Libros de José Fernando Rey Ballesteros

junio 2019 – Página 2 – Espiritualidad digital

Esa dulce angostura

Éstos son mi madre y mis hermanosSi la puerta del Cielo es estrecha, en esa estrechez se encuentra toda la dulzura de Dios derramada en la Cruz. Si es ancha la puerta de la perdición, su anchura es tan vasta y seca como los desiertos.

Ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos.

Jesús crucificado es la puerta de la Vida. La meditación de su sagrada Pasión nos acaba llevando al Cielo a través de la obediencia. Es angosto el camino, porque renuncias, para recorrerlo, a tu propia voluntad. Tienes que despojarte, como dijo san Ignacio, de libertad, memoria, entendimiento, como fue despojado Jesús de sus vestidos. Pero, en esa desnudez, te abraza el Crucificado, imprime en ti sus llagas, y podrías morir de un ataque de alegría.

No entiendo por qué mucha gente reza, y después hace lo que le viene en gana. Creen que, rezando sus oraciones mientras recorren el camino ancho, se salvarán. Pero, ni les hace feliz la oración en este mundo, ni podrán llegar al Cielo si no cambian de camino.

(TOI12M)

Una misión que cumplir

Detrás del modelo social que llamamos «Estado de bienestar» se oculta toda una concepción de la vida: lo que importa es «estar bien». Una vida sin confort no merece ser vivida. Si la llegada de un niño va a romper tu bienestar, lo abortas. Si tu matrimonio te hace sentir mal, te divorcias. Y, si una enfermedad te impide disfrutar de la vida, te haces (o te hacen) «eutanasiar». El único propósito del hombre sobre la Tierra es «estar bien»… Hasta que te mueres, claro, y entonces ya no estás.

Se va a llamar Juan… ¿Qué será de este niño? Porque la mano del Señor estaba con él.

Zacarías e Isabel renunciaron a elegir el nombre de su hijo, porque Dios había elegido su nombre y su destino. Desde el seno materno, aquel niño tenía una misión que cumplir, y no era la de «estar bien». Al contrario: por cumplirla, sufriría hambre, persecución, prisión y muerte. Pero Juan era una flecha lanzada por Dios hacia el Cielo, y se clavó en la diana. Así nos enseñó que la vida no es para «estar bien» y después morirse, sino para cumplir la misión asignada por Dios y vivir eternamente con Él.

(2406)

El Pastor en la custodia

Me han preguntado si no será irreverente detener la procesión del Corpus en la plaza del centro comercial a la una y media de la tarde, mientras cientos de personas están sentadas en las terrazas de los bares tomando el aperitivo, y realizar allí una estación a Jesús sacramentado.

No es irreverente, es maravilloso. Porque es precisamente allí, donde los hombres comen y beben, donde debemos mostrarles el Pan de vida, el alimento que sacia sin cansar. Cuando elevo la custodia sobre todas esas mesas y todas esas gentes, me siento el más distinguido de los camareros. Miro a mi alrededor, y veo cómo algunos se levantan de las sillas, dejan aparte cerveza y calamares, y se santiguan con reverencia. Otros, ya sabe usted, otra de gambas y qué pesados son los curas.

Pero en todos queda el recuerdo. Y, en quienes quieran aceptarlo, el mensaje de que a Cristo le importan, y así ha querido abandonar el sagrario para ir Él a donde están los que no van donde está Él. En la custodia lo siento como un pastor que sale a buscar a las ovejas perdidas.

¡Sal con Él! No faltes hoy a la procesión del Corpus Christi.

(CXTIC)

Dios, ahora

Dios, desde luego, quiere que gocemos eternamente con Él en el Cielo, y contemplemos su gloria junto a los santos. Pero también quiere Dios que seamos felices aquí, en la Tierra. Por eso, a través de su Hijo, nos muestra el camino para encontrar esa felicidad:

No estéis agobiados por vuestra vida, pensando qué vais a comer… Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso… No os agobiéis por el mañana.

¡Cuántas veces, por estar lamentando lo que ayer sucedió, o por estar temiendo lo que pueda suceder mañana, dejamos de saborear el hoy! Te lo puedo decir mirando al calendario, o mirando al reloj: ¡Cuántas veces, por empeñarnos en sufrir lo que sucedió hace diez minutos, o por querer anticipar lo que vendrá dentro de veinte, dejamos de saborear el ahora!

¡Y cuántas veces, por estar pendientes de las criaturas, olvidamos a Dios!

Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura.

Si centráramos nuestra atención en el regalo de Dios que supone el momento presente, hasta las dificultades de la vida se nos harían dulces. Nada nos quitaría la paz.

Ojalá fuese nuestro lema: «Dios, ahora».

(TOI11S)

La puerta del Cielo

puerta¿Por dónde se entra al Cielo?

Habrá quien diga que por la puerta del cementerio, pero no es verdad. Ni todos los que cruzan la puerta del cementerio acceden necesariamente al Cielo, ni es necesario esperar al último aliento para gozar las delicias celestiales.

La puerta del Cielo es la Cruz. Cuando el cristiano une sus miembros carnales a los de Jesús crucificado a través de la mortificación, la templanza, y la paciencia en las adversidades, entonces se recoge en su interior, cruza la puerta de la Cruz, y encuentra, en su alma en gracia, vida eterna y delicias celestes. Tras mostrarnos su vida como la de un crucifijo (fatigas, cárceles, palizas, peligros de muerte, azotes…), san Pablo afirma: Si hay que gloriarse, me gloriaré en lo que muestra mi debilidad (2Cor 11, 30). Esa gloria es gloria celeste.

Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. Si vives crucificado, lo podrás decir al revés: Donde está tu corazón, allí está tu tesoro.

Seguirás siendo forastero en este mundo, pero en tu alma habrás alcanzado ya el Hogar. Un día, cuando ese cuerpo tuyo guardado en la Cruz resucite, gozarás esa gloria en plenitud, sin mezcla de dolor ni peligro.

(TOI11V)