Libros de José Fernando Rey Ballesteros

diciembre 2018 – Espiritualidad digital

Fin de año y principio del tiempo

La Biblia comienza así: En el principio creó Dios los cielos y la tierra (Gn 1,1). Ese «principio» se encuentra en la eternidad, en Dios.

La creación tuvo su culmen en la aparición del hombre. Pero el hombre se rebeló contra Dios. Creador y criatura trataron de volver a unirse en una alianza siempre renovada y siempre rota.

Cuando has tratado mil veces de ofrecer tu mano a un niño que se ha caído, y el niño la coge y la suelta una y otra vez sin terminar nunca de levantarse, sólo puedes abandonar al niño o comenzar de nuevo.

El en principio existía el Verbo.

Juan comienza su evangelio con las palabras del Génesis. Dios creará otra vez al hombre. Ya no le tenderá la mano desde la eternidad. Ahora se agachará.

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.

Mira al Niño Jesús: Dios se ha agachado para levantarte. Se ha hecho como tú, para que tú te hagas como Él. Hoy tomas en brazos a un recién nacido; mañana, ese Niño te cargará sobre sus hombros para llevarte a ti, oveja perdida, a las praderas de su reino, al «principio» donde habita con su Padre.

(3112)

“Evangelio

Los padres perdidos y el Niño hallado

¿Os perdisteis alguna vez, cuando eráis niños? Yo recuerdo el día en que me perdí; no puedo recordar todos los detalles –era muy pequeño–, pero sí recuerdo la angustia. Para mi mente infantil, fue un pequeño apocalipsis. Sin mis padres cerca, toda referencia vital desaparecía, y yo me disolvía en la nada.

Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados.

Cuando Jesús se perdió, la angustia la sintieron sólo sus padres. Él contaba con una referencia vital: ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?

En realidad, fueron José y María quienes se perdieron; la desaparición de Jesús les arrebató la única referencia que daba sentido a sus vidas.

No quisiera perderte jamás, Niño Dios. Puedo perder mis cosas, mi honra, mi salud y a mis amigos. Mis seres queridos, un día, se marcharán; o, si no se marchan, me marcharé yo. Pero si te perdiese; si, por un momento, desaparecieras de mi lado, o me alejara yo del tuyo, moriría.

Has permitido muchas cosas en mi vida que yo aún no entiendo. Las doy por buenas, aunque me duelan. Pero jamás, ¡jamás! permitas que me separe de Ti.

(SDAFAMC)

“Evangelio

Míralo bien

Cada vez que leas el verbo «conocer» en la Biblia, deberías temblar. Cuando la Escritura habla de «conocer», no se refiere a un ejercicio intelectual. «Conocer», en la Escritura, es verbo esponsal: supone adentrarse amorosamente en lo conocido como quien se sumerge en un misterio. Adán «conoció» a Eva, y Eva dio a luz a su primogénito. María, ante Gabriel, asegura no «conocer» varón.

Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo (Jn 17, 3). Y, en la primera carta de san Juan, leemos: En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos (1Jn 2, 3). Esa mirada amorosa del discípulo se adentra de tal manera en el Maestro, que, sin apenas proponerse nada, lo acaba haciendo uno con Él.

Mis ojos han visto a tu Salvador, exclama, asombrado, Simeón. Y llora, porque, al mirar al Niño, se baña en Él como en un nuevo Bautismo.

Míralo bien; aprovecha la Navidad, y míralo bien. Si, fruto de esa contemplación, no lo imitas, es que no lo estás mirando con cariño. Vuelve a mirarlo. No es preciso hacer propósitos en Navidad; sólo hace falta mirar bien.

(2912)

“Evangelio

Los niños del Niño

Era el día de Navidad, y, en la misa mayor de mi parroquia, todos los niños parecían haberse congregado en los primeros bancos. Por eso me atreví, durante la homilía, a conversar con ellos. Señalando al Niño Jesús que teníamos frente al altar, pregunté a uno de ellos: «Dime, ¿por qué ha se ha hecho niño Dios y ha venido a la tierra?». Y el pequeño, que no tendría más de ocho años, respondió sin pensarlo: «Ha venido para morir». Me quedé petrificado.

Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores.

Los pequeños inocentes martirizados por Herodes respondieron, con su sangre, lo que aquel niño dijo en mi parroquia con palabras. La Navidad, decididamente, es de los niños.

La vida que puebla el Pesebre de Belén es vida entregada, y esa entrega se consumará con sangre. Mirar al Niño y enamorarse es mucho, pero el corazón enamorado sabe que una mirada aún es poco. Es preciso unirse al sacrificio y entregar la vida. Como aquellos niños inocentes, no habremos amado a Dios hasta que no nos lancemos de cabeza al Pesebre.

(2812)

“Evangelio

Los que miran

Quien quiera aprender a mirar un Belén tiene que acudir a Juan. Él es maestro de «los que miran».

Juan es, ante el sepulcro abierto de Cristo, lo que fueron los pastores ante el pesebre de Belén. Como ellos, echó a correr, y corría más que Pedro. Quizá porque fuera más joven, quizá porque tuviera más prisa.

Igual que los pastores al llegar ante el pesebre, Juan, al llegar al sepulcro, se detiene y contempla. Pero, también como ellos, no fía toda la contemplación a los ojos. Los ojos perciben la puerta, pero sólo la fe puede cruzarla. Si los pastores vieron a un niño acostado sobre unas pajas, Juan vio unas sábanas dobladas en el suelo. Se iluminó el alma de aquellos pastorcillos, y en el recién nacido vieron al Eterno hecho mortal. Se iluminó el alma, de Juan, y tras aquellas sábanas vio al Mortal conquistar la eternidad.

Vio y creyó.

Ojalá se pueda decir esto también de ti. ¿Qué ves, cuando miras el Belén de tu casa? «Vaya, se ha caído la estrella». ¿Eso es todo lo que ves? Mira mejor. Mira como los pastores, mira como Juan. Si quieres contemplar, debes ser de «los que miran».

(2712)

“Evangelio