Evangelio 2020

agosto 2019 – Espiritualidad digital

Ese empeño que tienen los humanos…

Hace pocos días lo he vuelto a escuchar. Nunca digo nada, no respondo, por no faltar al respeto, pero siempre me quedo rezando. «No fumaba, no bebía, hacía deporte, cuidaba su alimentación… y se ha muerto». No sé… No me es fácil entender «ese empeño que tienen los humanos / de morirse perfectamente sanos».

Quizá, como no creemos en el más allá, soñamos con estirar el «más acá» hasta convertirlo en eterno, y, secretamente, pensamos que, si nos cuidamos, no moriremos. En lugar de privarnos de satisfacciones por Dios, ayunamos y guardamos abstinencias terribles por una salud que siempre, al final, nos paga con la muerte.

Debemos cuidar el cuerpo, que es templo de Dios. Pero también debemos recordar que el cuerpo, y la salud, se nos han dado para los gastemos, no para que los conservemos en formol hasta que se pudran.

Tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo. ¿De verdad piensas que agradarás a Dios por presentarle, al final de tu vida, un cadáver hermoso libre de colesterol? Más te valdría presentar un cuerpo gastado, consumido y entregado a Dios y al prójimo, como un crucifijo.

¡No tengas tanto miedo, hombre!

(TOI21S)

¡Que llega el esposo!

¡Cuántas veces, en los santos evangelios, nos invita el Señor a permanecer en vela, esperando su llegada! Y ¡cuántas veces, al escuchar esa advertencia, pensamos en su segunda venida, al final de los tiempos, o, en el mejor de los casos, en el día de nuestra muerte, que siempre nos parece tan lejano!

¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!

«Bueno, bueno… ya llegará». Y, entre un «ya llegará» y un «hoy no ha llegado», se nos pasa por alto que el Señor viene a nosotros cada día, cuando comulgamos.

Llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas. Si nos preparamos, si llegamos pronto a misa para recogernos antes de que comience, si la comunión nos encuentra en gracia de Dios, llenos de fervor y de hambre de Cristo, ¡qué banquete tan dulce y precioso tiene lugar en el fondo del alma, cuando se han cerrado las puertas y el Pastor y la oveja quedan a solas! Pero, si la comunión nos encuentra distraídos, dormidos, pensando en nuestras cosas y disipados, entonces nos quedamos fuera del alma, a las puertas, y lo que debería ser comunión se convierte en mera deglución.

¡Velad!

(TOI21V)

Sed magis amica veritas

En «Camino», san Josemaría Escrivá dejó escrito: «No tengas miedo a la verdad, aunque la verdad te acarree la muerte» (n. 34). Viene muy a cuento la cita, en la memoria del martirio de san Juan Bautista.

Al profeta Jeremías le dijo el Señor: Prepárate para decirles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo, o seré yo quien te intimide (Jer 1, 17). Y Jeremías, obediente a la voz de Dios, dijo al pueblo lo que el pueblo no quería oír, aunque por ello sufriera persecución.

Juan le decía a Herodes que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Y Herodes, instigado por Herodías, lo mandó matar. Pero para Juan, como para Jeremías, la verdad era mejor amiga, incluso, que la vida.

No dejes que pase esta fiesta sin haber hecho un propósito firme: En adelante, que la verdad sea siempre tu amiga, y la mentira tu peor enemiga. Si, por decir la verdad, tienes que sufrir, sufre con santo orgullo, como el Señor y los santos. Jamás mientas; ni en lo más pequeño; ni para un fin «supuestamente» bueno. Que poco bien puede salir cuando le pides prestada un arma al Demonio.

(2908)

Sepulcros y crucifijos

La imagen de los sepulcros blanqueados, empleada por el Señor para describir la hipocresía de los escribas y fariseos, es la imagen de la muerte que resplandece:

¡Os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre.

Hermoso por fuera, podrido por dentro. No se llega a entender el terrible alcance de esa imagen hasta que no se confronta con la Cruz alzada en el Calvario.

Por fuera, ignominia, sangre, esputos, barro, heridas, y muerte que recorre el cuerpo entero… Sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros (Is 53, 2-3). Sin embargo, asómate a la llaga del costado, y mira por dentro: ¡Qué torrente de luz! ¡Qué limpieza, la del agua que brota de esa fuente! ¡Qué vigor, el de la vida eterna que alumbra esa sangre!

En cuanto a ti, y a mí… Ojalá nos parezcamos más al Crucifijo que a los sepulcros blanqueados: así sucederá, si acariciamos nuestra carne con la Cruz, y la mortificamos, mientras velamos, sobre todo, por la pureza de nuestras almas frecuentando los sacramentos.

(TOI21X)

Hay un camello en mi sopa

Cuando se trataba de hacer comparaciones hiperbólicas, al Señor le encantaban los camellos. Comparó la dificultad de los ricos para salvarse con la que tiene un camello para pasar por el ojo de una aguja. Y, para denunciar la hipocresía de los fariseos, volvió a echar mano del cuadrúpedo con joroba:

¡Guías ciego, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello!

Es como para imaginárselo. Tú llamas al camarero: «Garçon, hay un mosquito en mi sopa». Y el camarero te cambia la sopa, y te trae otro plato en el que encuentras a un camello haciendo largos en la sopa como si fuera una piscina. Metes la cuchara, coges al camello entero y te lo embaúlas. Luego te limpias con la servilleta, y tan tranquilo.

El cuidado y la finura en los pequeños detalles es señal de un amor grande, cuando va acompañado de un odio verdadero al pecado mortal. Pero si, mientras cuidas la puntualidad en la oración y trazas con tiralíneas cada una de tus genuflexiones, luego llegas a casa y te tragas, ante el televisor, todas esas obscenidades que ponen en peligro tu pureza… Me parece que lo del camello, al final, no era una exageración.

(TOI21M)