Libros de José Fernando Rey Ballesteros

agosto 2019 – Página 2 – Espiritualidad digital

La triple ceguera

Por triplicado aparece, en el evangelio de hoy, una misma palabra: «ciegos». ¡Ay de vosotros, guías ciegos!… ¡Necios y ciegos!… ¡Ciegos!

Habrá que darse por aludido, ante la triple repetición. Porque las tres veces va la palabra referida a lo mismo: a la soberbia, que ciega el corazón del hombre y lo hace incapaz de reconocer su propia enfermedad.

El soberbio siempre tiene razón. Cuando se equivoca, tiene el doble de razón. Y, cuando los demás le dicen que se equivoca, entonces tiene el triple de razón. Por eso era necesario que, por tres veces, le señalara Jesús su ceguera. A ver si, así…

A ver si, así… Porque no basta con reconocer que eres soberbio. Si dices «soy muy soberbio» (para que así los demás crean que eres humilde), pero luego no eres capaz de dar el brazo a torcer en nada, acabarás diciendo: «¡Soy muy soberbio, pero en esto tengo razón!». Claro, claro, en «esto» y en todo lo demás. Tú dices «soy muy soberbio», pero cuando soy yo quien te dice: «¡Qué soberbio eres, Manolo!», te pones hecho una furia. ¿No lo reconocías tú? Entonces, ¿por qué te enfadas cuando te lo digo yo?

¡Ciego! ¡Ciego! ¡Ciego!

(TOI21L)

La salvación «por contacto»

Algunos piensan que la salvación se obtiene por contacto, o por proximidad. Si uno pasa tiempo en la iglesia, si asiste a misa, o le besa los pies del crucifijo de la capilla… ¡Zas! ¡Al cielo! Y si, además, invita a comer al sacerdote, es posible que le reserven un pequeño palco en el reino. No es broma; así pensaban quienes, en palabras de Jesús, le dijeron a Dios tras verse condenados:

Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.

La respuesta del amo es terrible: No sé de dónde sois. Es decir: «Has comido a mi lado, pero no has vuelto a nacer para Dios. ¿De dónde eres? ¿A quién sirves?».

El contacto es importante, porque el roce hace el cariño. Claro que hay que venir a la iglesia, y escuchar la predicación, y besar los pies del crucifijo. Lo de invitar al sacerdote a comer… no sé; no es obligatorio.

Pero si no dejas que ese contacto te contagie, si no te conviertes tú en un crucifijo, si no entras por la puerta estrecha… Entonces tendré que decirte que también los soldados que crucificaron al Señor lo tocaron. Y ojalá nunca lo hubiesen tocado.

(TOC21)

Intimidades

Jamás sabremos qué sucedió bajo aquella higuera. Yo llevo años preguntándomelo, y preguntándolo, y continúo sin respuesta. No sé si ese dato formará parte de la gloria accidental de los bienaventurados, aunque me voy convenciendo de que, ni siquiera en el cielo, sabremos qué ocurrió.

Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.

Ese momento, sagrado en la vida de Bartolomé, debe permanecer en la intimidad de amor entre Cristo y Él. El que, en nuestros días, hayamos perdido el pudor, y publiquemos en las redes sociales, ante el universo mundo, los detalles más íntimos de nuestras vidas en busca de «likes», es nuestra propia desgracia. No le abramos a Natanael una cuenta en Facebook.

Ojalá tengas, tú también, momentos de secreta intimidad con el Señor, y los escudriñes en lo más profundo de tu corazón, sin contarlos jamás a nadie que no sea el confesor. Esos momentos son los que convierten en romance la oración, y los que, secretamente, acaban transformando la vida. Quien no tiene secretos de amor con Dios no tiene verdadera vida espiritual.

Dejaré de preguntarle a Bartolomé por la higuera. También yo tengo mis secretos, y no admito preguntas.

(2408)

Fuego que devora

Dice el Deuteronomio que el Señor, tu Dios, es fuego devorador (Dt 14, 24). Y el propio Señor dice de Sí mismo: He venido a prender fuego a la tierra (Lc 12, 49).

Necesitas ese Fuego, porque no puedes amar a Dios como Dios quiere ser amado: Con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Puedes amarlo, pero, en tu corazón, siempre quedan otros «amores» que rivalizan con el amor a Dios; en tu alma sigue habiendo sitio para el pecado, y, en ese sitio, Dios no está; en tu mente sigue habiendo lugar para tus preocupaciones, tus planes y tus rencores. ¿Lo ves? No amas a Dios como debieras.

Amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, significa llenarte de Él. Y desterrar para siempre todo afecto desordenado, todo pensamiento que no sea oración, todo pecado –incluso venial–, y toda preocupación que no sea Dios.

Pídele al Espíritu Santo que venga a ti como fuego devorador; y que abrase, purifique y consuma todo lo que hay en ti que te aparte de Él. Porque ese primer mandamiento de la Ley sólo se cumplirá si te dejas quemar.

(TOI20V)

La corona de la Virgen de Fátima

Cuando, en el santo rosario, llamamos a la Virgen «reina», desgranamos su reinado, y decimos: «reina de los ángeles, reina de los patriarcas, reina de los profetas, reina de los apóstoles, reina de los mártires, reina de los confesores, reina de las vírgenes, reina de todos los santos…». Pero yo me quedo con el último de sus títulos: «Reina de la paz».

Porque el saber que los destinos del mundo, y mi destino personal, están en sus manos, me llena de paz.

También a vosotros. El poder de la Virgen María no es un poder simbólico, como si la hubieran nombrado «reina de las fiestas». Es un poder misterioso, pero real, muy real. Ante un solo movimiento de sus ojos, llevados al cielo, todos los coros angélicos comparecen ante ella, dispuestos a obedecer sus órdenes.

La Virgen de Fátima tiene una corona preciosa. En esa corona engastaron la bala que obedeció a sus designios cuando penetró en el cuerpo de san Juan Pablo II, y cambió su trayectoria para respetar la vida del pontífice. Esa corona grita, dulcemente, al mundo, que el poder de la Virgen santísima es real: «Al final, mi corazón inmaculado triunfará». ¿No os llena de paz?

(2208)