El Mar de Jesús de Nazaret

noviembre 2018 – Espiritualidad digital

Quizá no mueras

Decimos, con voz solemne y gesto serio, que la única certeza de la vida es que todos hemos de morir.

Y, sin embargo, no es verdad. No todos hemos de morir. Habrá algunas personas elegidas que no mueran, y no sabemos quiénes serán, aunque algunos soñemos con contarnos entre ellas. Morir no apetece.

Como el fulgor del relámpago brilla de un extremo al otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día.

Quienes vivan cuando el Hijo del hombre vuelva sobre las nubes no morirán. También san Pablo soñaba con contarse entre esos elegidos, y decía: En un instante, los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados (1Co 15, 52).

Aunque ni siquiera todos los que vivan entonces serán transformados según la gloria de Cristo. Sólo aquéllos que lo hayan conocido y amado serán glorificados como Él.

Por eso, antes de que el Señor vuelva como el relámpago, debemos haberlo encontrado, conocido y amado en la oscuridad y el silencio del corazón.

El reino de Dios está en medio de vosotros.

Tan en medio, tan en medio, que está en el centro mismo del alma. Búscalo en ese refugio, y espera allí al relámpago. Quizá no mueras.

(TOP32J)

Lo necesitas. Pero ¿lo amas?

diez leprososDiez leprosos acudieron a Jesús en busca de sanación. Los diez necesitaban al Señor.

Nueve de ellos, judíos que habían sido educados en la observancia de la Ley, cuando fueron curados, sintieron que ya podían continuar su vida por sí mismos, y que, por tanto, Jesús no les hacía falta para nada. Volvieron a sus pueblos, rezaron cada sábado en sus sinagogas, y, al cabo del tiempo, murieron.

Jesús, sin embargo, parecía necesitarlos a ellos más que ellos a Él. preguntó por ellos:

Los otros nueve, ¿dónde están?

Es que uno de los diez, un samaritano, que había crecido como un proscrito para los judíos, y, después, había vivido bajo el signo de la maldición a causa de la lepra, cuando fue curado, aprendió a amar a Cristo. Y se postró a los pies de Jesús. Solamente a él le dijo el Señor:

Tu fe te ha salvado.

El amor con que amó al Hijo de Dios lo salvó de la muerte y del Infierno. Sólo él, entre los diez, recibió vida eterna.

Todos necesitamos al Señor. Y todos le pedimos, diariamente, desde nuestra pobreza. Pero necesitar al Señor no basta. Si no aprendemos a amarlo, no nos podremos salvar.

(TOP32X)

Inutilidad del criado y provecho del Señor

El gran problema de la Humanidad –os lo aseguro– es que, en este bendito planeta, todo el mundo hace lo que le da la gana. Y, como la mayoría de quienes leéis estas líneas sois cristianos, trazaré una raya: unos hacen los que les da la gana porque les da la gana, y otros hacen lo que les da la gana «in nomine Domini». Éstos tienen más pecado, porque, en lugar de obedecer a la Voluntad de Dios, ponen la Voluntad de Dios a favor de su santa voluntad.

Y, sin embargo…

Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: «Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer».

Pero la gente sueña con ser útil. Piensan que sus felices iniciativas arreglarán el mundo, y cada uno se lanza a hacer su obra.

Es urgente que recuperemos el valor de la obediencia. Porque, cuando un cristiano se entrega a cumplir la Ley de Dios, se somete por amor a Dios a un director espiritual, y procura cumplir con perfección sus deberes profesionales y familiares, ya no es él quien obra. Dios obra a través de él.

Benditos siervos inútiles, que dejan obrar a Dios. ¿Cuántos quedan?

(TOP32M)

Si tu hermano te ofende…

Te han hecho daño, y ahora no puedes dejar de pensar en ello. Ya no rezas por dentro, has perdido la presencia de Dios. En tu cabeza, no paras de hablar con quien te ha herido. Le estás cantando las cuarenta, las sesenta y las ochenta. Lástima que no te oiga.

Bueno, hay quien te oye. Dios te escucha. Pero eso, ahora, ni te consuela, ni te satisface. Por eso, has buscado otros oídos. Y te ha faltado tiempo para poner «de vuelta y media» a quien tú ya sabes ante tus amigos. Puede que esa persona te haya herido, pero tú, después de juzgarla y condenarla en tu interior, ahora la estás difamando.

Detente. Calla por dentro y por fuera. Y escucha a quien sufrió más injusticias que tú:

Si tu hermano te ofende, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo.

Eso es lo que deberías haber hecho, y lo que debes hacer en adelante: Cuando alguien te ofenda, en lugar de juzgarlo, reza por él. Después, cuando se haya pasado el enfado, tómalo a solas y repréndelo con cariño. Y, si no te hace caso… Sigue rezando. Dios lo juzgará. Y a ti te premiará, por haber obrado bien.

(TOP32L)

Ofrenda de amor

Todos los domingos, en misa, mientras el sacerdote ofrece a Dios el pan y el vino, se acerca al banco de la iglesia donde estás sentado esa señora -o ese monaguillo- que te planta delante de la cara el cestillo de la colecta. A ver si hoy llevas algo encima para… ¿para quién? ¿para el sacerdote? ¿para la parroquia?

Para Dios.

«¿Y qué necesidad tiene Dios de mi dinero?»

Se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas. «Los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Al depositar en el tesoro del templo cuanto tenía para vivir, aquella viuda entregaba a Dios su vida entera. Y esa ofrenda sólo puede ser ofrenda de amor.

No te pido que cuentes el dinero que dejas en el cestillo. Además, si me permites un consejo, lo mejor sería que tu aportación a la parroquia la hicieras mediante una suscripción bancaria, como pagas las cosas que te importan, y tu ofrenda en el cestillo fuera simbólica. Como una palabra. Como las arras de una boda. Como una señal de que le perteneces al Señor con cuanto eres y cuanto tienes.

(TOB32)