El Mar de Jesús de Nazaret

febrero 2019 – Espiritualidad digital

Barro frágil, piedra firme

La Cátedra de Pedro es la Cátedra de Cristo. El mismo Pedro, esa misma piedra, es la cátedra desde donde Cristo instruye a su Iglesia con voz prestada.

Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

Son palabras misteriosas, especialmente cuando se dirigen a un hombre lleno de debilidades; al mismo que, por no soportar las manos frías, fue a calentarse a la hoguera de los verdugos de Cristo; al mismo que, poseído por el miedo, tres veces negó conocer a su Maestro; al mismo que, en Antioquía, se ocultó y disimuló por no disgustar a los judaizantes…

¡Quién lo diría, leyendo sus cartas! Hay en ellas una fortaleza y una doctrina que no parecen, precisamente, salidas de una mano temblorosa. Así tenía que ser: en la debilidad de Pedro se muestra la fuerza de Cristo.

Cada vez que escucho al Papa Francisco suplicar: «rezad por mí», me parece percibir su miedo. Palpa la fragilidad de su barro, y tiembla al pensar que Cristo le ha nombrado Piedra. Rezo por él, pero no comparto su miedo. Cristo se ha sentado en esa Piedra. Y el poder del infierno no la derrotará.

Me dan más miedo los que desconfían.

(2202)

Define «Mesías»

La mitad de un 10 es un 5. Y, en los estudios, con un 5 se aprueba. Démosle un aprobado «raspado» a Simón Pedro, porque, de dos preguntas, acertó la primera y falló en la segunda.

La primera es ésta: ¿Quién decís que soy? Y, si hubiera sido la única, Pedro habría sacado un diez en toda regla. No se puede responder mejor: Tú eres el Mesías.

La segunda es ésta: «Comenta la frase: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho”». Y, allí, Simón se cayó con todo el equipo: Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. El reproche del Señor fue demoledor: ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!

Entre las dos preguntas, una pregunta intermedia habría sacado a la luz el error: «De acuerdo, soy el Mesías. Pero ¿qué significa “mesías” para ti?».

Entonces, Simón habría respondido como el mal ladrón, quien también apeló a Jesús como Mesías: «Mesías es el que viene a librarnos del sufrimiento, el que nos bajará de la cruz».

Aún no había entendido Pedro que el Mesías no vendría a bajarnos de la cruz, sino a subir Él a la Cruz, para llenar de vida eterna nuestros dolores.

(TOI06J)

Jesús, el lazarillo

En torno a la curación del ciego de Betsaida hay detalles muy valiosos; nada en los evangelios sucede por casualidad.

Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano.

Aún no estaba curado, y, sin embargo, aquel ciego ya veía. Veía por los ojos de Jesús, a quien tomó por lazarillo. Y se fiaba de Él, mientras se asía fuertemente a su mano. ¡Qué ternura, la del Señor, al tomar la mano de aquel ciego y guiarlo hasta un lugar apartado! Es la misma ternura con la que te ofrece la mano del director espiritual. Y tú, al fiarte del sacerdote, al obedecer y mirar por sus ojos, que son los de Cristo, no introduces a un extraño en tu intimidad con Jesús, porque, en esa dirección espiritual sincera, la persona del sacerdote desaparece, y es el propio Jesús quien te guía.

Lleva Jesús al ciego fuera de la aldea, porque los grandes milagros suceden a solas, en la intimidad de la oración. Allí unta saliva en tus ojos, porque su palabra es luz para tu alma, y así se alumbran claridades y despierta la fe.

Obediencia y vida de piedad. Cuídalas ambas, y habrá luz en ti camino.

(TOI06X)

Tenemos ojos y oídos

El Todopoderoso, al tratar de sembrar en los corazones de los hombres la semilla del reino, se sintió impotente. Él les anunciaba verdades eternas:

Evitad la levadura de los fariseos y de Herodes.

Y, mientras tanto, ellos discutían sobre el hecho de que no tenían panes. Miraban a la tierra, mientras el Señor les hablaba del cielo.

Jesús se desmorona:

¿Tenéis el corazón embotado? ¿Tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís?

Llevas razón, Señor. Tenemos ojos, y no vemos tus maravillas, porque esos ojos están pendientes de una serie de televisión, o de la pantalla del teléfono móvil. Tenemos oídos, y no oímos, porque esos oídos están escuchando Spotify, o enfangados en conversaciones vanas.

Tenemos ante nosotros el altar, donde tu cuerpo se ofrece, y nos volvemos para mirar quién acaba de entrar en la iglesia. Se proclama tu Palabra, y estamos repasando mentalmente la lista de la compra. ¿De qué nos sirven los ojos y los oídos, si los enterramos, porque los sumergimos en las cosas de la tierra?

¡Qué mal te lo hacemos pasar!

Hoy te entregamos nuestros ojos y nuestros oídos. No permitas que se fijen en nada ni nadie más que en Ti.

(TOI06M)

Signos y monedas al aire

¿Por qué dice Jesús, cuando los fariseos le piden un signo del cielo: En verdad os digo que no se le dará un signo a esta generación?

Más signos no les pudo dar. Ciegos que veían, cojos que andaban, muertos que resucitaban… Y, por si fuera poco, el signo de los signos: la Cruz.

¿Por qué, entonces, dijo aquello?

Porque no les daría el signo que ellos pidieran, sino el que Dios había dispuesto darles. Aquellos hombres querían un mago a sueldo, no un mesías. «Ahora haz que se detenga el sol en el cielo; ahora haz que llueva; ahora vuela… Haz eso, y creeremos en ti». ¡Que baje ahora de la cruz, y le creeremos! (Mt 27, 42).

Aprende, y no juegues con esas cosas. «Señor, lanzaré una moneda al aire, y, si quieres que pida perdón a mi cuñado, haz que salga “cruz”». A san Matías ya lo eligieron, guarda esa moneda. «Señor, abriré la Biblia al azar, dime lo que tengo que hacer». Y te sale: «Bood engendró, de Rut, a Obed». Átame esa mosca por el rabo.

No te van a dar ningún signo. Aprende, más bien, a leer los que ya te han dado.

(TOI06L)