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7 agosto, 2018 – Espiritualidad digital

El poder de la obediencia

Cuando Simón reconoció a Jesús como el Mesías, el Señor le dijo: Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mt 16, 17). No fue la única vez en que Dios le puso a Pedro las palabras en la boca.

Lo mismo sucedió cuando Simón, viendo caminar a Jesús sobre las aguas del Lago, gritó: ¡Mándame ir a ti sobre el agua!

Esas palabras no nacieron en Pedro. Hubiera sido más propio de aquel rudo pescador decir: «¡Voy p’allá!», y saltar de la barca para, después, pegarse un buen chapuzón. Esa fue, al fin y al cabo, su reacción ante la Pasión de Cristo.

Sin embargo, ese ¡Mándame ir a ti!, que Juan XXII incorporó a la oración «Alma de Cristo», viene del Espíritu. En esas palabras brilla una verdad divina: quien obedece, todo lo puede. Si Dios me manda volar, saltaré, y surcaré en su nombre los cielos. La obediencia obrará el milagro.

No quieras lanzarte a realizar obras buenas tú solito. Busca un buen director espiritual, y obedécele. Desea hacer sólo lo que Dios te pide, y te asombrarás de lo que Él hace en ti.

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