Evangelio 2020

julio 2019 – Espiritualidad digital

La fe sin air-bag de serie

Si una persona vende el coche para comprar un diamante, se quedará sin coche, pero aún le quedan el dinero, el piso, el reloj, y las joyas de la abuela. Puede seguir defendiéndose en esta vida. Así sueñan algunos con una fe provista de air-bag, de un sistema de compensaciones para el caso de que les falle la religión. Tienen a Dios, pero, por si acaso no les satisface, ya se cuidan de que no les falten bienes materiales que hagan la vida más llevadera. Al final, acaban entregados a esos bienes, porque a Dios nunca lo tuvieron.

El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.

Si alguien vende cuanto tiene para comprar algo, lo que ha comprado será su único tesoro, y tendrá que vivir de él, o morir. No le queda nada más.

Así es Cristo: si lo quieres abrazar, si quieres que sea tu Señor y tu Dios, tendrás que vivir con Él, de Él y para Él. No podrás tener otro tesoro fuera de Él, porque Él te llevará la vida entera.

(TOI17X)

El campo es tu alma

¿Por qué te quejas tanto de los demás? ¿Por qué despotricas tanto de lo mal que está el mundo? Mírate por dentro, y dime si no ves, dentro de ti, el mismo panorama que hay a tu alrededor. ¿Acaso hay algo fuera que no encuentres, también, en tu alma? ¿O tan ciego estás? Lee de nuevo la parábola del trigo y la cizaña:

El campo es el mundo. Pero ese campo es, también, tu alma. En ella conviven, como en el mundo, trigo y cizaña.

La buena semilla son los hijos del reino. Es decir, todo aquello que, en tu alma, viene de Dios. ¡Cuánta gracia!

La cizaña son los partidarios del Maligno. Es decir, el pecado, lo que viene de ti, inducido por Satanás. ¡Cuánta soberbia, cuánto egoísmo, cuánta sensualidad, cuánta crítica amarga, cuántos rencores y envidias!

Probablemente, trigo y cizaña convivan en ti hasta que mueras. Pero, entre tanto, ojalá sepas distinguirlos. Reconoce los impulsos del Espíritu en tu alma, y entrégate a ellos con docilidad. Reconoce, también, lo que viene de tus pasiones, de tus instintos, de tus heridas… y sopórtalo con paciencia, sin dejarte llevar por ello.

¿Quién sabe? Quizá, si cambias tú, el mundo cambie.

(TOI17M)

Torpes que queremos ser santos

Marta no es teóloga; su hermana María iba a las clases, pero Marta se las saltaba. Es una mujer de su casa, es precipitada y ansiosa, es impulsiva y respondona. Cuando, ante la muerte de Lázaro, Jesús dice: Tu hermano resucitará, la imagino dándose la vuelta con el brazo en alto:

Sé que resucitará en la resurrección del último día.

Es como decir: «¡Y qué! El último día está muy lejos. Yo quiero a mi hermano hoy».

Y Jesús, que tanto la quiere, respira hondo y le contesta, sereno y paciente:

Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?

Marta cae por tierra. Aunque su esperanza está bajo mínimos, tiene una fe como una catedral, y un amor que no le cabe en el pecho.

Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.

¡Bendita Marta! Tan cercana a nosotros en tu debilidad, tan amante de Cristo en tu secreta delicadeza, tan rendida en tu fe. ¡Qué bien puedes entendernos a los torpes que queremos ser santos!

(2907)

Las serpientes no se comen

«Yo rezo, pero Dios no me escucha». No lo digas jamás. Dios te escucha siempre. Aunque no siempre te da lo que le pides.

Cuando el hombre de la parábola que hoy nos regala el evangelio pide tres panes a su amigo, el amigo responde: No me molestes. Pero, ante la insistencia de aquel hombre –dice el Señor–, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.

¿Quiere eso decir que obtendrás de Dios todo lo que desees, si eres perseverante en tu oración? No necesariamente. Fíjate en que el amigo inoportuno pedía pan, y el hijo a quien después se refiere Jesús pide un pez: ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente?(No es casualidad: panes y peces). Pero, ¿qué hará el padre, si el hijo le pide una serpiente? ¿se la dará, por mucho que insista?

A veces pedimos cosas que no nos convienen. Y Dios, que lo sabe, no nos las otorga. En esos casos, si persistimos en la oración, Dios nos concede algo mejor: acabamos por descubrir que las serpientes no se comen, y agradecemos a Dios que no nos concediera lo que pedíamos.

(TOC17)

Trigo y cizaña juntos

¡Qué misterioso es ese dejadlos crecer juntos hasta la siega  de la parábola del trigo y la cizaña! Aunque el dueño de campo lo explica a los criados (al recoger la cizaña, podéis arrancar también el trigo), no nos acostumbramos a esa coexistencia de la luz con las tinieblas en esta vida.

Conviven, en el alma, gracia y pecado, trigo y cizaña. Odiamos el pecado, tratamos de erradicarlo de nuestras vidas, luchamos contra él. Y, sin embargo… «Padre, siempre me confieso de lo mismo». Tras años luchando, te parece que apenas has conseguido nada (aunque no sea cierto). ¿Por qué lo permite Dios, si Él odia el pecado, como tú? Habrá que responder que Dios lo permite en aras de un bien mayor. Si te otorgase la victoria en todas tus batallas, quizá la vanidad y la soberbia se apoderasen de ti. ¡Te creerías semejante a Él! Quizá Dios permite que sigas cayendo para que seas humilde, y no olvides quién eres. No sé…

Conviven, en la vida, placer y dolor. ¿Por qué no arranca Dios los sufrimientos, si nos ha creado para la dicha? Te responderé: porque la Cruz es la puerta del Cielo. Hay un pecado que expiar.

(TOI16S)

Contemplativos

Joaquín y AnaNos quejamos de la sociedad en que nos ha tocado vivir, y decimos que la gente corre mucho, piensa poco, vive sumida en urgencias, etc. Pero lo cierto es que los hombres y mujeres que nos rodean son muy contemplativos. Pasan horas contemplando, en el televisor, su serie favorita. La cantidad de tiempo que dedican a contemplar el teléfono móvil supera a la que muchos cristianos dedican a la oración. Y muchos gastan una devoción digna de mejor causa en contemplar su cuerpo, su peinado y su índice de masa corporal.

No, si contemplativos son. El problema es que contemplan idioteces. Y nadie puede ser feliz contemplando idioteces. Uno se acaba por asemejar a aquello que contempla.

Bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen.

Joaquín y Ana contemplaron los misterios de Dios en los ojos de su hija, la Virgen. Y ¡qué felicidad, mirar aquella limpieza, aquella hermosura, aquella sonrisa más propia del Cielo que de la Tierra!

Ojalá seas, también tú, muy contemplativo. Y dediques un tiempo generoso, cada día, a meditar los santos evangelios, a mirar con amor al sagrario, y a recorrer, con tus ojos, el crucifijo. Por los ojos entra también la santidad.

(2607)

No sabéis lo que pedís

Cuando Jesús preguntó a san Juan de la Cruz: «Juanito, ¿qué quieres?», Juan respondió: «Padecer y ser condenado por tu nombre». Ya lo creo que lo recibió.

Mi cáliz lo beberéis.

Para padecer y ser condenado, no fue necesario que Juan compitiera con nadie, al modo en que compiten los bañistas por extender la toalla en primera línea de playa. Al fin y al cabo, nadie quiere ser perseguido. ¿Con quién iba a pelearse?

Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.

Y no hay más sitios, porque delante no se sienta nadie, y detrás tampoco. Los asientos de privilegio junto al Rey sólo son dos, y todos los quieren. De ahí, las peleas: Los otros diez se indignaron contra los dos hermanos.

No sabéis lo que pedís.

Realmente, no lo sabían. Por eso, el Señor se lo explicó: El que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.

Las playas están llenas de toallas, lo gobiernos de este mundo están llenos de vicepresidentes, y la Cruz está sola, porque nadie quiere esa suerte para él. Busca los últimos puestos; serás santo, y, además, discutirás menos.

(2507)