El Mar de Jesús de Nazaret

mayo 2018 – Espiritualidad digital

Alegría

«Alegría» se dice de muchas formas: alegre está el borracho, la madre se alegra de ver a su hijo, y se alegran los aficionados de que su equipo gane un partido. Pero nunca se dijo «alegría» como lo dijo, hace dos mil años, una joven virgen que llevaba dentro al Hijo de Dios:

¡Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador!

La Visitación de la Virgen a su pariente Isabel forma una de las páginas más jubilosas de todo el Evangelio. Salta Juan en el vientre de su madre, resplandece Jesús en las entrañas de María, y las dos mujeres se embriagan de Espíritu Santo. El mismo aire parece llenarse de gozo.

No habían comido ni bebido. No estaban contentas porque la vida les deparase prosperidad temporal; a ambas les aguardaban fuertes dolores. Tampoco se alegraban por un éxito terreno. El verdadero motivo de aquella celebración era el mismo en las dos mujeres: exultaban por lo que llevaban dentro. Y no hacía falta que cambiase el mundo para que su gozo fuera indestructible.

Ésa es –debería ser– la alegría del alma en gracia. Quien tiene el cielo dentro del pecho no necesita que la vida le sonría. Le sonríe Dios.

(3105)

La copa

En ocasiones, imagino a Jesús riendo por dentro mientras Santiago y Juan le formulan «la petición de sus vidas»:

Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

No buscaban tanto a Jesús como a esa supuesta gloria y a esos supuestos lugares de privilegio. Querían carteras ministeriales.

Jesús ríe por dentro, y les sigue el juego:

No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?

Era costumbre que quienes se sentaban a derecha e izquierda del rey compartieran su copa en los banquetes. Así lo entendieron los hermanos, y así la política, durante unos segundos, fue el principal tema de conversación:

¡Podemos!

Pero Jesús hablaba de otra copa. Dejó de reír por dentro, y habló con la mirada fija en un lugar lejano:

El cáliz que yo voy a beber lo beberéis

Si hubieran sabido los dos hermanos a qué copa se refería Jesús, no hubieran pedido aquello.

Nosotros, que lo sabemos, pediremos así: «Jesús, concédenos estar contigo donde Tú estés. Y si, para eso, es preciso beber tu cáliz, otórganos la gracia de apurarlo con amor, para que jamás nos separemos de ti. Porque nosotros no; no podemos».

(TOP08X)

Por un miserable uno por ciento

Dijo Pedro a Jesús: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

Jesús aceptó el consuelo, y prometió su recompensa a quien dejara todo por seguirlo: En este tiempo, cien veces más (…), y en la edad futura, vida eterna.

Los santos, que han entregado su vida sin reservas al Señor, han experimentado ese ciento por uno aquí, en la tierra, y han sido las personas más felices entre los hombres.

Y ahora te diré quiénes son los más desdichados de todos, aunque te sorprenda: son aquéllos que le han entregado al Señor el 99 por ciento de cuanto tenían. Al fin y al cabo, quien no le entrega nada a Dios, al menos, disfruta en la tierra el pobre salario de sus bienes materiales. Quien le entrega el 50 por ciento, por su cicatería no disfrutará de Dios, pero intentará aprovechar la mitad que quedó en sus manos como una forma de compensación. Sin embargo, quien le entrega a Dios el 99 por ciento de cuanto tiene es un perfecto desgraciado. Porque ese miserable uno por ciento que se ha reservado celosamente no le dejará disfrutar de Dios, pero tampoco le bastará para ser feliz.

(TOP08M)

Vende lo que tienes

Es un error disculpable: cada vez que leemos el pasaje del «joven rico» pensamos en el dinero. El vende lo que tienes lo traducimos en términos crematísticos, y por era muy rico entendemos que tenía muchas cosas.

Pero nos equivocamos. Aunque el joven hubiera vendido la casa y el coche, no por eso habría estado preparado para seguir a Jesús.

Las riquezas de un hombre van más allá de sus bienes materiales: su tiempo, su salud, sus deseos, sus afanes y preocupaciones, su descanso, su capacidad de juzgar y de amar, sus simpatías y antipatías… ¡Somos multimillonarios!

El vende lo que tienes es para todos, no sólo para los adinerados. San Juan de la Cruz dice, de aquel pastor que encontró al Señor: «Ya no guardo ganado / ni tengo ya otro oficio / que ya sólo el amar es mi ejercicio».

En esto consiste el verdadero desprendimiento: Quien desea a Dios, y, además, desea algo distinto de Dios (por bueno y noble que sea), no puede ser santo.

Vende lo que tienes significa: Despréndete de todo cuanto no sea Dios: tu dinero, tu tiempo, tus juicios, tus simpatías y antipatías… Y hasta tus preocupaciones.

Y luego ven y sígueme.

(TOP08L)

Ahogado en Ti

SantisimaTrinidadCuando tengo tu nombre en mis labios, te saboreo a Ti.  Decir «Jesús» es mi manera de besarte. Tu nombre eres Tú en mi boca; como una forma de comulgar en el aliento.

«Bautismo» significa inmersión. Cuando fui bautizado, me bañé en Ti. Me cubriste como el agua cubre a la esponja, llenándome de Ti por dentro mientras me abarcabas.

Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Ser sumergido en tus nombres, Dios Trino y Uno, significa vivir hundido en Ti. Y, también, ahogarme en Ti y de Ti llenarme.

Digo «Papá», y digo «Jesús», como quien respira. Es Él quien lo dice en mí. Yo, tan sólo, tomo Aire, y ese Aliento de Amor y Vida forma palabras dentro de mí que yo desconozco. Son palabras dulces, inefables. Ahora escribo como un idiota, soñando con formar letras que dejen escapar el brillo que encendiste en mí… Pero son solamente borbotones. En realidad, no estoy escribiendo nada.

Papá… Jesús… ¡Es tan sencillo rezar! Porque no hay que rezar, sino dejarse rezar. Él reza al Padre y al Hijo, y yo sólo me ahogo mientras soy vivificado.

(SSTRB)