Libros de José Fernando Rey Ballesteros

abril 2019 – Página 2 – Espiritualidad digital

El dudoso pez de san Pedro

Si habéis estado en Tierra Santa, y se os ha ocurrido probar, en Galilea, ese pescado al que llaman «pez de san Pedro», aún estaréis extrayendo espinas de los espacios interdentales. Lo probé una vez, y me pareció, más bien, el pez de santo Tomás. ¡Uno, y no más!

Lo recuerdo cada vez que contemplo cómo Jesús, ya glorioso, se aparece a los apóstoles y les pide algo de comer.

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado.

Espero que el «trozo» no se lo diera Pedro. Pero… ¡qué más da! Jesús ya ha cruzado la frontera del asco y del dolor. El pez le supo a «gloria bendita», porque fue Él, la bendita gloria en persona, quien lo tomó.

Confesaste en Cuaresma. Confesaste, de nuevo, en Semana Santa. Acompañaste al Señor en la Cruz, y, hoy domingo, has resucitado con Él. Estás en gracia de Dios. Llevas, en tu alma, el resplandor de Jesús resucitado. ¿No te sabe mejor la vida? ¿No disfrutas, ahora, incluso del dolor? Todo es nuevo. Todo es, para ti, «gloria bendita».

De todas formas, en mi próximo viaje a Tierra Santa, no volveré a intentarlo con el pez de san Pedro. ¡Por si acaso!

(TP01J)

Resucitado, y aún humilde

EmaúsHace seis días contemplamos, sobrecogidos, cómo Dios se agachaba hasta lavar los pies de los apóstoles. Era el mismo Dios que, años atrás, había pedido una limosna de agua a una mujer samaritana. Pero verlo postrarse hasta lavar los pies de los hombres nos hacía estremecer. Al día siguiente, lo vimos abajarse hasta la misma muerte, y descender a los infiernos. ¿Cabía más humillación en Dios?

Llegó el domingo, y el Dios postrado se alzó, triunfante, sobre la muerte y el pecado. El día era suyo, sin paliativos.

Y ese Dios triunfante, en este domingo glorioso, sale al encuentro del hombre. Debería mostrarse resplandeciente, majestuoso… Pero, cuando encuentra a los suyos, se vuelve a inclinar:

– ¿Qué conversación es esa que traéis? –¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado?

Pregunta, como quien no sabe. Se deja tomar por ignorante. Permite que lo instruyan, a Él, que es Dios, y escucha como si aprendiese. Después, se deja invitar, como peregrino que no tiene dónde pasar la noche. ¡Maravillosa humildad de Dios! Aún resucitado, sigue acercándose al hombre desde abajo.

¿Y aún seguiremos tú y yo, pobres ignorantes, mirando a los demás por encima del hombro?

(TP01X)

Estrenando palabras

Mejor que estrenar zapatos, mejor que estrenar teléfono, mejor que estrenar coche, es estrenar palabras. Sobre todo, cuando la palabra nueva es la forma de tener en los labios una nueva vida. Aún recuerdo a aquel amigo, recién casado, que me confiaba cómo él y su mujer, en los primeros días, se decían, ilusionados: «mi marido», «mi esposa»… y lo repetían, una y otra vez, como paladeando el nuevo vínculo de amor bendecido por la gracia.

Ve a mis hermanos y diles: «Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro». ¡Qué rostro de satisfacción, el de Jesús resucitado, cuando pronuncia estas palabras! ¡Cómo las paladea, mientras la estrena! Saben a nuevo.

Paladéalo tú también. Dítelo a ti mismo: «Soy hijo de Dios. Era hijo de la ira, pero, ahora, soy hijo de Dios. Hijo de Dios…» Y, despacito, saboreándolo, dile a Dios: «Papá, Papaíto, Papá»… ¿Verdad que sabe a nuevo?

Mira a Jesús, el Señor, y llámale por su nombre, como a tu Hermano: «Jesús, Jesús, Jesús»… ¡Qué dulce es ese nombre en los labios, en el mismo día de la victoria!

Hoy estrenas nueva vida, pero la vida se saborea en palabras. Palabras nuevas…

(TP01M)

A los vivos y a los muertos

Ha salido Jesús del sepulcro, y, victorioso, dirige su palabra a los vivos y a los muertos.

A los muertos les dice: ¡Alegraos!Tú, que yaces sepultado entre tristezas y angustias; tú, que hace tiempo que dejaste de encontrarle gusto a la vida; tú, que tienes muerta el alma a causa de tus pecados… ¡Alegraos!Mirad que dolor y muerte se han roto, y, al rasgarse, ya dejan ver la gloria en cada llaga de Jesús resucitado. Mirad que todo pecado ha sido perdonado, toda deuda ha sido saldada, y bebed de ese perdón en el costado abierto del Salvador, derramado en los sacramentos de la Iglesia. ¡Alegraos!

A los vivos les dice: No temáis. Tú, que temes a un mañana cargado de incertidumbre; tú, que temes a los hombres y te refugias tras una máscara para evitar que te hieran; tú, que temes al silencio y a la soledad; tú, que temes a la vejez; tú, que temes al dolor… ¡No temáis! Porque Cristo vive, y acompaña a todo hombre en el camino de la vida. Con Él a nuestro lado, nada hay que temer.

A todos nos dice: Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea.

(TP01L)

¡Se levanta Dios!

Se levanta Dios, y se dispersan sus enemigos; huyen de su presencia los que lo odian (Sal 67, 2).

Aún era de noche. Cubrían el mundo oscuridad, silencio y tinieblas. Y, de repente, el Señor se despertó como de un sueño, como un soldado vencido por el vino (Sal 77, 65). Tembló la tierra, como había temblado dos días antes, y un ángel, venido del cielo como un rayo, movió la piedra y se sentó, triunfante y desafiante, sobre ella. Nadie en el sepulcro. Los soldados, temblando de miedo, huyeron despavoridos.

María la Magdalena vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr. Pero no miró. Corrió en dirección contraria, como los soldados. ¡Qué paradoja! El hombre fue el último en enterarse de su propia redención. Hay que restregarse los ojos, amigo. Mira esa tumba abierta.

Entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

El día recién nacido invadió de luz el alma de Juan.

Dios, el que se agachó, hoy se ha levantado. Ha roto la muerte. Ha rasgado el cielo. Y la luz llena la tierra.

¡Abre los ojos! ¡Despierta! ¡Cristo ha resucitado, y te ha levantado a ti! ¡Feliz Pascua!

(TPC01)