El Mar de Jesús de Nazaret

13 marzo, 2019 – Espiritualidad digital

Signos en el desierto

desiertoNo te extrañe si, en Cuaresma, tu oración se vuelve seca, y se apaga tu entusiasmo. Hemos entrado en el desierto, y, en el desierto, parece que Dios no existe.

Le pides un signo al Señor. No te basta con la Eucaristía, ni te consuela el crucifijo, ni te conforta la palabra del sacerdote. Quieres un milagro, aunque sea pequeñito: que se resuelva un problema, que se apacigüe un dolor, que acaricie el corazón un consuelo sensible.

Dios te responde: «Dame tú un signo a mí. Muéstrame un signo de tu conversión».

Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el del profeta Jonás.

Jonás era un alfeñique, un pobre hombre. Desde luego, no parecía un enviado de Dios. Pero tampoco Jesús parece Dios en la Cruz, y, menos aún, en la Hostia. En cuanto al sacerdote… en algunos casos, Jonás, a su lado, parece san Pablo bendito.

Pero si nosotros, como aquellos ninivitas, aceptamos esos signos; si nos postramos ante la Hostia, abrazamos la cruz, y obedecemos al sacerdote, le daremos a Dios un signo de nuestra conversión. Y, después, Dios nos mostrará su presencia entre nosotros. No lo dudes.

(TC01X)