Libros de José Fernando Rey Ballesteros

julio 2019 – Espiritualidad digital

Una alarma veraniega

Hoy suenan las palabras del Señor como sirena de alarma. No hay fuego, no te asustes; pero hay peligro.

¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza.

Se queja el Señor de que las ciudades más favorecidas con milagros son las que han hecho menos penitencia.

Quienes leéis estas líneas, seguramente, habéis sido muy favorecidos por Dios. Yo también. Y escucho las palabras de Jesús sobre estas ciudades como sirena de alarma: ¿Nos estamos mortificando durante el verano?

En estas fechas de calor y vacaciones, es fácil dejarse llevar por la pereza y la molicie, y, con la excusa del descanso, darle a la carne todo lo que pide. «Luego me levanto, que no tengo que trabajar. Una cerveza… otra cerveza… otra de gambas. Una siesta larga, que es verano. Una copa con los amigos… otra copa, que es verano. Luego me levanto, que me acosté tarde»…

¡Ponte en guardia! Descansar no significa abandonarse. Dios ha hecho maravillas contigo. Que no se queje de que no te conviertes, porque hace calor y estás de vacaciones.

(TOI15M)

Tu carnet de cristiano

Cuando conduces, llevas el carnet de conducir. Cuando vas a la Universidad, el carnet de estudiante. Cuando vas al fútbol, el carnet de socio. Y, cuando usas el transporte público, la tarjeta de usuario.

Sin embargo, cuando te bautizaron, nadie te dio ningún carnet. No existe el carnet de cristiano.

Porque ejerces de conductor cuando conduces; de estudiante, cuando asistes a las clases; de socio del club, cuando vas al estadio; y de usuario del transporte público, cuando viajas. Sin embargo, de cristiano ejerces siempre. Por eso, en lugar de un carnet, llevas un sello indeleble en el alma que fue impreso el día de tu bautismo. Ese sello lo llevarás hasta en el Cielo.

Aquí, en la Tierra, tu carnet de cristiano es tu vida. Eres embajador de Cristo. El que os recibe a vosotros me recibe a mí. Y muchos sabrán de Cristo lo que sepan de ti.

Jamás ocultes tu amor a Dios. Quienes te rodean deben saber que eres cristiano, porque un embajador no se avergüenza de su embajada. Recuerda que tienes una gran responsabilidad. Deja bien a Cristo; compórtate de tal manera que los hombres conozcan cómo los ama Jesús al saberse amados por ti.

(TOI15L)

Los sacerdotes en la parábola del buen samaritano

Perdonad si dirijo mi comentario de hoy, sobre todo, a los sacerdotes. Pero en algún momento habrá que reparar en ellos cuando leemos la parábola del buen samaritano.

Hay dos sacerdotes en la parábola, aunque sólo a uno se le identifica como tal. Y ¡menudo papelón, el suyo!:

Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.

Le pido al Señor, con toda mi alma, que jamás estemos los sacerdotes tan ocupados en las «cosas de Dios», que olvidemos a los hijos de Dios; que nos detengamos para confesar a quien nos lo pida, aunque lo pida a destiempo; que jamás aleguemos estar muy ocupados para eludir la visita a un enfermo.

Al segundo sacerdote de la parábola lo llaman posadero, pero es sacerdote.

Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva.

En nuestras manos ha dejado Cristo a sus enfermos. Debemos curarlos con la absolución sacramental y alimentarlos con la Eucaristía. Y, si se nos va la vida absolviendo pecadores, bautizando niños, y celebrando misas, gran recompensa recibiremos cuando el Señor vuelva. En la posada de la Iglesia, somos los posaderos de Cristo.

(TOC15)

La santa indiscreción

¿Sabes en qué se distingue la verdadera vida espiritual de su sucedáneo burgués? En la indiscreción.

Lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea.

Hay una espiritualidad tan secreta, tan secreta, que poco tiene de verdadera vida interior. El burgués «piadoso» frecuenta iglesias y capillas, visita los sagrarios, y allí cree escuchar palabras que Dios le susurra al oído. Le producen satisfacción sensible, incluso derrama lágrimas, pero no habla de ello con nadie, salvo con su confesor, o con otros burgueses «piadosos» con quienes mantiene «diálogos de carmelitas». No siente deseo de comunicar su secreto a quienes no creen, porque no es fuego lo que lleva en el alma, sino miel.

El santo recibe en su oración palabras que Dios le susurra al oído. Pero, al recibirlas, le queman por dentro, y experimenta un deseo incontenible de anunciar al mundo entero el Amor de Dios. Por eso sale de casa, como poseído por un ardor incontenible, busca en calles y plazas a quienes no conocen a Cristo, y anuncia la buena noticia a las ovejas perdidas de Dios. No es mérito, es necesidad. ¡Ay de mí, si no anuncio el evangelio! (1Cor 9, 16).

Ojalá fueras más indiscreto.

(TOI14S)

¿Por qué te enfadas?

Vas de decepción en decepción, y, al final, terminas disgustado con todo el mundo. Te quejas de tu familia, de tus amigos, de tus compañeros de trabajo, de la situación política, de lo mal que te han tratado en el restaurante, y de lo mal que conduce el de ese Renault rojo que se te ha puesto delante en la autopista.

Ahora te quejarás también de mí, pero déjame decirte que la culpa es tuya. ¿Por qué esperas nada de las criaturas?

¡Cuidado con la gente! Porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas… El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo…

Da gracias de que aún no te ha sucedido nada de eso. Pero aprende que este mundo está tocado por el pecado, como lo estás también tú. ¿Qué puedes esperar de personas pecadoras? Les estás pidiendo más de lo que pueden dar. Muchas de esas personas, como tú, luchan cada día por ser mejores, pero no lo consiguen. ¿Lo consigues tú?

Anda, vuelve a la realidad. Ama a todos con amor de misericordia, no esperes nada de nadie… Y espéralo todo de Dios. Él es el único que no te fallará.

(TOI14V)