El Mar de Jesús de Nazaret

2 febrero, 2019 – Espiritualidad digital

Cuando la grandeza nos encuentra distraídos

Cuando Israel entró en la tierra prometida, Dios hizo un pacto con ellos: Ya no pertenecían al Faraón, sino a Dios. Y, en prueba de ello, le entregarían todos los primogénitos. A los animales los matarían; a los hombres los rescatarían, ofreciendo, en su lugar, un animal. Este rescate no suponía sino un aplazamiento del sacrificio, porque la muerte del primogénito, que llegaría más adelante, era sacrificial: Todos los primogénitos me pertenecen (Núm 8, 17).

Cuando se cumplieron los días de la purificación, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén.

Nunca presentó Israel a Dios un primogénito como el que ese día se ofrecía en el templo; ni se derramó en el templo una sangre tan elocuente como la de aquellas palomas. Era el primogénito de Dios el que se ofrecía, y era la sangre redentora la que aquellas palomas señalaban. El sacerdote de la antigua alianza nunca supo que, de modo misterioso, ofrecía la misma Eucaristía que ofrecemos los sacerdotes de Cristo. Toda la redención estaba allí, en aquel templo, el primer templo que albergó a la sagrada Hostia… Pero apenas nadie lo supo.

Cuida de que la grandeza, cuando pase ante tus ojos, no te encuentre distraído.

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