El Mar de Jesús de Nazaret

9 septiembre, 2018 – Espiritualidad digital

Un milagro con exceso

Se le fue a Jesús la mano. Y, queriendo curar a un mudo, curó a cientos a la vez. Cuando, después, quiso arreglarlo, ya no era posible. ¡Cualquiera vuelve a meter la pasta de dientes dentro del tubo!

Será mejor, Señor, que midas tus fuerzas en el próximo milagro.

Te presentaron a un sordo que, además, apenas podía hablar. Y Tú suspiraste y le dijiste: Effetá (esto es, «ábrete»). Pero lo gritaste tan fuerte, que aquella palabra, además de sanar al enfermo que estaba ante ti, alcanzó, con su poder, a los cientos de personas que te rodeaban. De repente, se les soltaron las mordazas de los respetos humanos, y sus bocas, libres de cobardías y demonios mudos, comenzaron a proclamar tu nombre a grandes voces.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.

No los culpes, Jesús, por gritar tu gloria. Míranos, más bien, a nosotros. ¡Son tan pocos quienes aclaman tu nombre por las calles! ¡Son tantos los cristianos que enmudecen ante el mundo por vergüenza!

¡Grítalo! Grítalo de nuevo, desde el Cielo, con más fuerza que nunca: Effetá. ¡Y que se acaben los mudos!

(TOB23)