Libros del autor

junio 2018 – Espiritualidad digital

Mucho le hemos costado

Si alguien piensa que, a Jesús, los milagros le salieron gratis, debería leer con más atención el evangelio. A Dios le salió gratis la creación, porque su poder es infinito, y no mengua al beneficiar con él a sus criaturas. La redención, sin embargo, le salió muy cara. Y es que, para redimir al mundo, el Verbo Divino asumió la pobreza humana. En este campo de juego, nada sale gratis.

Voy yo a curarlo… Que te suceda según has creído…

Y, para que nadie crea que el Señor hacía milagros como quien chasca los dedos, san Mateo cita a Isaías:

Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.

Para que el criado del centurión volviera a andar, los pies de Jesús tuvieron que quedar clavados a una cruz.

Para que los ciegos viesen, los ojos de Jesús tuvieron que quedar bañados en sangre tras la coronación de espinas.

Para que hablasen los mudos, tuvo Jesús que ser reducido al silencio del sepulcro.

Para que resucitasen los muertos, tuvo Jesús que morir.

Y, para que nuestros pecados fueran perdonados, tuvo Él que ser castigado como pecador.

Valora la gracia que llevas en tu alma. Mucho le ha costado al Señor.

(TOP12S)

Dos afanes, dos amores, un solo corazón

En los santos Pedro y Pablo ha venerado la Iglesia, desde la antigüedad, a sus dos principales columnas. Pedro y Pablo son dos afanes, dos amores, dos alientos de vida que animan a la Esposa de Cristo y nutren el alma del cristiano.

Pedro (paradójicamente, el apóstol que negó a Jesús) simboliza la fidelidad en la Iglesia. Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos. Hoy es Francisco; ayer Benedicto; anteayer, Juan Pablo… Siempre, Pedro. El cristiano mira a Roma con cariño filial, y sabe que, en la fidelidad al Papa, se juega su propia fidelidad a Cristo. Por eso, el cristiano es «romano».

Pablo simboliza el afán apostólico. El Señor me dio fuerzas para que, a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todas las naciones (2Tm 4, 8). El corazón del cristiano, como el de Pablo, sufre de un hambre de almas que no conoce fronteras. Y, así, está abierto; es universal, católico. Herido por ese celo ardiente, no puede callar, y no descansará hasta que haya proclamado el nombre de Jesús a todos aquellos que no lo conocen.

(2906)

¿Nos conocemos?

Las palabras con las que, según los evangelios, el Señor recibirá a quienes no hayan sido fieles, son terribles:

Nunca os he conocido. Apartaos de mí.

A las vírgenes necias, el Esposo las recibe con palabras semejantes:

En verdad os digo que no os conozco (Mt 25, 12).

¿Acaso hay alguien a quien Dios no conozca?

Es necesario entender que, en la Biblia, el conocimiento no se ajusta a la «adequatio intellectus et rei» de los filósofos. Adán, según el Génesis, conoció a Eva, y Eva dio a luz. Y cuando el salmo 139 dice a Dios: Tú me sondeas y me conoces (Sal 139, 1), se refiere a algo más que a una noticia.

El conocimiento, según la Escritura, es un diálogo amoroso en que amante y amado se sondean y llegan, cada uno, a acariciar los abismos del corazón del otro. Dios me conoce porque entra hasta lo más profundo de mí, si yo le abro las puertas de mi vida. Y yo conozco a Dios porque Él me abre la llaga del costado, y encuentro cobijo en esa sagrada gruta.

Quizá, para ser exactos, habría que traducir el no os conozco de otra manera: «No nos conocemos».

(TOP12J)

El único árbol bueno

Que no te engañen las apariencias. En cuanto a los árboles y la Biblia, nada es lo que parece.

Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos.

Míralo en la Cruz: abierto el cuerpo a latigazos, ensangrentado, cubierto de esputos y tierra, ennegrecido y agonizante. Ningún árbol parecería más dañado que ése. Y, sin embargo… Es el único árbol bueno. Sus frutos, manados de la llaga del costado como el agua de una fuente, han llenado la Historia y poblado la tierra. De ese árbol procede la sangre de los mártires, las virtudes de los santos y la gracia que regenera las almas.

Con qué belleza te pintan, en películas y series de televisión, adulterios, fornicaciones y perversiones. Allí todos parecen tener las medidas perfectas, la apariencia perfecta y el peso perfecto. Tú mismo sueñas despierto, y tus sueños de mundos irreales te parecen preciosos… Pero nada hay más falso y enfermo que el corazón (Jer 17, 9).

Tu corazón es el árbol dañado; el pecado lo dañó, y está enfermo.

Por eso, cuando te asalte un sentimiento, discierne. Si viene de tu corazón, desconfía. Si viene del Corazón de Cristo, obedécelo sin miedo.

(TOP12X)

La regla de oro

Puede que no sea la caridad perfecta. Ni tampoco alcanza la altura del mandamiento nuevo. Pero con razón se la llama «la regla de oro» del Evangelio. Y, si no la cumples, ni podrás cumplir el mandamiento nuevo, ni alcanzarás la caridad perfecta:

Todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos.

¿Me gustaría que pensaran de mí lo que yo estoy pensando de «ese» prójimo?

¿Me gustaría que me hablasen en el tono de voz en el que acabo de hablarle a mi mujer, o a mi marido?

¿Me gustaría que me respondiesen, cuando pido ayuda, como he respondido yo a mi hijo cuando me ha pedido ayuda con sus deberes escolares?

¿Me gustaría que dijesen de mí lo que acabo de decir de quien no estaba delante?

¿Me gustaría que tardasen en perdonarme tanto como estoy tardando yo en perdonar a quien me ofendió?

¿Me gusta tener al lado a alguien que pasa el día quejándose de todo, como me quejo yo?

Podría añadir más preguntas… Pero, mejor, háztelas tú. La regla de oro del Evangelio es tan sencilla como un espejo. Basta con que te mires, y te preguntes si podrías soportarte.

(TOP12M)