Libros de José Fernando Rey Ballesteros

septiembre 2019 – Espiritualidad digital

Al Capone rezando el rosario

No sé si san Mateo tendrá que ver con Eliot Ness, pero me he acordado de él. En aquellos tiempos, en que buena parte de la policía americana había sido comprada por Al Capone, se buscó a un equipo de agentes insobornables para que desmantelasen esa red de corrupción. A nadie se le hubiese ocurrido llamar a los más corruptos para eliminar el delito.

A nadie, menos al Señor. Y esta es una de las notas más sorprendentes y maravillosas del Evangelio. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores. Quiere redimir el mundo del pecado, y no viene acompañado de un batallón de querubines, sino que se rodea de publicanos y meretrices a quienes llama por su nombre.

Así llamó a Mateo, y a Saulo, y a ti, y a mí. ¿O acaso pensabas que Jesús te había elegido porque fueses bueno? Nos llamó, siendo nosotros pecadores, y nos limpió con su divina sangre, para que nosotros continuásemos su obra.

Y esa obra debe llevarte a buscar la compañía de quienes viven en pecado, a manifestarles el Amor de Cristo, y a atraerles a su Iglesia. No eres Eliot Ness: eres Al Capone rezando el rosario. ¡Impresionante!

(TOI24S)

El amor y el bolsillo

le da la ganaEn el Evangelio, que es muy espiritual, se habla mucho de dinero: Jesús predica sobre las limosnas, se mencionan las monedas de los impuestos, se venera la pobre ofrenda de la viuda, se refiere el Maestro a la mujer que había perdido una dracma, sabemos que el perfume de la Magdalena costaba trescientos denarios… Y, hoy, volvemos sobre la ayuda económica que prestaban a Jesús las santas mujeres, de quienes nos dice san Lucas que le ayudaban con sus bienes.

Y es que el dinero, en sí mismo, no es bueno ni malo. Puede ser causa de condenación para el egoísta, como lo fue para Epulón, o puede ser ofrenda de amor para el enamorado.

No seamos espiritualistas. El amor también se mide en euros. No porque sean muchos o pocos, sino porque, cuando uno se entrega al ser amado, se entrega con lo que tiene.

Os enfadáis cuando los sacerdotes os pedimos dinero desde el ambón. Y no deberíais. Recordad que no lo pedimos para nosotros; somos los mendigos del Señor, que piden para su casa.

Te sugiero que imites a las santas mujeres, y revises hoy tu colaboración económica con tu parroquia. Te hablo de amor, no desconfíes.

(TOI24V)

Ponte en tu sitio

El sitio del discípulo está a los pies del maestro, y el sitio de la criatura a los pies del Creador. También está, a los pies del Redentor, el sitio del redimido.

Colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas. Emociona mucho contemplar a esta mujer llorando sus culpas a los pies del Señor. Como ella estamos, también nosotros, cuando, de rodillas, confesamos nuestros pecados en el sacramento de la Penitencia. No nos arrodillamos ante el sacerdote, sino ante Cristo. Aunque me pregunto si lo hacemos con la misma gratitud que esta mujer.

Veo, en ocasiones, a muchos que confiesan sus pecados con aburrimiento. Después del consabido «Ave María purísima», parecen decir: «Padre, vengo a decirle lo de siempre, para que usted me diga lo de siempre, me imponga la penitencia de siempre, y yo, cuando me marche, vuelva a hacer lo mismo, como siempre».

No dejes que se introduzca la rutina en tus confesiones. Pide al Señor una contrición verdadera, un firme propósito de enmienda, y una gratitud infinita al recibir la absolución. No es necesario que empapes con tus lágrimas al sacerdote. Pero, al menos, llora un poco por dentro.

(TOI24J)

Los hijos de la Sabiduría

En este mundo, hay hijos de la sabiduría e hijos de la estupidez. Todo depende de quién le dé a uno a luz. Son hijos de la estupidez aquéllos que, creyéndose sabios, se convierten en ley para sí mismos. Lo peor no es que obren según sus antojos; lo peor es que se obstinan en pensar que siempre tienen razón. Jamás les oirás decir: «Me has convencido; estaba equivocado».

Los hijos de la Sabiduría (lo escribiré con mayúscula) son los hijos del Espíritu. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará (Jn 16, 14-15). No se fían nunca de su criterio, porque son humildes. Todo lo reciben de Dios, y lo acogen para obrar según Él.

Todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón. Ellos dan la razón a Dios; lloran cuando Dios llora, y ríen cuando ríe Dios. Tan acompasados están sus corazones con el sagrado corazón de Jesús, que ya nada hacen por su cuenta. La Virgen María era así. Por eso la llamamos «Trono de Sabiduría».

(TOI24X)

El peso que lleva el «pesado»

¿Qué es un «pesado»? Respuesta: Alguien a quien le preguntas cómo está, y va y te lo cuenta.

Normalmente, la respuesta estándar a la pregunta «¿cómo estás?» es «bien, gracias». Pero si alguien te responde: «verás…», prepárate a escuchar un cúmulo de desgracias. Son menos peligrosos los que responden, directamente: «¡fatal!», porque esos no quieren hablar.

Es conmovedor cómo el Señor iba en busca de los problemas ajenos. No es que no huyera de ellos, sino que los buscaba y los tocaba. Sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Y acercándose al ataúd, lo tocó.

¿Qué es un cristiano? Respuesta: Alguien que no huye del «pesado», sino que se acerca al hermano que sufre, se compadece de él, lo escucha y comparte su dolor. Quizá no pueda solucionar sus problemas (casi nunca podemos), pero, al tocar el dolor ajeno, lo alivia, porque, en este mundo, las alegrías se multiplican y las penas se dividen. Después, el cristiano presenta a Cristo el dolor del hermano afligido, y con un «apiádate de él» hace más que todos los solucionadores de problemas juntos.

(TOI24M)