Libros de José Fernando Rey Ballesteros

enero 2019 – Página 2 – Espiritualidad digital

Los que dan paz, y los que dan guerra

No sé si los cristianos somos conscientes de lo que decimos cuando decimos «paz».

Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.

Desde los inicios de la Iglesia, el saludo judío «la paz sea contigo» pasó a significar el deseo de la comunión con Cristo. Él es nuestra paz.

Lo contrario de la paz es la guerra. Y hay gente que da mucha guerra. No necesitan armas para ello; su mera presencia crispa el ambiente. ¿No conoces a gente así? No serás tú uno de ellos, ¿verdad?

La gente que da guerra da lo que tiene. Están en guerra en su interior, viven crispados. Ni aceptan la voluntad de Dios sobre sus vidas, ni se aceptan a sí mismos. Por eso, cuando te acercas a ellos, te parece estar en un campo de batalla, y sientes la necesidad de defenderte.

La gente que da paz es gente que vive, en su interior, unida a Cristo. Están descansados por dentro, porque viven recostados en el Señor. Cuando te acercas a ellos, notas que su compañía te descansa.

Ten paz. Da paz.

(2601)

“Evangelio

Gracias que tumban, y santos que se levantan

¿Sabes lo que es una gracia «tumbativa»? Su nombre lo dice: es Dios, que se te echa encima, y te tira por tierra. Como si, cansado de verte correr, te pusiera, de repente, la zancadilla, para tenerte quietecito y poder hablar contigo, aunque sea con un par de costillas rotas.

Con Pablo sucedió algo parecido. Una gracia «tumbativa» lo derribó y lo dejó medio ciego. Pero sólo de los ojos. Su alma quedó tan iluminada, que yo no veía sino a Cristo, y éste crucificado, en cuanto le rodeaba.

Diréis que así es más fácil. Si Dios te tumba de un «golpe de gracia», te ahorra el trabajo de buscarlo, y apenas te deja espacio para huir. Pero no confundáis la gracia de la conversión («tumbativa» o no) con la tarea de la santificación.

El que crea y sea bautizado se salvará.

Tras haber sido tumbado por Dios, Pablo se tuvo que levantar por su propio pie, buscar a Ananías, y dejarse bautizar. El que Dios te tumbe puede iluminarte, pero no te santifica. Te santificarás si, en respuesta a esa llamada, te levantas y sigues a Cristo en obediencia. Podrías empezar por levantarte de la cama a tu hora.

(2501)

“Evangelio

Estrujamientos

La escena es espeluznante. No estoy seguro de que me hubiese gustado estar allí. Las aglomeraciones me producen pánico.

Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío… Todos lo que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.

¡Pobre Jesús! Un Cristo estrujado es un Dios entregado como pan a una multitud hambrienta. Pero, debido a las naturales limitaciones de la física, sólo unos pocos de aquellos que empujaban pudieron tocar al Señor durante unos segundos. Los demás sufrirían los empujones, pero volverían a casa sin haber logrado ni siquiera aproximarse.

¡Bendita Eucaristía! ¡Todo Cristo para mí, durante todo el tiempo que yo quiera! No tengo que empujar a nadie, salvo a mis distracciones y apegos mundanos. Y nadie me empuja, salvo el Espíritu, que me lleva al altar para que coma y sea comido.

Piénsalo bien: aquellos hombres sufrieron empujones durante horas para llevarse, los más afortunados, un «poquito» de Jesús. Tú lo tienes a tu disposición, entero, en el sagrario, y puedes devorarlo cada día en la santa Misa para quedar curado de tus culpas. ¿Lo aprovechas? ¿O será Jesús quien tenga que «hacer cola» para estar contigo?

(TOI02J)

“Evangelio

Enfermos incurables

El Papa Francisco ha hablado de este mundo como un «hospital de campaña». Ya lo creo que lo es. Nadie hay bajo el sol que no esté enfermo. Tú, que te jactas de tener buena salud, estás enfermo. Mírate por dentro, y, si no ves tu enfermedad, te diré cuál es: la ceguera.

La sinagoga en la que entró Jesús estaba llena de enfermos. Uno de ellos tenía una mano paralizada. Jesús le dijo: «Extiende la mano». La extendió y su mano quedó restablecida.

Eso fue lo más fácil. Para el Hijo de Dios, curar una enfermedad corporal es muy sencillo. Más difícil lo tiene con las dolencias del alma, que son los pecados. No puede sanarlos si no encuentra contrición en el pecador.

Echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de su corazón

Con los corazones duros, todo el poder de Dios se queda en nada. Y, ante ellos, en lugar de curar al hombre, es Jesús quien enferma y llora.

No dejes que se te endurezca el corazón. Déjate corregir, sé humilde. Y, si tu corazón ya se ha endurecido, al menos reconócelo ante Dios y ante el confesor. Así comenzará a ablandarse.

(TOI02X)

“Evangelio

A un católico practicante

Me dices que eres «católico practicante». Pero permíteme que te diga que me pareces más «practicante» que «católico».

Te lo concedo: no te saltas ni una misa. Y procuras cumplir la Ley de Dios. Pero se te nota en la cara, y en ese carácter tan amargo con que nos obsequias, que cumplir la Ley de Dios no te hace feliz. Valoro tu esfuerzo. Pero me das pena.

Cuando evitas el pecado, lo haces con resignación. En el fondo, piensas: «¡Lástima que esto sea pecado! Si no fuese pecado, cuánto lo disfrutaría. Pero, como quiero ir al cielo, tendré que abstenerme. ¡Qué fastidio!»

Cuando vas a misa, buscas siempre la misa más corta, como si pensaras: «Iré a esta misa, que apenas dura media hora, y así tendré el resto del domingo para mí».

El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado. La Ley de Dios se te ha dado para tu felicidad, no para tu fastidio.

¿Sabes lo que te pasa? Que no amas a Dios. Lo temes, pero no lo amas. Y así, no serás feliz ni el cielo.

Deberías rezar mejor. Busca su rostro, contémplalo, enamórate… Y, así, no «practicarás». Disfrutarás.

(TOI02M)

“Evangelio