Libros de José Fernando Rey Ballesteros

mayo 2019 – Página 2 – Espiritualidad digital

Palabras que el Viento trae

Recordar las palabras de un ser querido es un ejercicio, a veces dulce, a veces amargo, de melancolía. Porque las palabras se las llevó el viento, y sólo queda una huella imperfecta en la memoria que tratas de completar con sentimiento e imaginación. Mientras recuerdas esa voz, otra voz silenciosa te recuerda que aquello pasó. El viento se lo llevó.

¡Bendito Espíritu, viento de Dios que no se lleva sus palabras, sino que las trae al alma en toda su frescura!

El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará en mi nombre el Padre, será quien os recuerde todo lo que os he dicho.

Sólo Él, ese Viento divino que es aliento de Dios, trae al alma, y al altar, un recuerdo vivo que da vida a quien recuerda. Haced esto en recuerdo mío (Lc 22, 19). Y, cada vez que, en la consagración de la Misa, extiende sus manos sobre las ofrendas el sacerdote, trae el Espíritu el recuerdo que es el propio Jesús sobre el altar.

Haz silencio en tu alma; acalla todo ruido, hasta que escuches al Viento. Él te recordará las palabras de Cristo. Y no serán las que Cristo dijo, sino las que te está diciendo.

(TPC06)

La venda antes que la herida

Muchas veces, poner la venda antes de la herida es un precioso gesto de cariño. Cuando una madre introduce en la maleta de su hijo una caja de pastillas, mientras le dice: «lleva esto, por si te resfrías», está mostrándole amor providente. ¿No es amor providente el del Señor por nosotros?

Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros.

¡Cuánto nos ayuda, en momentos de incomprensión, el saber que participamos del cáliz de Cristo! ¡Bendita venda, para tan dolorosa herida!

No penséis que Jesús se refiere, tan sólo, al martirio violento cuando habla a sus apóstoles del odio del mundo. Se refiere, también, al sufrimiento de la mujer que soporta las burlas de su marido cuando vuelve de misa; y a las miradas de desprecio que recibe en el trabajo quien deposita un crucifijo en la mesa de su despacho; y a la soledad de quien decide entregarse a Dios por completo, aunque lo tomen por loco o por engañado.

Cumplir, a la vez, con el mundo y con Dios es imposible. Quien quiera agradar a Dios, que guarde esta venda tan dulce en lo profundo de su alma. Porque habrá herida.

(TP05S)

Ojalá no fuera tan nuevo

Tan nuevo, tan nuevo es ese nuevo mandamiento, que muchos, dos mil años después, aún no lo conocen. Y siguen viviendo del amor viejo, fruto del pecado. Piensan que amar consiste en sentir, en agradar, en resolver problemas, en caer bien a los demás y lograr que te sonrían… Pero, al final, siempre fracasan: ni puedes agradar a todo el mundo, ni puedes resolver los problemas de todos, ni puedes sentirte bien con cualquiera. El amor viejo, y su viejo fracaso.

Que os améis unos a otros como yo os he amado. La clave reside en las últimas cinco palabras: ¿Cómo nos ha amado Jesús?

Mira al crucifijo. Y escucha a san Pablo: Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz (Flp 2, 8); me amó, y se entregó por mí (Gál 2, 20).

¿Lo entiendes ahora? Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. No amo a los demás porque resuelva sus problemas, ni porque les resulte simpático, ni porque les agrade en todo, ni porque les dé la razón. Amo a los demás cuando me santifico, y me convierto en ofrenda a Dios por ellos.

(TP05V)

Truchas y truchos

No sé cómo se llevan las truchas con los truchos. Ni siquiera sé si una trucha es capaz de amar. Lo único que sé de las truchas es que, con una loncha de beicon en la panza, están estupendas. Por eso, cuando, de niño, mis padres me decían: «Te quiero mucho, como la trucha al trucho», me quedaba con cara de haba. Hay imágenes mejores para mostrar un gran amor, aunque no rimen.

Pero ninguna como la que empleó el Amor mismo: Como el Padre me amó, así os he amado yo. Si el Verbo divino, eterno como el Padre, es eternamente amado, sin embargo, la humanidad santísima de Jesús, como la nuestra, tuvo que aprender a ser querida. A través de la Virgen, abrió su corazón humano para recibir, en él, el Amor del Padre. Fue ese mismo Amor el que derramó sobre nosotros en la Cruz.

Se nos llena el mundo de truchas y truchos. Llaman «amor» al egoísmo carnal, con y sin beicon. Pero pocos conocen el Amor verdadero. Es tarea de los cristianos recibir el Amor de Cristo y derramarlo sobre un mundo al que deberíamos gritar: «Como Cristo me ama, así te he amado yo».

(TP05J)

Una copa de buen vino

Pan y vino nos ha dejado el Señor. ¡Qué delicia, qué sencillez, que delicadeza con todo lo humano! «Tomad, comed», «tomad, bebed»… Le gusta a Dios que sus hijos coman y beban. Tanto miedo como los borrachos me dan los puritanos. Quien no conoce el gusto de una buena comida, y no se alegra con una copa de vino, poco sabe de humanidad. Y quien se deja esclavizar por la comida o la bebida se convierte en bestia, incapaz de vida espiritual. El cristiano come y bebe con Cristo. Se alimenta, y se alegra con Él.

Por eso, después del discurso del Pan de vida, nos dejó el Señor la alegoría de la vid y los sarmientos: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí, y yo en él, ése da fruto abundante.

El fruto de la vid es el vino, y el vino alegra el corazón. Por eso, los frutos del cristiano, unido a Cristo como sarmiento a la vid, son alegría. Pero, para hacer el vino, es preciso pisar la uva. Y, para que un cristiano destile alegría sobrenatural, debe, primero, ser pisado en la misma Cruz en que fue pisada la divina Vid.

(TP05X)