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29 junio, 2018 – Espiritualidad digital

Dos afanes, dos amores, un solo corazón

En los santos Pedro y Pablo ha venerado la Iglesia, desde la antigüedad, a sus dos principales columnas. Pedro y Pablo son dos afanes, dos amores, dos alientos de vida que animan a la Esposa de Cristo y nutren el alma del cristiano.

Pedro (paradójicamente, el apóstol que negó a Jesús) simboliza la fidelidad en la Iglesia. Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos. Hoy es Francisco; ayer Benedicto; anteayer, Juan Pablo… Siempre, Pedro. El cristiano mira a Roma con cariño filial, y sabe que, en la fidelidad al Papa, se juega su propia fidelidad a Cristo. Por eso, el cristiano es «romano».

Pablo simboliza el afán apostólico. El Señor me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones (2Tm 4, 8). El corazón del cristiano, como el de Pablo, sufre de un hambre de almas que no conoce fronteras. Y, así, está abierto; es universal, católico. Herido por ese celo ardiente, no puede callar, y no descansará hasta que haya proclamado el nombre de Jesús a todos aquellos que no lo conocen.

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