Libros de José Fernando Rey Ballesteros

enero 2019 – Espiritualidad digital

La gran antorcha, y la pequeña linterna

Te copio unos versos del profeta Jeremías:

Pensé en olvidarme del asunto y dije: «No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo intentaba sofocarlo, y no podía (Jer 20, 9).

Los he recordado al leer:

¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín, o debajo de la cama?

Porque, cuando metes la lámpara debajo de la cama, la cama arde. Así le sucedía al profeta, y así le sucede a quien tiene en el corazón la palabra de Dios: no puede callar. Si calla, se abrasa.

Me pregunto qué es lo que tiene callados a tantos cristianos, sumidos en un silencio que es cruel con un mundo tan necesitado. ¿Tienen verdadero fuego dentro, o se trata de una linterna de pila de botón?

Mientras tanto, el candelero es para el enemigo. Hay diarios, en Madrid, que cada día publican un escándalo protagonizado por sacerdotes.

Os lo pido en nombre de Dios: dejad la linternita piadosa, y no temáis al fuego, aunque os queme. Dejaos quemar, convertíos en teas humanas que incendien la tierra y cubran el falso brillo de esos candeleros de tinieblas.

(TOI03J)

“Evangelio

A buen entendedor, pocas parábolas

A estas alturas de mi vida, sería millonario si me hubiesen dado un euro por cada vez que me han preguntado por el sentido de esta frase del Evangelio:

A los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que «por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados».

No me deis un euro, por favor, que el dinero corrompe.

La frase, tomada del profeta Isaías, es irónica. Claro que Dios quiere que todos los hombres se conviertan y sean perdonados. Pero, para que esa conversión sea auténtica, debe ser libre. Dios nunca deslumbra, sólo alumbra. Y, quien no quiere ser alumbrado, siempre puede cerrar los ojos, porque esa luz no es irresistible.

La parábola tiene una ventaja sobre el discurso explícito: requiere colaboración del oyente, quien tiene que tomarse la molestia de interpretarla para entrar en ella y entender su sentido. De este modo, quien no quiere convertirse puede quedarse fuera: «No la entiendo. Que hable más claro». Mira, y no ve, porque no quiere. Oye, y no entiende, porque no quiere. No vaya a ser que se convierta (a la fuerza) y sea perdonado (sin desearlo).

(TOI03X)

“Evangelio

Para saber lo que quiere Dios

Si me preguntas que es lo realmente importante en la vida, te diré que lo único que importa en esta vida es hacer la voluntad de Dios.

El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre.

Por eso, cuando vayas a pedir algo para ti, pide, en primer lugar, que hagas siempre lo que Dios quiere.

¿Y cómo sabes qué quiere Dios?

Lo sabrás, si cumples estos tres consejos:

El primero es que leas, cada mañana, la Palabra de Dios. Por ejemplo: el evangelio del día. Allí encontrarás, si escuchas, luces para el día que comienza, y quizá puedas formular un pequeño propósito para cumplir durante la jornada.

El segundo es que te sometas a un horario, y que le entregues ese horario a Dios. De este modo, cada vez que mires el reloj podrás preguntarte: «¿Estoy en mi sitio? ¿Estoy haciendo ahora lo que Dios quiere?»

El tercero es que obedezcas a un director espiritual. Él te ayudará a discernir la voluntad de Dios en las encrucijadas de tu vida, y corregirá tus desviaciones.

Ya lo ves, es fácil… de explicar. Cumplirlo no es tan fácil. Pero te lo juegas todo.

(TOI03M)

“Evangelio

Róbame lo que no te doy

Te entregas a Dios; y sé que quieres pertenecerle por completo. Pero, mírate: nunca acabas de entregarte del todo. Rezas; pero, durante la oración, sigues aferrado a tus problemas y dando vueltas en la cabeza a tus asuntos. Llevas una vida ordenada, y entregas ese orden como ofrenda a Dios; pero, por favor, que no te lo desordene, que no rompa, con imprevistos, esas rutinas tuyas. Le dices a Dios que tu corazón es suyo; pero… ¡cuántos apegos terrenos!

Un reino dividido internamente no puede subsistir.

Luego te quejas de que te falta fe. Pero lo que te falta, más bien, es generosidad. Si te entregaras por completo, tus ojos, limpios de egoísmos, recibirían más luz.

Lo sé. Quieres, pero no puedes. Por más que lo intentas, siempre acabas quedándote con algo.

Te diré lo que puedes hacer: si no te ves capaz de entregarle a Dios todo cuanto tienes, dale, al menos, permiso para que te lo robe:

«Señor, aquí me tienes. Toma cuanto quieras de mí; soy tuyo. Toma mi tiempo, mis planes, mis problemas, mis afanes…»

¡Ah, una cosa más! Si has hecho esta oración, y Dios viene a robarte, no te quejes. Se lo pediste tú.

(TOI03L)

“Evangelio

El «aconsejón» y el evangelista

La forma «menos buena» del apostolado es la del «aconsejón»: se te acerca, te pone la mano en el hombro, y te endilga una monserga que no le habías pedido: «Esa vida que llevas no es buena, y, acabarás en el Infierno. Haz caso a mis consejos, ve a confesar, ve a misa, y verás cómo te sientes mejor». Ante semejante discurso, el «atacado» puede optar por salir corriendo, o por discutir. Y discutir de religión no suele ser productivo.

Lee a san Lucas:

He resuelto escribirte por su orden (los hechos que se han cumplido entre nosotros).

El evangelista no aconseja; relata. «Eres mi amigo, y te quiero contar lo que me ha sucedido. Desde que comulgo a diario, y confieso con frecuencia, mi vida se ha llenado de luz y de sentido. Cristo vive, y ha iluminado mi existencia. Te lo cuento, porque puede sucederte también a ti». Con palabras como éstas, en lugar de «atacar» con consejos a quien no los quiere, has abierto un camino ante tu amigo. Que quiera recorrerlo, o no, ya es asunto distinto. Pero recuerda que no basta con hablar. El evangelista también reza y se mortifica por aquellos que lo escuchan.

(TOC03)

“Evangelio