Libros de José Fernando Rey Ballesteros

mayo 2019 – Espiritualidad digital

Causa de nuestra alegría

¡Qué final tan alegre tiene el mes de María! La llamamos, en el santo Rosario, «causa de nuestra alegría», y, desde luego, para Isabel lo fue. También para nosotros.

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo.

La alegría que la Virgen llevaba en su inmaculado Corazón prendió rápidamente en el corazón de Isabel, y encendió el alma del pequeño Juan. Se sumó a la fiesta el Espíritu Santo, y aquel gozo, tan humano y tan divino, se volvió júbilo sobrenatural, como un anticipo del banquete celeste.

Pedidle hoy a la Virgen santísima que os visite, como visitó a Isabel; que lleve su alegría a vuestras almas, porque esa alegría es el gozo del Dios-con-nosotros. Cuando acudió a casa de su prima, la Inmaculada tuvo que hacer tres días de camino. Pero ahora, desde el Cielo, puede visitarnos a cada uno, y lo hará, porque es madre nuestra.

Recibidla, entonces, como la recibieron Isabel, Juan y Zacarías. Abrid las puertas de vuestras almas, escuchad su saludo, acoged su alegría en lo profundo de vuestros corazones, y no permitáis que nada, ni nadie, os arrebate hoy el buen humor.

(3105)

Dime cómo estás triste…

Me han preguntado, en ocasiones, si es un pecado la tristeza. Responder que sí sería una temeridad, cuando el propio Jesús, en Getsemaní, afirmó: Me muero de tristeza (Mt 26, 38).

Hay una tristeza que es pecado y es fruto del egoísmo. Aparece cuando nos empeñamos en dar vueltas y vueltas en la cabeza a nuestros pequeños o grandes problemas, y los convertimos en centro del Universo, cerrándonos sobre nosotros mismos y sepultándonos en nuestra propia fosa.

Hay, también, una tristeza santa. Es la tristeza del Señor, la que angustia su corazón a causa de nuestras culpas, la que hace llorar al pecador contrito, la que causa las lágrimas del santo ante la increencia de los hombres.

Y hay una tristeza que no es, en sí misma, ni santa, ni pecaminosa. Es la tristeza natural que experimentamos ante cualquier desgracia: la muerte de un ser querido, la humillación, el fracaso…

Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.

La primera tristeza sólo se vuelve alegría cuando el pecador se convierte. La segunda se vuelve alegría cuando Dios responde a ella con su Amor. Y la tercera se vuelve alegría cuando la lloramos en el corazón de Cristo, nuestro consuelo.

(TP06J)

Santo, sabio y feliz

Hablamos de «sabiduría», y la gente piensa en libros, montañas de libros, horas y horas de estudio, personas insufribles que lo saben todo sobre todo, repollos que tienen respuesta para cada pregunta, frikis que ganan en el «Ahora caigo» semana sí y semana también… Pero la sabiduría es otra cosa.

Perdón por el latinajo (no vaya yo a ganarme un puesto en las definiciones de arriba), pero «sapientia» está emparentado con «sapere», y «sapere» significa «saborear». «Sabio», entonces, no es quien acumula información, sino quien saborea lo que conoce, porque lo ha hecho propio, y lo disfruta.

El Espíritu de la verdad recibirá de lo mío y os lo anunciará.

Como quien toma miel, con su mano, de un tarro, y te la pone en la boca, así el Espíritu Santo toma la dulzura del Amor de Cristo y la deposita en el paladar del alma. Y el alma, al recibir el don de sabiduría, paladea al Hijo de Dios en lo profundo de sí. Conoce a Cristo, pero, más que conocerlo, lo saborea y lo disfruta. Por eso, cuando los labios hablan de Dios, destilan la misma dulzura.

Y es que el santo, el enamorado, es el verdadero sabio.

(TP06X)

No soporto a Jesús cuando dice «me voy»

De todas las palabras de Jesús que han quedado reflejadas en los evangelios, las que más me duelen, las que no soporto, son estas dos: «Me voy».

Ahora me voy al que me envió

Lo confieso: no soporto a Jesús cuando dice me voy. Porque esas dos palabras, venidas de sus labios, me anuncian que me quedo solo. Y no es que no soporte la soledad; es, sencillamente, que no soporto su ausencia. Me da muchísimo miedo; y me llena de tristeza. Aunque estuviera rodeado de seres queridos todo el día, si Jesús se ha ido, ya no querría vivir.

No soporto a Jesús cuando dice me voy.

Y Él, que tanto me ha soportado a mí, en lugar de reprocharme mi falta de fe, me regala el consuelo que endulce su ausencia:

Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré.

Entonces entiendo: Jesús se va, pero no me deja solo. Se va de mi lado, pero viene a mi alma. No lo veré, pero vivirá en mí. Es más que un consuelo; es el Consolador, el que me soporta, y me ayuda a soportar el «me voy» de Jesús.

(TP06M)

La única Verdad

El número de noticias que recibimos, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, es tan desmesurado como trepidante: tu hijo te dice que no quiere ir al colegio, llega un whatsapp de tu cuñada, recibes una alerta del diario al que estás suscrito, te hacen un encargo en el trabajo, te llama Paco por teléfono… Cada una de las noticias de ese bombardeo tira de ti, como si requiriese toda tu atención. Pero, en cuanto empiezas a prestársela, otra noticia te reclama con la misma urgencia. Podrías volverte loco, ¿verdad?

No te vuelvas loco. Todo eso es mentira. No digo que tu hijo te mienta, ni que la llamada de Paco sea falsa. Pero nada de eso es tan importante como parece, porque todo pasa. Y tú y yo pasamos también. Si te dejas mecer y alborotar por cada grito, vivirás entre brillantes falacias que, al apagarse, te dejarán sepultado en la nada. Ten paz.

Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, él dará testimonio de la verdad. La única noticia verdadera la imprime el Paráclito en tu alma: Cristo. Su Amor es lo único que importa. En cuanto a lo demás… Mejor no te alborotes.

(TP06L)