Libros de José Fernando Rey Ballesteros

septiembre 2019 – Página 2 – Espiritualidad digital

Mejor san Juan que don Juan

«Yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí, yo los claustros escalé, y en todas partes dejé memoria amarga de mí».

Don Juan Tenorio lo dijo. Muchos otros se han encargado de cumplirlo. Son personas que, vayan donde vayan, dejan un reguero de amargura. Sólo hablan de sí mismos, y, cuando hablan de los demás, es para criticar y difamar. Su actitud es siempre negativa, y sólo sonríen cuando se burlan de otros. Hablas con ellos, y te queda un sabor amargo en el corazón, como si hubieras pisado lo que no debías.

Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.

¡Qué diferencia! Allá por donde pasaban, los apóstoles dejaban un reguero de alegría, de optimismo, de espíritu sobrenatural. Hablaban de Dios, confortaban a los afligidos, y anunciaban un Amor capaz de renovar la tierra. Cuando se marchaban, el pueblo parecía iluminado y cubierto de paz.

Mejor imitar a san Juan que a don Juan, ¿verdad? Ojalá puedan decir, quienes están contigo, que da gusto tenerte cerca, que es reconfortante oírte hablar, y que es consolador sufrir a tu lado. Deja recuerdo de Dios a tu paso.

(TOI25X)

Diálogo entre el Maestro y el discípulo

En ocasiones, me gustaría estar presente mientras Jesús habla, y preguntarle. Afortunadamente, lo puedo hacer, porque el Evangelio es palabra viva. Y, así, cuando el Señor dice: Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen, le interrumpo.

– Pero, Rabbí, la palabra de Dios dice: Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo (Lev 19, 2). ¿Cómo puedo cumplirla, si esa santidad está completamente fuera de mi alcance? ¡No puedo ser santo!

– Dices eso –me responde el Maestro– porque ves la palabra de Dios escrita en piedra, mientras tu corazón está lleno de tinieblas. Pero yo inscribiré la palabra de Dios en tu corazón por el Paráclito que os enviaré. Y, entonces, ella cumplirá cuanto dice. Cumplir la palabra de Dios es dejar que ella se cumpla en ti.

– Ahora entiendo: si escucho la palabra con ese Espíritu de adoración, y la guardo en lo profundo de mi alma, ella me fecundará, y crecerá dentro de mí. Si la acojo con ese fervor, después será dada a luz en obras de santidad. Y así, como la Palabra eres Tú, seré yo madre tuya.

– No estás lejos del reino de Dios.

(TOI25M)

La palabra luminosa

No te extrañe que, mientras Jesús habla de la luz, nos invite a oír, en lugar de a mirar.

Nadie que ha encendido una lámpara la tapa con una vasija, sino que la pone en el candelero. Mirad, pues, cómo oís.

La luz se recibe por la vista, mientras que el oído capta las palabras. Pero si es la palabra la que alumbra, entonces la luz se recibe por el oído. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero (Sal 118, 105).

Mirad, pues, cómo oís, pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener.

Me sucede cuando rezo la Liturgia de las Horas, y a ti puede sucederte mientras lees el Evangelio. Si estoy atento a los salmos que recito, el alma se ilumina, y cada palabra que leo pasa a formar parte de mí. Entonces, tengo, y, por la luz de lo que poseo, recibo más. Sin embargo, si leo distraído, las palabras se me escapan, y hasta la poca luz que hay en mi alma se apaga por mi poco fervor.

Por eso, cuando leas, escucha, y tendrás luz. Mirad, pues, cómo oís.

(TOI25L)

Al menos, sé listo

Le diagnosticaron una enfermedad mortal e irreversible. Siendo consciente de que le quedaban apenas unos pocos años de vida, decidió gastar todos los ahorros que había acumulado en disfrutar de los placeres de que se había privado hasta entonces. Cometió pecados terribles. Después murió. Y murió solo y triste.

El que Jesús nos ponga como ejemplo a un administrador infiel que ha derrochado los bienes de su amo no es una incitación a la corrupción, sino a la astucia. La parábola parece pronunciada con cierta sensación de impotencia, como si Jesús quisiera decirnos: «Si no queréis ser santos, sed, al menos, listos».

Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Y aquel hombre fue empleando el dinero de su amo en hacer amigos que le garantizasen el futuro.

No te digo nada nuevo: vas a morir. ¿De qué te sirve exprimir los pocos años que quedan de tu vida, si después no encuentras morada donde disfrutar la eternidad? Emplea tus bienes en obras buenas, que te granjeen la amistad del Señor y de los santos, y así, cuando mueras, tendrás un hogar eterno en el Cielo.

(TOC25)

Al Capone rezando el rosario

No sé si san Mateo tendrá que ver con Eliot Ness, pero me he acordado de él. En aquellos tiempos, en que buena parte de la policía americana había sido comprada por Al Capone, se buscó a un equipo de agentes insobornables para que desmantelasen esa red de corrupción. A nadie se le hubiese ocurrido llamar a los más corruptos para eliminar el delito.

A nadie, menos al Señor. Y esta es una de las notas más sorprendentes y maravillosas del Evangelio. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores. Quiere redimir el mundo del pecado, y no viene acompañado de un batallón de querubines, sino que se rodea de publicanos y meretrices a quienes llama por su nombre.

Así llamó a Mateo, y a Saulo, y a ti, y a mí. ¿O acaso pensabas que Jesús te había elegido porque fueses bueno? Nos llamó, siendo nosotros pecadores, y nos limpió con su divina sangre, para que nosotros continuásemos su obra.

Y esa obra debe llevarte a buscar la compañía de quienes viven en pecado, a manifestarles el Amor de Cristo, y a atraerles a su Iglesia. No eres Eliot Ness: eres Al Capone rezando el rosario. ¡Impresionante!

(2109)