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junio 2018 – Espiritualidad digital

Lávate la cara

Desde que, esta mañana, respondiste resoplando al primer «buenos días» de tu hijo mayor, los hermanos se han puesto de acuerdo y han llenado la casa de carteles: «¡CUIDADO! ¡MAMÁ MALHUMORADA!». Y, cuando te ven pasar, se meten en el cuarto de baño para evitar los efectos de tu mala noche.

Tú, que me lees, sabrás cambiar «mamá» por «papá», por «abuelo» o por «Agapito».

Perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.

Lo que enseña Jesús para el ayuno sirve también para el insomnio, para el dolor de cabeza, o para esos ataques de mal humor. Nadie te culpa porque te encuentres mal; en ello no hay pecado, sólo contrariedad. Pero pecarás si, caminando por la casa con esa cara y esos modales, haces que los demás paguen tu mal humor.

¿No te encuentras bien? Lo siento por ti. Pero algo puedes hacer: Perfúmate la cabeza y lávate la cara. Sonríe, aunque tengas que pintarte la sonrisa, como los payasos. Y esa contrariedad se convertirá en gloria. Además, la familia te lo agradecerá.

(TOP11X)

Mirando al monstruo a la cara

El amor a los enemigos está muy presente en el Sermón de la Montaña. Pero de poco nos aprovecharán las palabras del Señor si no tenemos localizado y perfectamente identificado al monstruo. ¿Quién es el enemigo?

En ocasiones, el enemigo es el conjunto de la población mundial, salvo tú. ¿Nunca has salido de casa por la mañana, y te ha parecido que todas las personas que pueblan el mundo son odiosas y estúpidas? Venga, di la verdad, que nadie te oye. ¿Por qué odias a esa señora que está viendo, en la estantería del supermercado, las mismas salchichas que quieres coger tú? ¿Por qué odias a ese conductor que te adelanta, y a quien no conoces? Estás a la defensiva, y el mundo entero es enemigo tuyo.

Tu marido, tu mujer, tus hijos… Muchas veces, los ves como quienes vienen a quitarte la vida, y te defiendes de ellos. Por eso adoptas esos modales tan bruscos.

Amad a vuestros enemigos… No te defiendas. Déjate comer. Sé eucaristía. Antes de que te quiten la vida, entrégasela tú. Es cierto que te despojarán de todo… Pero, una vez despojado y pobre, Dios te llenará con una alegría que no habías experimentado jamás.

(TOI11M)

La última mejilla de Jesús

hostiaLa festividad del Corpus Christi llena todo el mes de junio con un aroma eucarístico. Nuestras comuniones, en este mes, deberían ser más apasionadas y ardientes.

Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra. En su Pasión llevó Jesús este precepto hasta el extremo. Pero, en la Eucaristía, podría decirse que ha «extremado» el extremo. Tan indefenso se nos ofrece, que, si alguien lo profana, no se queja. La Eucaristía es la última mejilla de Jesús. Acaríciala y bésala cuando comulgues.

Al que te quiera poner pleito para quitarte la túnica, dale también el manto. Si, en su Pasión, se dejó Jesús despojar de todas sus vestiduras, en la Hostia se despoja incluso de su apariencia, y se muestra bajo el aspecto humilde de un pedazo de pan. Recubre tú esa desnudez, cuando comulgues, con actos de amor y adoración.

A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos. Si, en su Pasión, acompañó Jesús al hombre sufriente hasta el Calvario, en la Hostia lo acompaña en el camino de la vida, hasta que, entregado como viático, lo toma de la mano para llevarlo a la eternidad. Acompaña tú a Jesús cada día en el sagrario.

(TOP11L)

En el momento mejor

Si la rebeldía contra Dios fuera una enfermedad (¿no lo es?), y hubiera que realizar una etiología (es decir, un análisis de las causas) de esa enfermedad, probablemente concluyéramos que, en la mayor parte de los casos, el motivo por el que los hombres se rebelan contra Dios es la muerte. Y, de manera especial, la muerte de personas jóvenes. Cuando muere un niño, un adolescente, o una persona de cuarenta años, se abre un trágico interrogante: «¿Por qué?». No sabemos cerrarlo, nos rebelamos contra Dios, y se lo escupimos a la cara: «¿Por qué?».

Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. Somos incapaces de asumir que no es posible cerrar ese interrogante desde aquí. Los datos que tenemos son muy pocos, y están enturbiados por una gran carga emocional. Sólo si pudiéramos trasladarnos al otro lado, al de lo eterno, al de Dios, lograríamos entender.

Porque sólo Dios sabe cuándo es el mejor momento para cada uno. Y llama a cada hijo suyo en ese momento mejor, cuando el grano está a punto. En lugar de rebelarnos, deberíamos sentir una gran paz: también a nosotros nos llamará en el momento mejor.

(TOB11)

Sé fiel

Por desgracia, en este mundo, quien un día te dice «sí» puede decirte «no» al día siguiente; en ocasiones, incluso, al minuto siguiente. Por eso nunca estamos seguros de los demás. Y por eso, también, los enamorados se preguntan «¿me quieres?» doce veces al día. En el fondo, sienten el miedo a perder al cariño que una vez les dieron.

Con Dios, afortunadamente, las cosas son muy distintas. Si Dios, un día, te dice «sí», antes caerán el cielo y la tierra que retire Dios la promesa que te hizo. Dios no necesita repetir su «sí», porque un «sí» de Dios es inamovible. Dios es fiel. Incluso si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo (2Tm 2, 13).

Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno. El alma que vive en Cristo habla desde Dios, y no desde la veleidad del impulso humano. Procura que tu «sí» no sea tuyo, porque no eres dueño de ti mismo. Pídele a Dios, de rodillas, tu «sí», y que sea Él quien lo ponga en tus labios. Así, tu «sí» será el «sí» de Dios. Sé fiel.

(TOP10S)