El Mar de Jesús de Nazaret

julio 2018 – Espiritualidad digital

Motivos para un optimismo santo

Celebrábamos hace unos días un funeral en la parroquia, y el coro cantó «La muerte no es el final». Siempre me emociono al escuchar esas notas.

La muerte no es el final para nadie. Los ciudadanos del reino no hablan de muerte, sino de Cruz. Y la Cruz, para ellos, es la puerta del cielo, tras la cual nos espera Jesús resucitado. Hasta que esa puerta se alcanza, el dolor y la tentación acechan en cada esquina, porque el trigo debe convivir con la cizaña. Cuando el dueño del campo prohibió a los labradores arrancar la mala hierba, les advirtió de que, si lo intentaban, podrían arrancar también el trigo. Parece una paradoja, pero es cierto: si Dios eliminase de este mundo el sufrimiento y la tentación, muchos, confiados en su prosperidad, se creerían dioses y se perderían para siempre.

La cosecha es el final de los tiempos. Cuando ese día llegue, los ángeles arrancarán de su reino todos los escándalos. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre.

Deberías experimentar un gran consuelo al leer esas palabras. La cizaña arderá, el trigo permanecerá. Lo malo termina; lo bueno –lo realmente bueno– es para siempre.

(TOP17M)

Busca lo pequeño. Desconfía de lo grande

En nuestra pobre sensibilidad, lo grande se impone siempre sobre lo pequeño. Consagra el sacerdote el pan, y, de repente, un ruido terrible, salido de un teléfono móvil cuadrafónico con sonido envolvente, inunda la capilla. Se impone de tal manera sobre el misterio, que la atención de todos los presentes pasa a centrarse en el maléfico artefacto. Se acabó el recogimiento.

Procuras mantener la presencia de Dios durante el día. Pero, a las doce de la mañana, recibes una mala noticia que te ocasiona un terrible disgusto. Y, cuando quieres darte cuenta, el gran dolor se ha impuesto a tu recogimiento, y ya no puedes pensar más que en esa noticia.

El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas… Corto aquí la cita. Porque la humildad de lo divino hace que, a menudo, lo pasemos por alto en beneficio de los grandes ruidos. Tanto peor para nosotros.

Para no perder de vista lo importante, es preciso mantener la atención en su pequeñez y su humildad. Desconfía de lo ruidoso. Ama el silencio. Y nada ni nadie te apartará de Dios.

(TOP17L)

Abre bien los ojos hoy

que nada se desperdicieSupón que hubieras estado en aquel monte donde Jesús multiplicó los panes y los peces. Supón que hubieras sido tú ese muchacho que teníacinco panes de cebada y dos peces. Después de ver cómo Jesús convertía tu ofrenda en alimento para miles de personas, después de haber comido hasta saciarte, ¿cómo habrías vuelto a casa? ¿Verdad que habrías llegado radiante, con deseos de contar a toda tu familia lo que habías presenciado?

Pues, entonces, abre bien los ojos, porque hoy vas a ir a misa, y allí sucederá un milagro mucho mayor. Cuanto sucedió en el monte no fue sino un anuncio del milagro que tú presenciarás hoy.

Hoy, ante tus ojos, el sacerdote presentará a Dios un poco de pan, y un poco de vino. También tu vida, si quieres, irá incluida en esa ofrenda, tan pobre cuando se trata de honrar a todo un Dios. Y, cuando el sacerdote pronuncie las palabras de la consagración, esa pobre ofrenda se transformará en el cuerpo y la sangre de Cristo, capaces de redimir a la Humanidad entera. Te saciarás con ese pan.

¿Cómo llegarás a casa, después de misa? ¿Cómo volverás a tus amigos y parientes? ¿Se te notará?

(TOB17)

Mientras los hombres dormían

El campo del alma es campo de Dios. Allí siembra la Iglesia la semilla de la Palabra, deposita los tesoros de los sacramentos, y después riega con la predicación lo sembrado, para que dé fruto.

Pero mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo.

Y es que la mala semilla entra siempre cuando el cristiano deja de velar, baja la guardia y se duerme con el sopor de la tibieza.

Velad y orad para no caer en la tentación (Mt 26, 41).

Cuando encuentras la cizaña, sabes que, antes de que surgiera, hubo allí una pequeña semilla, de tamaño apenas perceptible. Y esa semilla fue sembrada mientras los hombres dormían. De la misma manera, cuando un alma de Dios comete un grave pecado, no vayas a creer que aquello sucedió «de repente». Ten por seguro que esa «alma de Dios» primero bajó la guardia, dejó de rezar o rezó con desgana y tibieza. Se durmió, como durmió el rey David antes de cometer su doble crimen.

No bajes la guardia. No dejes jamás la oración. Aunque te parezca una falta pequeña, no sabes lo que el enemigo sembrará en tu alma mientras tú duermes.

(TOP16S)

Buscando en el cajón de los trastos

Has asistido a misa por la mañana, a primera hora. Llegaste a la iglesia treinta minutos antes, y, ante el sagrario, meditaste la Palabra de Dios que escucharías después. Cuando la proclamaron, el terreno de tu alma estaba preparado por aquella oración, y, aunque subió a leer ese señor a quien apenas se le entiende (¿por qué le dejará subir el cura?), recibiste en tu corazón la semilla.

Son las cinco de la tarde, y te has preguntado de qué trataba el evangelio. ¡Sorpresa! No logras acordarte. Rebuscas en el cajón de tus recuerdos de hoy, y aparecen el telediario, la discusión que has tenido con tu hijo, la noticia que te ha dado un amigo en la piscina, lo estupenda que estaba la comida… Pero ¿dónde está el evangelio de hoy? ¡No lo encuentras!

Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra.

Has dejado pasar demasiado tiempo sin recordarlo, y ahora está sepultado en el cajón de los recuerdos inútiles. Anda, vuelve a leerlo, y, en adelante, recuérdalo más a menudo. Aunque sólo repitas una frase, por el hilo sacarás el ovillo.

(TOP16V)