Libros de José Fernando Rey Ballesteros

marzo 2019 – Espiritualidad digital

Dificultades para confesar

Hagamos un recuento de dificultades que alejan a los pecadores del confesonario:

«No estoy arrepentido».

«¿Para qué confesar, si volveré a pecar?».

«Me da vergüenza».

«No tengo pecados graves».

«¿Por qué tengo que confesar mis pecados ante un sacerdote?»

Algunos piensan que, para confesar, hay que ser perfectos. Pero, en ese caso, la confesión no haría falta. El sacramento de la Penitencia es para pecadores. Y los pecadores somos bastante imperfectos. Mira al hijo pródigo:

Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino a donde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado.

Su arrepentimiento es bastante imperfecto. Las garantías de que, en adelante, fuera un buen hijo, son mínimas. La vergüenza se la quitó el hambre. No fue, precisamente, la gravedad de sus pecados la que le movió a volver. Y, desde luego, lo último que se le ocurrió fue pedir perdón por telepatía: se levantó y llevó a la casa de su Padre el mismo cuerpo serrano que había profanado pecando.

Si a aquel padre le bastaron aquellas disposiciones tan imperfectas para perdonar al hijo y festejar su regreso… ¿A qué esperas tú?

(TCC04)

Dos, eran dos…

parábola del fariseo y el publicanoDos, eran dos, y los dos eran buenos. Pero no del mismo modo.

El fariseo, erguido, oraba así en su interior: «¡Oh, Dios, te doy gracias, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros!»… El publicano se golpeaba el pecho diciendo: «¡Oh, Dios, ten compasión de este pecador!».

El primero era bueno ante el mundo. El segundo era bueno ante Dios.

Y no da lo mismo.

Porque el mundo ha tomado a muchos santos por idiotas, y a muchos idiotas los ha tomado por santos. Pero Dios, que conoce el interior del hombre, sabe quién es bueno en realidad.

¿Y tú? ¿Ante quién quieres ser bueno, ante los hombres, o ante Dios? ¿Quieres que le den tu nombre a una plaza en tu pueblo, o quieres vida eterna?

Si quieres una plaza, de poco te servirán estas líneas. Mejor, busca en Google la forma de autopromocionarte en las redes. Pero, si quieres vida eterna, escucha al Señor:

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

No quieras estar por encima de nadie. Póstrate, como un pecador, ante Dios; póstrate, como un siervo, ante el prójimo; y deja que sea Dios quien te ensalce.

(TC03S)

Ante el Cristo de Velázquez

Según san Pablo, nos ha tocado vivir en la última de las edades (1Co 10, 11). Doy gracias a Dios por ello. He nacido, y vivo, en esa edad en que mis ojos pueden mirar un crucifijo. No sé qué habría sido de mí, de haber nacido antes de que el Hijo de Dios se encarnara.

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.

¿Podría yo amar así a un Ser que no se dejara ver por mis ojos, ni palpar por mis manos, ni rodear por un abrazo? ¿Podría surgir en mi pecho un amor con tanta pasión hacia un Dios sin carne? Creo, sinceramente, que me volvería loco intentándolo.

Por si fuera poco, soy egoísta. Y no podría evitar escuchar en mi interior la cantinela: «Ese Dios es feliz en el cielo, mientras sufres tú en la tierra. Te lo pide todo, pero ¿qué ha perdido ese Dios por ti? ¿a qué ha renunciado?».

Por eso doy gracias de vivir en la última de las edades: me basta mirar al Cristo de Velázquez para caer, entre lágrimas, rendido de amor por Dios. ¡Es tan fácil!

(TC03V)

El que hablaba de menos, y los que hablaban de más

Cuando se produce una posesión demoníaca, el afectado pierde su libertad, y deja de ser dueño de sus actos. Ése es, en el fondo, el gran fracaso del demonio, porque el poseído, al no ser libre, no puede pecar.

Estaba echando Jesús un demonio que era mudo.

Aquel era un pobre enfermo, y no inspiraba sino lástima. Cuando Jesús lo liberó, prorrumpió en alabanzas y honró a Dios con esos labios que el diablo había mantenido sellados.

Más preocupante era el caso de los que hablaban.

Algunos de ellos dijeron: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».

Mejor le fue a Satanás con quienes hablaron que con quien callaba. A quien callaba lo pudo sanar Jesús. Pero, a quienes hablaban, no los calló, porque no quiere arrebatarle al hombre la libertad que Dios le ha otorgado. Ni siquiera cuando esa libertad se emplea para pecar.

Dos lecciones puedes aprender: la primera es que es mejor callar que hablar a la ligera. La segunda es que Dios podrá sanarte de una enfermedad, pero no podrá convertirte a la fuerza; te tienes que convertir tú. Aunque, si de verdad lo deseas, Él no te negará su gracia.

(TC03J)

Toda la Ley en una cruz

Éstos son mi madre y mis hermanosEn mi Biblia, un libro de hojas grandes y letra pequeña, el Deuteronomio ocupa treinta páginas. Tiene treinta y ocho capítulos. Y prefiero no contar el número de palabras, porque me produciría mareos. Si sumamos los preceptos que añadieron los letrados, un hebreo observante, en tiempos de Jesús, vivía sepultado en normas. Cumplirlas todas era imposible.

Decir que Cristo ha abolido la Ley para sustituirla por el amor es una simpleza. Sobre todo, porque no es verdad:

No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

Pero, paradójicamente, es en esa plenitud donde toda aquella infinidad de preceptos encuentra su unidad y alcanza la sencillez que faltaba. Como si miles de células se congregaran en un cuerpo, y así pasaran a ser un solo organismo, así los miles de preceptos se agruparon en torno a Cristo.

Mirad un crucifijo. Allí reside la plenitud de la Ley, y allí se encuentra la sublimación del Amor. Ahora, la Ley de Dios no se encuentra en un libro. Está, toda ella, clavada en la Cruz. Basta una mirada amorosa para entenderlo todo, y basta un abrazo para que todo sea cumplido.

(TC03X)