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julio 2018 – Espiritualidad digital

La ciencia de los niños

Cuentan de santo Tomás de Aquino que, tras haber escrito los tratados más sabios sobre Dios, cuando aún no había concluido su «Suma Teológica» fue agraciado con un rayo de luz divina ante la Eucaristía. En un instante, alcanzó un conocimiento amoroso de Dios infinitamente mayor a toda la ciencia que le habían proporcionado sus estudios. Dicen que, tras recibir esa gracia, quiso quemar sus escritos, pero sus hermanos no le dejaron. En todo caso, la «Suma Teológica» quedó inconclusa. En su lugar, escribió el santo los himnos «Pangue, Lingua» y «Adoro te devote».

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.

No me entiendas mal. Es necesario estudiar. Haz lo posible por formarte en la fe. Pero esa formación no será suficiente sin el conocimiento amoroso y callado de Cristo que alcanzarás en la oración. Con el estudio instruirás tu inteligencia, y sabrás dar razón de tu fe ante ti mismo y ante los demás. Con la oración, sin embargo, conocerás como conoce el niño al abrazar a su madre. No puede explicarlo, pero sabe todo sobre ella.

(TOP15X)

Después de misa

Si me preguntas en qué momento de su vida recibe el hombre más dones del cielo, te responderé que una misa, vivida en gracia de Dios, es una catarata de Amor divino que te empapa, te llena y te desborda. La intimidad con el Hijo de Dios que se alcanza en la Eucaristía sólo será consumada en el Paraíso.

Pero, una vez finalizada la misa, el diálogo amoroso no ha concluido. Dios te ha amado, y tú has recibido su Amor con inmensa alegría y profundo fervor. ¿Crees que todo está hecho?

¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido.

Que el mismo Dios que, en la misa, te amó, no tenga que decir después ¡Ay de ti!

Cuando la misa termina, Dios te ha hablado. Ahora te toca a ti hablarle a Él. En primer lugar, agradécele esa predilección; permanece en la iglesia en acción de gracias durante unos minutos. Y, después, haz que tanta gracia como has recibido dé fruto. Convierte el día en una prolongación de la Eucaristía. Si has comulgado a Cristo, vive como otro Cristo.

(TOP15M)

Quedemos mal

Vamos a quedar mal. Digamos verdades que duelen.

Queda mal, en tiempos tan sentimentales como los que vivimos, decir que el corazón humano está enfermo. Y que llama «amor» a vínculos profundamente egoístas, que realmente son de posesión o idolatría. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

Queda mal, en tiempos de una espiritualidad edulcorada, decir que no se alcanza la santidad sin la espada. Y que nadie se santifica a base de caricias y sonrisas, si no es capaz de luchar, con todas sus fuerzas, contra el egoísmo de la carne. No he venido a sembrar paz, sino espada.

Queda mal decir que hay amores que, por no ser amores sino pecados, llevan al hombre al Infierno. Y que es preciso romper esos vínculos para pasarlos por la Cruz y transfigurarlos en lazos de vida. Los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.

Todo esto, hoy, queda mal. Pero no seré yo quien corra un tupido velo sobre el Evangelio con tal de quedar bien.

(TOP15L)

El cura no mata

Nos cuenta san Marcos que los apóstoles ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban. La santa Unción es un sacramento muy poderoso, con el cual pedimos a Dios la sanación de cuerpo y alma, unimos los sufrimientos del enfermo a la Pasión de Cristo, y queda el cristiano preparado para encontrarse con Dios, si acaso ha llegado su última hora. A través de este sacramento, yo he presenciado varias curaciones milagrosas, y muchas conversiones al estilo del «buen ladrón». La santa Unción ha sanado muchos cuerpos, y ha salvado muchas almas.

Pero, por desgracia, son también muchísimos los cristianos que temen más a este sacramento que a la misma muerte. El haberla conocido como «extremaunción» no nos ha hecho bien. Y, cuando enferma gravemente un familiar, al sacerdote que se ofrece para acudir al lecho del enfermo, le responden: «¡No venga, Padre, que se va a asustar!».

Sed compasivos con vuestros enfermos: llamad al sacerdote para que los unja. Veréis milagros, como los he visto yo. Y veréis a la paz de Dios entrar en vuestra casa. Lo que no veréis –os lo aseguro– es a la muerte con su guadaña enfundada en una sotana. No tengáis miedo.

(TOB15)

Un vuelo apasionado

Sitúate ante un crucifijo, y pronuncia, despacito, estas palabras:

Un discípulo no es más que su maestro; ya le basta al discípulo con ser como su maestro.

Ante esa divina pizarra de la Cruz, donde Dios dibujó la salvación del hombre, podrás entender. Y aprenderás que, para subir allí, es preciso perder el miedo al sufrimiento, y ascender movido por el amor.

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.

Sé que perder el miedo al sufrimiento no está en tu mano. Tampoco en la mía. Lo que tú y yo podemos hacer es ser muy fieles a la oración, y así encender el corazón cada día, hasta que el amor a Cristo sea mayor que el miedo al dolor. Un miedo mata a otro miedo, como un clavo saca a otro clavo. Cuando te enamores apasionadamente del Señor, más temerás perderlo a Él que sufrir la Cruz.

Temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la «Gehenna».

Ahí lo tienes: el amor a Jesús y el temor de ofenderlo te elevarán en un vuelo apasionado hasta lo alto del Madero.

Créeme: no existe otra forma de subir allí.

(TOP14S)