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agosto 2018 – Espiritualidad digital

Perfectos insensatos

Hace pocos días contemplábamos cómo Simón, invitado por Jesús a salir de la barca y a caminar hacia Él, apenas pudo dar unos pasos sobre al agua antes de hundirse, presa del miedo. Hoy, el mismo Simón, mientras regaña a los niños que desean aproximarse a Jesús, tendrá que escuchar estas palabras:

Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos.

¡Qué paradoja! «Tú no pudiste acercarte a Mí sobre las aguas, y ahora quieres impedir que los niños se me acerquen. Pero ellos lo harán mejor que tú, porque tú estás atrapado entre tus miedos, mientras los niños son unos “perfectos insensatos”, y no tienen respetos humanos. ¡Si aprendieras de ellos!».

Aprende también tú. Porque, en ocasiones, con la excusa de que el sacerdote tiene mucho que hacer y no lo quieres molestar, temes pedirle que te confiese. Otras veces prefieres no pedirle a Dios según qué cosas, por miedo a la decepción que experimentarías si no te las concediese. Incluso has llegado a pensar en dejar de confesarte, porque ese pedir tantas veces perdón por «lo mismo» te parece abusar de la misericordia divina.

¡Sé niño!

(TOP19S)

El matrimonio cristiano, aguas arriba

matrimonio cristianoLas palabras de Jesús sobre el matrimonio sólo pueden ser comprendidas si las bebemos «aguas arriba», en ese otro Amor mayor que es la fuente del amor conyugal.

«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne». De modo que ya no son dos, sino una sola carne.

Recuérdalo en el padrenuestro de la misa. ¡Qué momento tan sublime! Estás a punto de comulgar, y, cuando lo hagas, Jesús y tú seréis, realmente, una sola carne. Ha dejado el Señor en el cielo a su Padre, y en la tierra a su Madre, para unirse a ti en lo alto de esa Cruz que es lecho conyugal. Ha tomado en su carne tus culpas, y ha alimentado tu cuerpo con su cuerpo. ¿Cabe más intimidad, puede existir una entrega mayor? Él toma de lo tuyo, para darte a ti de lo suyo. ¿Qué más quieres? Comulga enamorado, por el Amor de Dios.

Y procura que tu matrimonio sea limpio reflejo de esa unión, de esa lealtad y de esa paciencia. Amarse, entregarse, sufrirse… He ahí la esencia del matrimonio de los hijos de Dios.

(TOP19V)

Las «setenta veces siete» de Dios

Te copio un pensamiento. Cruza mi alma, en ocasiones, cuando, durante la celebración de la santa Misa, rezo el padrenuestro: «Sé que, por mis pecados, merecería estar en el infierno para no salir de allí jamás. Y, sin embargo, aquí estoy, llamando “Padre” a Dios, y a punto de ser alimentado con el cuerpo y la sangre de su Hijo. Por si fuera poco, he sido asociado al sacerdocio de Cristo de tal modo que Él ha consagrado el pan y el vino desde mis propios labios»… Es como para volverse loco, ¿verdad?

– Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? – No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Si te he copiado ese pensamiento tan personal es porque, al menos en su primera parte, podría también ser tuyo. Recuérdalo en tu próxima misa. Y medita en las setenta veces siete  de Dios contigo. Considera lo que por tus pecados mereces, y lo que, por la misericordia de Dios, has recibido. Y vuélvete un poco loco tú también.

Dime: después de haberlo considerado, ¿seremos tú y yo capaces de guardar rencor a alguien? ¿Nos atreveremos a negar a alguien el perdón?

(TOP19J)

La mujer que vivió vuelta hacia los cielos

Todo hombre vive en el centro de una cruz, donde confluyen la línea horizontal y la vertical. Junto a él se encuentran sus semejantes, y los brazos son puentes tendidos hacia el prójimo, o barreras que se levantan previo pago de un peaje.

La línea vertical la conforman dos llamadas: la del cielo, que invita al hombre a ascender hacia Dios, y la de la carne, que tira del hombre hacia abajo, hacia la ciénaga de las pasiones desbocadas. El cristiano vive en ese drama: quiere seguir la llamada de Dios, pero sufre el lastre de la concupiscencia.

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador… ¡Qué delicia! Desde su concepción inmaculada, María vivió vuelta del todo hacia los cielos. Cuerpo, alma, corazón, pensamientos, todo en ella se orientaba dulcemente hacia lo alto, hacia un Amor que la atraía como a los árboles altos los atrae el cielo.

Nada tiene de extraño que ese cuerpo virginal, terminada la travesía de esta vida, fuera irresistiblemente poseído por el Amor celeste y transportado al Paraíso. Allí, el Hijo besó a la Madre, con beso de carne glorificada, y se sobrecogieron los querubines.

¡Qué gran día!

(1508)

De niños y abuelos

¡Cuántos abuelos y abuelas nos lloran a los sacerdotes, al ver que sus hijos no bautizan a los nietos! Quienes, llenos de ilusión, llevaron a la pila bautismal a sus pequeños, sufren al ver como esos «pequeños», ya crecidos, no quieren presentarle sus hijos a Dios. «¡Que se bautice cuando sea mayor!», le dicen a la abuela. Y la abuela, que es teóloga, porque ama mucho a Dios, llora por dentro, porque sabe que Dios los quiere niños, no mayores.

El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.

Cuando los sacerdotes, en nombre de Cristo y de la Iglesia, acogemos a los niños que traéis al Bautismo, sabemos que acogemos al mismo Cristo. En ningún espejo se ve con tanta claridad el rostro limpio de Jesús como en los ojos de un pequeño recién bautizado. Lo tomas en brazos para ofrecerlo ante el altar de la Virgen, y la Virgen sonríe, porque reconoce al Niño Jesús.

Pero si los padres, en vez de presentar a su niño a Dios, lo presentan a la tablet, a la tele, a la tata y a la «guarde»… ¿qué reflejarán esos ojitos?

¡Benditos abuelos! Ojalá os escuchasen.

(TOP19M)