Libros de José Fernando Rey Ballesteros

junio 2019 – Espiritualidad digital

El camino ascendente

Estaba escrito: El Monte Sión, vértice del cielo, ciudad del gran rey (Sal 47, 3). Sobre ese monte estaba edificada Jerusalén, el lugar de la tierra más próximo al cielo. Quien quisiera alcanzar el cielo, debía encaramarse, necesariamente, a ese monte, y a esa ciudad.

Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén.

Comienza Jesús su ascenso al Monte Sión. Cuando llegue a lo alto, todavía tendrá que escalar, desde Jerusalén, otro monte: la roca del Calvario. Allí extenderá sus brazos, y rasgará, con su sangre, el velo que separaba el cielo de la tierra. Cuando todo esté consumado, desde Jerusalén será llevado al cielo por el Espíritu.

No te extrañe que te cueste trabajo hacer el bien; que tengas que vencerte para rezar; que te suponga esfuerzo obedecer; o que te resulte difícil cumplir la voluntad de Dios. La santidad es camino ascendente. Lo fácil es pecar; basta con dejarse caer. Pero, si no desfalleces, llegará un momento en que el Espíritu te atraerá hacia Dios con una fuerza muy superior a la que te aboca al pecado. Entonces ya no ascenderás fatigosamente: serás dulcemente llevado.

(TOC13)

Habiendo serafines, escogió a pecadores

Cuando nuestros primeros padres fueron expulsados del Edén, Dios encomendó la guarda del Paraíso a un serafín. Allí no quedaban hombres, pero el jardín de Dios no debía ser profanado.

Te daré las llaves del reino de los cielos.

Ningún esfuerzo le había costado a Dios crear el Edén. Pero la Iglesia le costó a Dios la sangre de su Unigénito. Y, cuando ese Hijo único, tras morir en la Cruz para alumbrar el nuevo Paraíso, resucitó y volvió a la derecha del Padre, encomendó la custodia de la Iglesia, no a serafines, sino a pecadores arrepentidos que lo amaban: a quien le había negado tres veces, y a quien había perseguido a muerte a sus discípulos.

Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.

¡Misterioso designio de Dios! Pedro y Pablo han quedado como columnas sobre las que se asienta una Iglesia de dos mil años, llena de pecadores arrepentidos que amamos a Cristo. Pienso en mi parroquia; piensa tú en tu familia. Basta con que tú y yo seamos pecadores arrepentidos que amamos al Señor para que ambas se sostengan. Pero ¿lo somos?

(2906)

Llanto y consuelo de Dios

sagrado corazón«Anoche, soñando, he visto a Dios llorando, jamás lo olvidaré»… Recuerdo esta canción desde mi niñez, cuando la escuché en una de aquellas cintas de casete que mi padre llevaba en el coche. Las palabras «Dios» y «llorando», al chocar entre sí en mi cabeza, hacían saltar chispas. ¿Dios llora?

¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento.

La fiesta del sagrado corazón de Jesús celebra a un Dios que llora y ríe. A este Dios pastor, cuando se le descarrió el hombre, se le salió el corazón del pecho en busca de su oveja perdida. El Hijo, inflamado por el Espíritu, es el corazón de Dios. Y, habiendo salido del pecho de la Trinidad, se hizo hombre, y adoptó un corazón humano, capaz de reír y llorar.

No tengo que soñar para ver a Dios llorando; yo le hice llorar. Sus lágrimas me han redimido. Por el mismo motivo, también sé que le puedo consolar. A esa tarea quisiera dedicar el resto de mis días.

(SCORJC)

Reza, pero no te conformes

¡Qué paradoja! A quienes no rezan, hay que decirles que, sin oración, no podrán salvarse. Y, a quienes rezan, hay que recordarles que no basta rezar para alcanzar el Cielo. Ambas advertencias son ciertas; aplícate que la que te convenga. Sin oración, la amistad con Cristo es imposible. Pero la oración, sin obediencia ni entrega de la vida, se convierte en pasatiempo espiritual para burgueses.

Podría haber dicho Jesús que la oración es la roca sobre la que se asienta la vida del santo. Pero, más bien, sus palabras apuntan a que la santidad se fundamenta en la obediencia amorosa.

No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca.

Te lo digo especialmente a ti, porque, si estás leyendo estas líneas, supongo que rezas. Y, por el Amor de Dios, no dejes de rezar por nada del mundo. Pero no te conformes con rezar. Haz verdad tu oración: obedece, cumple la voluntad de Dios, entrega la vida.

(TOI12J)

Hogueras en verano

Con los calores de final de junio, evangelios como éste son poco refrescantes. Pero tampoco nos salvará el aire acondicionado. Aunque no refresquen el cuerpo, las palabras de Jesús vivificarán el alma:

El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego.

Son palabras parecidas a las que recoge san Juan durante la última cena:

Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden (Jn 15, 6).

Jesús no pronuncia estas palabras para amenazar al hombre con el fuego eterno, sino, precisamente, para que lo evite, y realice durante su vida lo que, después de la muerte, sólo puede cumplirse por la condena.

Repara en el árbol de tu ego. Es mastodóntico, y te encanta mirarlo, admirarlo y hacerlo admirar todos los días. Pero no da fruto, no aprovecha a nadie más que a tu orgullo. Tálalo, trocéalo, y arrójalo, por la penitencia, la obediencia y la oración, al Fuego del Espíritu. Deja que la divina gracia queme tu «yo», y te convierta en otro Cristo. Serás, no un árbol nuevo, sino un sarmiento vivo de la nueva Vid: Cristo.

(TOI12X)