Libros de José Fernando Rey Ballesteros

septiembre 2019 – Espiritualidad digital

La importancia de ser pequeño

Todos queremos ser importantes. Y el que diga que no, miente. Puedes llamarlo autoestima, si prefieres. Pero tú también quieres ser importante. No somos tan distintos de los apóstoles:

Se suscitó entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.

Hasta ahí, no hablamos más que de la condición humana. Pero también es necesario decir que hay distintas formas de ser importantes. Y eso es lo que diferencia a los adultos de los niños. El adulto quiere ser importante por sus méritos. Y procura, para lograrlo, ser más que los demás, saber más, tener más o aparentar más. Su forma de ser importante consiste en ser grande, más grande que el resto. El niño, sin embargo, es importante por su pequeñez: suscita ternura, y devuelve al adulto a la niñez, con lo cual se gana su corazón.

El que acoge a este niño en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante.

Ojalá suscites la ternura de Dios por tu desvalimiento, y devuelvas a los adultos a la niñez por tu inocencia. Entonces serás importante para Dios.

(TOI26L)

Tan pobre como Lázaro

La parábola de Lázaro y Epulón es la historia de un hombre tan pobre, tan pobre, que sólo tenía a Dios.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.

¡Qué paradoja! Quien ni siquiera recibía las migas de la mesa del rico, sin embargo alimentaba a los perros con sus llagas. Tan pobre era, que ni su propia sangre le pertenecía. ¿Te recuerda a Alguien?

Quizá Epulón creía en Dios. Quizá rezaba. Puede que tuviera a Dios, pero lo tenía como «una cosa más», entre las miles de cosas que poblaban su vida. Quizá no se conformaba con ser rico en bienes materiales, y deseaba tener igualmente bien alimentado el espíritu. Pero, cuando se tiene a Dios, y se tienen mil cosas más, Dios suele quedar sepultado entre cosas.

Tú tienes cosas… Tienes que usarlas, pero no las hagas tuyas; sé capaz de vivir sin ellas. Porque, si quieres salvarte, debes ser como Lázaro: tan pobre, tan pobre, que sólo tengas a Dios, y no puedas prescindir de Él para nada.

(TOC26)

Un Cristo en tu cruz

La Cruz da miedo. El Crucifijo enamora.

No hay que avergonzarse del miedo que suscita la Cruz. Es el mismo miedo que tenemos a la muerte, y tampoco hay que avergonzarse del miedo a la muerte. Jesús, cuando, en Getsemaní, vio de lejos la Cruz, sintió pavor y angustia. Y sudó sangre. Y tiritó como un niño. También los apóstoles, ante el anuncio de la Cruz, no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto. Algo sí habrían captado, cuando les daba miedo preguntar. San Lucas es muy bueno.

Cuando Jesús tuvo cerca la Cruz, la abrazó con todas sus fuerzas, y se dejó clavar en ella. Así la convirtió en Crucifijo.

Tú tienes miedo a la Cruz, y yo también. Por eso necesario que la miremos de cerca, en lugar de temblar desde lejos. Vence el miedo, acércate, hasta que veas el cuerpo de tu Salvador clavado en esa cruz. Míralo despacio, enamórate. Él está en tu cruz, te espera en ella, para que no sea para ti lugar de dolor, sino de Amor.

Ya no tengo miedo. Un Cristo en mi cruz me invita a abrazarlo.

(TOI25S)

La demoscopia y la verdad

La demoscopia no la hemos inventado nosotros. Incluso Jesús realizaba sus sondeos. Le bastaba preguntar a los discípulos, quienes estaban muy al corriente de los dimes y diretes de los pueblos.

«¿Quién dice la gente que soy yo?». Ellos contestaron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas».

Si yo hago la misma pregunta, seguro que encuentro incluso a quien me dice que Jesús de Nazaret fue un extraterrestre enviado para dejar a los terrícolas con la boca abierta.

Pero nada de eso cambia la realidad. Jesús no hacía esas preguntas para satisfacer los deseos de la gente, sino para probar a los discípulos.

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro respondió: «El Mesías de Dios».

Bendito Pedro. No escuchaba a los hombres, sino al Dios que le susurraba la verdad en lo profundo de su corazón. Sabía que las corrientes de opinión no fabrican la verdad. Y que, si uno quiere conocer la verdad, no debe escuchar a los hombres, sino a Dios.

¿Quién eres tú? Tú no eres lo que los demás piensen de ti. Eres lo que eres delante de Dios. Nada más. Y nada menos.

(TOI25V)

Será por ganas…

El Evangelio está lleno de personas que tenían ganas de ver a Jesús. Nicodemo deseó conocer al Señor, aunque a escondidas. Lo conoció, y salió desconcertado, pero su vida no cambió hasta que perdió los respetos humanos y se acercó a la Cruz. Zaqueo también deseaba ver a Jesús. Lo animaba una cierta curiosidad, y, quizá, una secreta intuición interior. Subió a un árbol, a la vista de todos; y, cuando Jesús le pidió que lo acogiese en su casa, lo hizo, también, a la vista de todos. Su vida cambió por completo, y se llenó de alegría.

De Herodes nos dice el Evangelio que, al enterarse de los milagros de Jesús, tenía ganas de verlo. Pero sus deseos eran los de un burgués aburrido y temeroso. Buscaba en Jesús algo parecido a un espectro, o a un mono de feria. Lo vio, se burló de Él, y ese encuentro le sirvió más para condenarse que para salvarse.

No basta con las ganas; es necesaria, también, una limpieza de corazón. Pero las ganas son necesarias. ¿Por qué hoy, incluso entre los cristianos, es difícil encontrar a quien sufra por no poder ver a Jesús? ¿Acaso nadie quiere ir al cielo?

(TOI25J)