Libros de José Fernando Rey Ballesteros

febrero 2019 – Espiritualidad digital

Estorbos

Me impresionaron, de joven, las palabras de libro «Camino», de san Josemaría Escrivá:

«Todo lo que no te lleva a Dios es un estorbo. Arráncalo y tíralo lejos». (p. 189)

El fundador del Opus Dei iba más allá que el propio Señor, quien dijo:

Si tu mano te induce a pecar, córtatela… Si tu pie te induce a pecar, córtatelo… Si tu ojo te induce a pecar, sácatelo…

Estas palabras nos invitan a apartar de nosotros aquello que nos induzca al pecado. Pero san Josemaría me estaba invitando a prescindir, también, de lo que, sin inducirme al pecado, tampoco me acercaba a Dios. Se trataba, principalmente, de deseos: un buen coche, una buena imagen, un disco que ya no estaba en el mercado, una tarde de ensueño en buena compañía… Nada de eso era pecado. Pero, a decir verdad, eran sólo proyectos personales que no me acercaban a Dios.

Pasaron años hasta que comprendí lo del «estorbo»: cualquier deseo fuera de Dios pesa como un fardo, y se interpone en nuestro camino hacia Él.

No te cuento esto para hacerte una confidencia. Te lo cuento para que te des cuenta del tiempo perdido en desear lo que no es Dios.

(TOI07J)

Por más que digan…

Dicen por ahí que las personas no cambian; que el temperamento con que nacemos nos acompañará a la tumba; y que la conversión no consiste en un cambio de temperamento, sino, todo lo más, en una corrección del carácter. Es decir: «Si has nacido colérico, morirás colérico. Intenta, con la ayuda de Dios, que esa cólera tuya no cause estragos en los demás».

No es verdad. Y Juan me da la razón. La gracia cambia a las personas, si se dejan.

Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros.

Éste es el Juan anterior a la Cruz. El mismo que quiso incendiar una aldea de samaritanos. El mismo que pretendía, sin merecerlo, sentarse a la derecha de Jesús en su reino.

Nada tiene que ver ese Juan con el alma contemplativa que se abismó ante el costado abierto del Señor en la Cruz; ni con el discípulo amado que creyó en silencio ante el sepulcro vacío; ni con el apóstol que apoyaba su cabeza en el pecho del Maestro; ni con el autor del cuarto evangelio.

Sí. La gracia cambia a las personas… si se dejan.

(TOI07X)

Pequeño entre los pequeños

A Dios debería corresponder el lugar más alto entre los hombres. Y, sin embargo, en cada Eucaristía, cuando el sacerdote extiende las manos sobre un trozo de pan y un poco de vino, el Señor desciende al altar, se oculta bajo esas apariencias tan humildes, y se hace presente como el más pequeño de todos. Incluso el niño que, en brazos de su madre, llora y rompe el silencio de la asamblea, se hace notar más que Él. Él calla, duerme, se postra, y hasta para entrar en el cuerpo de sus discípulos tiene que ser llevado allí por las manos del sacerdote. Mirad al Omnipotente, tratado como un inválido. ¿Hay alguien más pequeño que Él en la asamblea? Y, sin embargo, ¿existe alguien mayor que Él?

Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.

Si nos dejáramos sobrecoger por este misterio, si comulgásemos bien, saldríamos de la iglesia tan empequeñecidos que nada desearíamos sino postrarnos a los pies de nuestro prójimo, a fin de ocupar el sitio que Él ha ocupado ante nosotros. Y no desearíamos aparentar ni brillar ante los hombres, sino, solamente, servir.

Pero ¿nos sobrecogemos en cada Eucaristía?

(TOI07M)

Secretos

La vida interior consiste en tener secretos con Dios. Cuando existe unión interior entre el alma y su Señor, se crea una intimidad amorosa en la que Creador y criatura se comunican ternuras y delicias que quedan en lo escondido. Tan secretas son, que sólo en lo profundo del alma quedan impresas. Y uno no puede hacer otra cosa, para referirse a ellas, que llevarse la mano al pecho y callar. «Secretum meum mihi».

La muerte interior consiste en tener secretos con los demonios. Intenciones perversas, dobleces, deseos infames que se ocultan para no perjudicar la «buena imagen» que uno quiere preservar ante los hombres. En ocasiones, esos secretos se le ocultan incluso al confesor, disfrazando maldades ocultas con palabras genéricas y eufemismos perfumados que salvan, a duras penas, la tranquilidad de la conciencia.

Tiene un espíritu que no le deja hablar; y, cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido.

Quienes tienen secretos con los demonios sufren una tensión interior que no les deja vivir. Quienes tienen secretos con Dios gozan de una paz que es manantial de vida eterna.

Elige bien a quién quieres confiar el secreto de tu alma.

(TOI07L)

Genética y ejemplo

Los hijos llevan los genes de los padres, y solemos decir que «de tal palo, tal astilla». Pero no todo son genes. También imitan los hijos lo que ven hacer a sus progenitores. Genética y ejemplo se confabulan para que sean los hijos dignos de los padres.

Amad a vuestros enemigos; y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados.

A nadie le brota del corazón el deseo de amar al enemigo. Del enemigo te defiendes, o lo atacas, o lo ignoras. Pero amarlo… Eso sólo lo hace Dios. Dios envió a su Hijo para redimir a quienes le habían ofendido, y, en la Cruz, ese Hijo pidió perdón para sus verdugos.

Para poder actuar así no basta con ser hombre; es preciso ser hijo de Dios, llevar sus genes, vivir de su Espíritu. Sólo un alma en gracia está capacitada para amar de esta manera.

Aunque no bastan los genes. Es preciso, además, que esa alma en gracia medite día y noche la misericordia que el Señor ha tenido con ella. Sólo así podrá imitarla y vivirla, también, con sus semejantes.

Genética y ejemplo. Gracia y contemplación. Ellas son la clave del Sermón de la Montaña.

(TOC07)