El Mar de Jesús de Nazaret

31 julio, 2018 – Espiritualidad digital

Motivos para un optimismo santo

Celebrábamos hace unos días un funeral en la parroquia, y el coro cantó «La muerte no es el final». Siempre me emociono al escuchar esas notas.

La muerte no es el final para nadie. Los ciudadanos del reino no hablan de muerte, sino de Cruz. Y la Cruz, para ellos, es la puerta del cielo, tras la cual nos espera Jesús resucitado. Hasta que esa puerta se alcanza, el dolor y la tentación acechan en cada esquina, porque el trigo debe convivir con la cizaña. Cuando el dueño del campo prohibió a los labradores arrancar la mala hierba, les advirtió de que, si lo intentaban, podrían arrancar también el trigo. Parece una paradoja, pero es cierto: si Dios eliminase de este mundo el sufrimiento y la tentación, muchos, confiados en su prosperidad, se creerían dioses y se perderían para siempre.

La cosecha es el final de los tiempos. Cuando ese día llegue, los ángeles arrancarán de su reino todos los escándalos. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre.

Deberías experimentar un gran consuelo al leer esas palabras. La cizaña arderá, el trigo permanecerá. Lo malo termina; lo bueno –lo realmente bueno– es para siempre.

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