El Mar de Jesús de Nazaret

septiembre 2018 – Espiritualidad digital

Jesús, Tú no eres un tren

El tren no espera. Llega al andén, abre las puertas, cierra las puertas, y se marcha. En cuestión de minutos estás a kilómetros de casa.

Hoy quizá te sorprenda, Jesús, porque esto no te lo he dicho nunca: te agradezco que no seas un tren. Te has portado conmigo como te portaste con Mateo, y me parece maravilloso.

Le dijiste: Sígueme. Quien te confunda con un tren pensará que, a partir de entonces, Leví emprendió un viaje con las puertas cerradas y sin marcha atrás. Y es verdad; lo es en Mateo, y también en mí. Pero no como quien monta en un tren.

Porque, a renglón seguido, en lugar de veros caminando, te veo sentado a la mesa con Leví y sus amigos. Le pides que te siga, pero, primero, Tú te quedas y cenas con él.

Maravilloso.

Has querido, primero, cenar conmigo, compartir mi vida y santificar cuanto soy y cuando hago, menos el pecado. Y, después, me llevas a compartir tu muerte, a redimir mi pecado, y a que yo cene en tu casa por toda la eternidad.

Si los trenes fueran como Tú… sería un desastre. Por eso me alegro de que no seas un tren.

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Don Pésimo

No sé si, entre tus amigos, se encuentra el típico «Don Pésimo», el insoportable aguafiestas a quien la única forma de arrancarle una sonrisa es que te vea caer rodando por una escalera para poder comentar, cuando estés en el suelo: «Ya te lo dije». Fuera de esas ocasiones, no hay modo de hacerle sonreír. Le dices que has encontrado trabajo, y te responde: «Con ese horario, acabarás muerto». Le anuncias que has tenido un hijo, y te felicita diciendo: «Te vas a gastar un dineral para mantenerlo». Le dices que te ha tocado la lotería, y te responde: «¿Para qué quieres tú tanto dinero?».

Los fariseos eran así; una casta de aguafiestas. El Señor, además de ser Dios, fue un héroe al comer con ellos. Ante las lágrimas de una pecadora, lágrimas que conmovían el corazón de Cristo, el fariseo se endureció:Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando… Pobre idiota.

Tú no aprendas del fariseo. Aprende de la pecadora. Sé cariñoso con Jesús, derrítete cuando comulgues, llora en su pecho, besa sus pies. Y quien quiera amargarse… que se compre un mono de juguete, y le dé cuerda.

(TOP24J)

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Sincronízate

sufrimientoCuando estoy triste, mis ojos lloran. Cuando me alegro, ríen mis labios. Quienes me conocen saben cómo me encuentro en cuanto me ven. Es inevitable. Mi cuerpo se mueve al compás que toca el corazón, y hace la cara de espejo del alma.

Dice san Pablo que los cristianos somos miembros de Cristo, y Él es la cabeza a la que el cuerpo debería someterse. Sin embargo…

Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado.

Se queja el Señor de que lloramos cuando Él ríe, y reímos cuando Él llora. Dime si no es verdad: se complace Jesús al vernos entrar en la iglesia, pero muchos entran de mala gana, deseando que la misa sea lo más corta posible; se entristece Jesús ante palabras frívolas y obscenas que, sin embargo, a muchos cristianos les hacen reír a carcajadas. Sonríe el Señor, y llora el cristiano; llora el Señor, y el cristiano ríe… Lo más triste de todo es ver a Jesús reír y llorar a solas.

Reza más. Reza mejor. Ama más. Y tus sentimientos se sincronizarán con los de sagrado Corazón de Jesús. Así, al verte, todos sabrán cómo se siente Dios.

(TOP24X)

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El Dios que llora contigo

Somos injustos con Dios cuando, ante oraciones «no escuchadas», pensamos que no le importa nuestro dolor. Es cierto que, en ocasiones, cuando sufrimos y oramos, ni nuestros problemas se resuelven, ni nuestros dolores se amortiguan. Pero eso no significa que Dios permanezca impasible ante nuestro sufrimiento.

Sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda

Contempla Jesús el llanto de aquella mujer, y sus entrañas se conmueven.

No llores.

Toca Jesús al muerto, resucita el hijo, y enjuga el Señor las lágrimas de la madre, quien ve su dolor convertido en alegría.

En algunas ocasiones –mira atrás en tu vida, y me darás la razón–, el Señor enjugó lágrimas, calmó tu dolor, y te devolvió lo que la vida te había arrebatado.

Otras veces –aunque te cueste más trabajo comprenderlo–, Jesús no enjuga tus lágrimas, ni te devuelve lo robado. Rezas, y no por ello terminas de sufrir. Pero eso no quiere decir que a Jesús no le importes. Quiere decir que, desde la Cruz, Dios llora contigo, y santifica tus lágrimas, para que sean aguas de salvación. Créeme que, en esos momentos, estás recibiendo más, mucho más, que cuando Jesús las enjugó.

(TOP24M)

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El regalo del centurión

Bendito centurión. Sin saberlo, nos ayudó a preparar todas las comuniones de todos los cristianos en todos los lugares del mundo.

Señor… no soy digno de que entres bajo mi techo… Dilo de palabra, y mi criado quedará sano.

La Iglesia, asombrada ante la fe de un pagano, recoge sus palabras y las pone en nuestros labios antes de cada comunión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».

¡Qué oración tan preciosa! El sacerdote alza la sagrada Hostia. Ante su blancura, que representa la pureza de Cristo, nos sentimos sucios. ¡Cómo podremos, quienes tanto hemos pecado, ser dignos de recibir tanta pureza!

Pero el reconocimiento de nuestra miseria no podrá apartarnos de ese Amor. Poco antes, en la plegaria eucarística, el sacerdote ha dicho: «Te damos gracias, porque nos haces dignos de servirte en tu presencia». ¡Cierto! Nosotros no somos dignos, pero Tú, al derramar sobre nosotros tu sangre en el bautismo y la penitencia, nos haces dignos. Esa Palabra tuya, que eres Tú, a quien recibiremos, nos sanará. Acudiremos a comulgar como acude el enfermo al dispensario. No por nuestros méritos, sino por tu Amor seremos sanados.

¡Bendito centurión!

(TOP24L)

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