El Mar de Jesús de Nazaret

agosto 2018 – Espiritualidad digital

La «voz en off» de Dios

No deja de ser misterioso y fascinante, en la parábola de las diez vírgenes, el relato de la aparición del esposo:

A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!»

¿Quién gritó? Si las diez vírgenes estaban dormidas, ¿quién dio la voz de alerta? ¿A quién le debemos esas palabras preciosas que rompieron el silencio de la noche, y que resuenan en el alma cada vez que se escuchan las campanas de una iglesia: ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!? El relato no desvela ese secreto, parece que hubiera sido, tan sólo, una voz, una «voz en off»… Es la «voz en off» de Dios.

Cuando te dejas deslumbrar por el ruido y los brillos de las criaturas, tu alma está aturdida, y no puede escuchar ni ver a Dios. Es preciso que te recojas en tu interior, que huyas de esos falsos resplandores y te sumerjas en la noche silenciosa de la fe, igual que huyó Israel de Egipto y se sumergió en el Desierto. No tengas miedo a ese silencio y a esas tinieblas. Cuando te cubras con ellas, escucharás al Espíritu.

Él es la «voz en off» de Dios.

(TOP21V)

El reloj y la santidad

Me dijo que había descubierto la forma de vivir en paz: se había quitado el reloj. Así se liberaba de agobios, rezaba sin prisas y a la hora que quisiera. Tampoco había que obsesionarse con la puntualidad, y, si alguien lo tenía que esperar, que lo esperase. Mejor llegar tarde y con paz, que a tiempo y estresado.

Le dije que, si quería seguir dirigiéndose conmigo, se pusiera el reloj inmediatamente. A mí ya me había hecho esperar veinte minutos. ¿Crees que puedes vivir como Adán en el Paraíso, sin más preocupación que el fresco de la brisa? Perdimos la vida por el pecado, y debemos recuperarla para clavarla en la Cruz. Pero la vida se compone de tiempo. Quien no toma posesión del tiempo no puede entregar la vida.

¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas?

A Dios le importan las horas. Hay un tiempo para rezar, un tiempo para trabajar, un tiempo para descansar, y un tiempo para la familia.

No puedes servir a Dios sin reloj. Cuando lleguemos al cielo, nos lo quitaremos. Pero, en esta vida, hay un tiempo que recuperar.

(TOP21J)

Más que una guerra, una cruzada

En la oración Colecta de la misa de hoy, pedimos a Dios que «luchemos valerosamente por la confesión de tu verdad».

Ya comprenderéis que esa lucha valerosa por la confesión de la fe no consiste en liarse a golpes con quienes no creen para «removerles las ideas» hasta que se les pongan en su sitio. Más bien, es la batalla de Cristo en Getsemaní, la guerra de mansedumbre y de valentía que cada cristiano libra contra sí mismo para devolver bien por mal, para liberarse de los respetos humanos, para exponer la verdad con cariño, aunque esa verdad duela:

Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.

¿Acaso no tuvo Juan que librar una batalla en su interior para denunciarle a Herodes su pecado, aun cuando sabía que esa denuncia podría costarle la vida? ¿No tuvo que luchar contra sí mismo para aceptar con mansedumbre su propio martirio, sin volverse atrás en su denuncia?

¿Qué secretos enemigos te impiden manifestar tu fe a los hombres para atraerlos a Dios? ¿La vergüenza? ¿La pereza? ¿El apego a tu propia imagen? ¿El afán de «no complicarte la vida»? ¿La tibieza?

¡Ahí tienes tu batalla! Líbrala.

(2908)

Tareas de limpieza

El malvado–según la Escritura– escucha en su corazón un oráculo del pecado (Sal 35, 2). ¿Qué escuchas cuando apagas la televisión, cierras los ojos y te adentras en tu alma?

«¡Pedazo de @#*&%! Lo que me has hecho no tiene nombre. A partir de ahora, vas a saber quién soy. Cuando vuelvas a pedirme ayuda, te voy a mandar a #&%@**/. No me dirijas la palabra en lo que te queda de vida». Ayer te hirieron, y, desde entonces, no paras de imaginarte a tu verdugo y de cantarle las cuarenta, las ochenta y las ciento veinte. ¡Como si pudiera oírte! Has logrado ensuciarte por dentro de tal manera, que eres un depósito de rencor. Mejor pon la tele otra vez, a ver si te distraes.

O, mejor… Limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera. Anda, vuelve a entrar en esa cisterna de agravios que tienes por alma, y empieza a limpiar. Cambia el retrato de tu verdugo por el de la Virgen, y reza el rosario por él. Así, avemaría a avemaría, vas limpiando. Recobrarás la paz. Y, cuando te encuentres a quien ya sabes… ¡Sonríe! Hasta tus dientes están más blancos.

(TOP21M)

El «santo a medias»

El «santo a medias» es un bulto sospechoso que quiere ser santo, pero se queda en medio. Y, como se queda en medio (porque, realmente, no quiere ser santo), hace tapón a los demás:

¡Cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren.

«¡Allá voy!», dice el «santo a medias». Pero, cuando llega a la puerta de la santidad (que es la Cruz), le entra el canguelo, y cambia el «¡Allá voy!» por un «Aquí he llegado, y aquí me quedo. Ni un paso más». Ni entra, ni sale. Pero quien quiere entrar tropieza con él. Es un estorbo.

Unos padres tibios estorban la santidad de sus hijos. Un sacerdote tibio es escándalo para sus feligreses. Un catequista tibio es una fábrica de mediocres.

Por favor, no te quedes en la puerta. Entrega la vida de una vez. Porque esa tibieza tuya te impide disfrutar de tu fe. Y no eres tú el único que necesita ser feliz; quienes te rodean necesitan ver lo feliz que eres, para que también ellos se sientan animados a cruzar esa puerta que tú, con tu tibieza, estás taponando. ¡Pasa de una vez, hombre!

(TOI21L)