al sacerdote. Pero, al menos, llora un poco por dentro.

(TOI24J)

Los hijos de la Sabiduría

En este mundo, hay hijos de la sabiduría e hijos de la estupidez. Todo depende de quién le dé a uno a luz. Son hijos de la estupidez aquéllos que, creyéndose sabios, se convierten en ley para sí mismos. Lo peor no es que obren según sus antojos; lo peor es que se obstinan en pensar que siempre tienen razón. Jamás les oirás decir: «Me has convencido; estaba equivocado».

Los hijos de la Sabiduría (lo escribiré con mayúscula) son los hijos del Espíritu. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará (Jn 16, 14-15). No se fían nunca de su criterio, porque son humildes. Todo lo reciben de Dios, y lo acogen para obrar según Él.

Todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón. Ellos dan la razón a Dios; lloran cuando Dios llora, y ríen cuando ríe Dios. Tan acompasados están sus corazones con el sagrado corazón de Jesús, que ya nada hacen por su cuenta. La Virgen María era así. Por eso la llamamos «Trono de Sabiduría».

(TOI24X)

El peso que lleva el «pesado»

¿Qué es un «pesado»? Respuesta: Alguien a quien le preguntas cómo está, y va y te lo cuenta.

Normalmente, la respuesta estándar a la pregunta «¿cómo estás?» es «bien, gracias». Pero si alguien te responde: «verás…», prepárate a escuchar un cúmulo de desgracias. Son menos peligrosos los que responden, directamente: «¡fatal!», porque esos no quieren hablar.

Es conmovedor cómo el Señor iba en busca de los problemas ajenos. No es que no huyera de ellos, sino que los buscaba y los tocaba. Sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Y acercándose al ataúd, lo tocó.

¿Qué es un cristiano? Respuesta: Alguien que no huye del «pesado», sino que se acerca al hermano que sufre, se compadece de él, lo escucha y comparte su dolor. Quizá no pueda solucionar sus problemas (casi nunca podemos), pero, al tocar el dolor ajeno, lo alivia, porque, en este mundo, las alegrías se multiplican y las penas se dividen. Después, el cristiano presenta a Cristo el dolor del hermano afligido, y con un «apiádate de él» hace más que todos los solucionadores de problemas juntos.

(TOI24M)