Libros de José Fernando Rey Ballesteros

abril 2019 – Espiritualidad digital

Eres ruido para ellos

En ocasiones, la diferencia entre una palabra y un ruido depende de que quien escucha conozca el idioma de quien habla. Una conversación entre dos rusos no es sino ruido para mí; pero la culpa es mía, porque no conozco su idioma.

El viento sopla donde quiere, y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.

No te asombres de esa soledad, ni de esa incomprensión que sufres. Eres ruido para ellos. No pueden entender tu vida; no saben de dónde vienes, ni a dónde vas. Conociste a Cristo, moriste con Él a tu pecado en una Cruz, y has vuelto a nacer de la llaga de su costado. De esa llaga procede tu vida, vienes de allí, pero ellos no conocen ese manantial. A esa llaga también te diriges, porque buscas la intimidad con Cristo en el secreto de su sagrado Corazón, pero ellos desconocen ese Corazón.

Por eso eres ruido para ellos, y no pueden explicarse tu vida. Si, al menos, la envidia de tu felicidad les moviera a dejarse instruir, serías para ellos una voz, una palabra. Pídele a Dios que así suceda.

(TP02M)

Sabios que nada saben

¿Os habéis dado cuenta de que, cuanto más crece el poder del ser humano sobre la Creación, más se alejan los hombres de la vida espiritual? Las nuevas tecnologías han desatado un vértigo imparable, y nuestra raza, creyéndose más poderosa que nunca, sueña con ser Dios, mientras está presa en su propio poder. Clonamos seres vivos, congelamos embriones, vencemos enfermedades incurables… y nos reímos de quien se arrodilla ante un sagrario. ¡Qué poder tan infeliz, el que hemos generado!

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.

Quien se siente Dios no puede adorar a Dios. Y se le escapa todo lo que el hombre sólo de rodillas puede conocer: los misterios del Amor divino. Quien adora a Dios los conoce, y vive absorto en ellos. Santa Catalina se sumergió de tal manera en la contemplación de la Cruz, que las llagas de Cristo quedaron impresas en su cuerpo.

No temo a la ciencia, ni a la tecnología. Temo a la soberbia de quien se pone en manos de la ciencia o la tecnología sin adorar primero a Dios.

(2904)

Prueba de vida, prueba de amor

llagasCuando Jesús resucitado se muestra a los apóstoles, quiere darles una «prueba de vida». Es uno de los gestos más sorprendentes del Señor glorioso:

Diciendo esto, les enseñó las manos y el costado.

¿Por qué Jesús se llevó las llagas al cielo? ¿Por qué las mostró con esa alegría, si, al fin y al cabo, eran la impronta de nuestros pecados en su cuerpo?

Porque no eran sólo eso. Eran, también, el receptáculo de todos nuestros dolores.

Y le preguntarán: ¿Qué heridas son éstas que tienes en tus manos? Y él responderá: Con ellas fui herido en Casa de mis amigos (Za 13, 6).

El cargó con nuestros sufrimientos, y soportó nuestros dolores (Is 53, 4).

Llevarse al cielo las llagas ha sido el gesto más conmovedor de Jesús glorioso. Cada una de las cinco lleva nuestro nombre escrito. Y, si sabemos leerlas, nos dirán: «Mira mis llagas. Al cielo me he llevado tus dolores. Junto a mi Padre, no olvido tus angustias. Pues, cada vez que me miro las manos y los pies, cada vez que palpo mi costado abierto, me acuerdo de ti. Y le presento a mi Padre, en estas cinco llagas, tu vida y tus lágrimas».

(TPC02)

Hoy, como ayer

Cuando se comenzó a proclamar por vez primera el Evangelio, el anuncio requería la presencia física. Había que acercarse a los hombres, alzar la voz, y llegar a quienes pudieran escucharte, con la esperanza de que ellos, si creían, pudieran llegar a otros muchos.

Hoy, sin necesidad de recorrer las enormes distancias que viajó san Pablo, yo puedo estar escribiendo en mi despacho, y, en cuestión de segundos, alguien puede leer estas palabras en Nueva Zelanda. Pensaréis que, así, es todo mucho más fácil. Y lo sería, salvo porque la barrera más impenetrable que el apostolado ha encontrado jamás permanece intacta, tan dura hoy como hace dos mil años.

Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.

Fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.

Puedo llegar a Nueva Zelanda en segundos, pero el anuncio se detiene a las puertas del corazón de un neozelandés que resopla y cierra la página.

Las distancias se pueden cubrir en más o menos tiempo. Pero los corazones sólo pueden ablandarse con oración y sacrificio. No nos engañemos. El apostolado de hoy es como el de siempre. La mera palabrería sigue sin servir de nada.

(TP01S)

¡Por fin, de día!

La noche ha sido larga. Parecía que no terminaría jamás. Alzabas la vista, mirabas al frente, y sólo veías tinieblas. Unos metros de agua, unos años de vida, y, después… la noche, la muerte. Muchos quisieron convencernos de que era inútil esperar más, de que el hombre era un ser para la noche y el sol jamás saldría, porque no había sol. Mejor –decían– soñar, soñar, aunque sea mentira, hasta ser devorados por la muerte.

Pero hoy, domingo, por fin, ha amanecido. Y, desde la barca, se ven la orilla y el sol. Está en Oriente. La niebla se ha disipado, y sabemos que vamos hacia Oriente, no hacia Poniente. No moriremos, naceremos.

¡Con qué claridad, ante los ojos castos de Juan, se divisa el brillo del Sol recién nacido!: ¡Es el Señor!Allí está, y desde allí nos llama, con sus brazos abiertos. ¡Muchachos!Tan clara es la luz, que parece estar aquí mismo, a nuestro lado.

¡Mira al frente, alma cristiana, que es de día! Y no temas ya a la vida, ni a la muerte. Cristo glorioso te llama y te espera. Clava tus ojos en Él, que pronto estarás comiendo a su lado en la orilla.

(TP01V)