Libros de José Fernando Rey Ballesteros

noviembre 2018 – Espiritualidad digital

Rasgando horizontes

El mundo de Andrés, como el de tantos hombres, era pequeño: su hermano, sus amigos, su trabajo como pescador, el Mar de Galilea, Cafarnaúm… En ese pequeño universo, que, de cuando en cuando, se extendía en peregrinación a Jerusalén o al Jordán, donde Juan bautizaba, Andrés se encontraba cómodo: lo conocían, y los conocía. Nada como el terreno conocido para echar raíces. Y bien arraigado estaba Andrés, en su tierra y entre los suyos.

Hasta que, un día, aquel rabbí a quien había conocido gracias al Bautista le dirigió una llamada como un cuchillo que rasgó el horizonte de su pequeño universo:

Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.

Andrés llevó el Evangelio hasta Kiev, que se encuentra a 3.000 kilómetros de Cafarnaúm. Después murió crucificado en Acaya.

Escucha esa misma llamada, como si fuera dirigida a ti. Y cambia el lago por el mundo, los peces por hombres, las redes por la Cruz. El verdadero encuentro con Cristo abre horizontes inmensos, universales. Nada más ajeno al cristianismo que el permanecer arropado en la familia o en el grupito de amigos afines. Cuando se está llamado a redimir la tierra, siempre hay un cascarón que romper.

(3011)

Haciendo «spoiler» con la Historia

Antes, cuando un amigo volvía del cine y te empezaba a contar la película con pelos y señales, tenías que taparle la boca para que no te destripase el final y te arruinase la película. Ahora, sin embargo, dices: «No me hagas spoiler».

Yo me hago «spoiler» a mí mismo continuamente. Antes de volver a ver una película, recuerdo el final. Porque, si la película acaba mal, no me apetece volver a verla. Ya no me alegro con los momentos felices de la trama, si sé que terminaré decepcionado. Pero si la película acaba bien, la vuelvo a ver con más tranquilidad. Los momentos duros no me angustian cuando recuerdo que, al final, todo termina bien.

Quizá por eso, sólo vuelvo a ver películas antiguas. Hay pocas películas modernas con final feliz.

Con la vida sucede lo mismo. Se afrontan mejor las dificultades cuando sabes que, al final, todo acaba bien.

Verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.

La Historia acaba bien. Y agradezco al Señor el «spoiler». Lo necesitaba. Y tú también. En lugar de arruinar tu película, Jesús te ha salvado la vida con ese anuncio. Si te lo crees, claro.

(TOP34J)

El apostolado de la «santa envidia»

El Señor nunca engañó a nadie. A quienes querían seguirlo, desde el principio les mostró los obstáculos y dificultades que tendrían que afrontar para ser discípulos suyos. Nunca dijo que ser santo fuera fácil; al contrario, explicó que no existe santidad sin cruz, ni cruz sin sufrimiento.

Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles

Los tiempos no son buenos. Confesar que uno va a misa no tiene el mismo efecto que confesar que uno es del Atlético de Madrid. Si dices que eres del Atleti, se ríen de ti en broma, con guiños de camaradería. Si dices que vas a misa, te juzgan y te condenan por lo bajo y por lo alto. Sin embargo, nunca ha sido más necesario que los laicos habléis de vuestro amor a Dios con santa naturalidad.

Si no podéis respaldar vuestra confesión de fe con una vida ejemplar (¿quién puede?), respaldadla con una vida feliz y enamorada. De este modo, al ver vuestra alegría, fruto de una vida interior seria y gozosa, los mismos que os juzgan os envidiarán. Y, movidos por esa «santa envidia», muchos de quienes comenzaron por reírse acabarán pidiéndoos que los acerquéis a Dios.

(TOP34X)

El Cristo que no aparece en la CNN

Desde el 11 de septiembre de 2001, los occidentales sabemos que nuestro mundo puede venirse abajo en cualquier momento. Hemos contemplado los crímenes del ISIS, la guerra en Siria, horrores en Yemen y Nigeria, amenazas nucleares en Irán y en Corea… ¿Cómo dudar de que vivimos sobre un polvorín? Si alguien creía que la civilización occidental, con sus modernas democracias y su avanzada tecnología, era el paraíso en la tierra, supongo que, a estas alturas, estará desengañado.

Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.

La CNN nos sirvió en pantalla el Apocalipsis aquel 11 de septiembre. Y cualquiera que se asome a esa ventana para observar el mundo se contagiará del temblor con que tiritan los pueblos y las piedras. Pero hay otra ventana: el Evangelio.

Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.

Se trata de un enorme crucifijo: la muerte gana terreno, y los brazos de esa cruz se extienden por la tierra y por la Historia. Pero, en ella, Jesús sufre y redime a los hombres. No existe cruz alguna en este mundo en la que Cristo no esté crucificado. Y Él es nuestra paz.

(TOP33M)

La santa anónima

viuda pobreNo ha pasado a la Historia el nombre de aquella viuda pobre que entregó cuanto tenía en el tesoro del templo. Al «buen ladrón», al menos, lo hemos bautizado en España como Dimas. Pero esta santa mujer se ha refugiado en Dios de tal manera, que hasta su nombre ha quedado oculto para nosotros. ¿Cómo canonizarla? Su santidad se encuentra sumergida en la misma santidad de Dios, y no hay forma de distinguirlas.

Ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Y, así, en esta santa anónima se encarna la primera de las bienaventuranzas, la referida a los pobres de espíritu.

Los ricos tienen miedo, porque se cuidan a sí mismos. Podrán ser piadosos, pero nunca santos, mientras sigan siendo ricos en su alma. Dicen: «Tengo mucho; seré piadoso y haré limosnas, para tener también a Dios». La viuda, sin embargo, ha experimentado que Dios la cuida mejor que ella misma, y se fía de Él. Por eso entrega todo. Si le preguntas, te dirá: «No tengo nada. Dios me tiene a mí».

No es cuestión de mucho o poco dinero. Se trata, en el fondo, de saber quién te cuida: tus riquezas, o tu Dios.

(TOP33L)